No eres esposa, eres criada. ¡No tienes hijos!
Mamá, Inés se quedará aquí unos días. Estamos reformando el piso y es imposible vivir allí ahora. Hay una habitación libre, ¿por qué tiene que quedarse entre el polvo? dijo el esposo de Inés.
Parecía que a él no le incomodaba la idea, cosa que no podía decirse de su madre ni de su esposa. La suegra no soportaba a Inés.
Tengo que trabajar, no puedo quedarme aquí susurró Inés.
La esposa teletrabajaba, necesitaba paz y silencio. Jacinto pasaba el día en la oficina, y convivir con la suegra bajo el mismo techo no era, desde luego, sencillo. Inés estaba acostumbrada a las horas solitarias en su propia casa, sin nadie que interrumpiera su calma.
Inés miró a su suegra, sin encontrar palabras; a la suegra le disgustaba la presencia de Inés, pero parecía no haber más remedio. Se sentaron todos a cenar como en un retablo antiguo y extraño.
Inés, ¿puedes servir tu ensalada estrella? pidió Jacinto.
Jacinto, no comas esa porquería. Te he hecho otra, es más sana se lamentó la suegra.
A Inés se le quedó la cara petrificada. Su marido era alérgico a los tomates, ¿cómo podía la suegra olvidarlo? Cuando era pequeño, a su madre nunca le preocupó, no hace falta ir al médico decía, le doy una pastilla y ya está.
Tiene alergia. ¿Por qué has echado tomates en la ensalada? dijo Inés.
¿Qué tonterías estás diciendo? Solo hay un tomate, no pasa nada respondió la suegra.
Se va a poner malo.
Inés, tranquilízate ya. Él no tiene alergia. Su propia madre lo conoce mejor que tú.
Soy su esposa, cuido de mi marido.
Tú no eres esposa, sino criada. ¡Y ni siquiera tienes hijos! Ya hablaremos cuando los tengas.
Inés se levantó rápidamente y corrió al dormitorio, como si deslizara en un sueño resbaladizo. Su suegra siempre sabía dónde dolía, como si leyera los pliegues de su alma. Jacinto fue tras ella para consolarla.
Jacinto, lo siento. Me voy a casa de mis padres. O al trabajo. No voy a vivir con tu madre.
Déjame hablar con ella. Lo arreglaré, de verdad.
No, esto lo hemos repetido mil veces, como en un círculo que nunca se cierra. Bajo el mismo techo no nos vamos a entender.
Al final, tuvieron que alquilar un piso por un tiempo setecientos euros al mes, huyendo de otro escándalo familiar. La suegra se quejó, pero al final no le quedó más remedio. Inés, dentro de este extraño sueño y en su nuevo refugio, no podía dejar de alegrarse por tener a un marido tan amable y paciente.







