No eres de los nuestros

Life Lessons

Si empiezas a hablar, termínalo, ¡por favor! eleva la voz Andrés a Natalia, Y si no sabes realmente de qué hablas, mejor cállate
Claro que sé sonríe con cierta sorna Natalia, mirándole fijamente a los ojos Entre ella y yo no había secretos

Andrés y Lucía se conocen de la forma más común. Es invierno, las calles de Madrid están heladas. Una mañana, mientras Lucía va camino a su trabajo, resbala en la acera y cae con fuerza, lastimándose la rodilla. Andrés la ayuda a levantarse y la acompaña hasta urgencias.

La radiografía no muestra fractura y Lucía recibe las indicaciones típicas: reposo y una venda elástica en la articulación. Durante todo ese tiempo, Andrés no se separa de la joven, incluso llama al despacho para pedir media jornada libre. Solo cuando ve a Lucía en el taxi de vuelta a casa se tranquiliza, pidiéndole con insistencia que le llame en cuanto llegue y confirme que todo va bien.

A Lucía le fascina el chico. Nunca antes alguien había sido tan atento y dulce con ella; queda encantada. Pronto empieza la etapa más romántica de su relación. Llamadas, mensajes todo el día, compartiendo confesiones y trivialidades. A Andrés le importa cualquier detalle de la vida de Lucía: cada mañana le desea un buen día; cada noche dulces sueños. Durante el día le pregunta si ha comido, si abriga lo suficiente, cómo le ha ido.

Para Andrés, todo esto es lo más natural del mundo. Ha crecido en un hogar donde siempre se han cuidado unos de otros. Vive solo en un piso en el barrio de Chamberí, herencia de su abuela. Sus padres, Juan y Mercedes, viven cerca, en Segovia. Antes vivían todos juntos y alquilaban el piso de la abuela, siempre en un ambiente de armonía y cercanía. Cuando la abuela falleció y Andrés se hizo mayor, decidió mudarse solo al piso familiar.

Con las chicas nunca había tenido mucha suerte. Era demasiado tímido para ligar por la calle, no frecuentaba bares ni fiestas y apenas tenía amigos de salir. Así que lo de Lucía fue espontáneo: necesitaba ayuda y no era capaz de ignorarlo, no iba con su forma de ser. Luego pensó que tal vez el destino los había cruzado.

Pasados dos meses, se casan. Ocurrió así. Un día, en tono de broma, Andrés le dice a Lucía que se casen, y ella contesta:
¡Venga, vamos ya a inscribirnos al registro, ahora mismo!
Les queda apenas una hora para que cierre el Registro Civil, pero llegan a tiempo. Fijan la boda para la fecha más próxima posible. Los padres de Andrés se sorprenden por la rapidez, aunque aprueban la decisión; la muchacha les parece maravillosa.

La madre de Lucía vive en Ávila. Lucía la llama por teléfono, pero la madre no puede venir, la abuela de Lucía está enferma y necesita cuidados.

La familia funciona bien, viven felices, no discuten; el romanticismo sigue tras la boda y el amor parece hacerse más fuerte con los años. Nace su hijo, Diego, y la felicidad aumenta, pero también las preocupaciones. Una noche, durante la celebración de su aniversario en un restaurante del centro, Natalia, la mejor amiga de Lucía, se pasa con el vino y tienen que pedirle un taxi para que vuelva segura.

Están todos celebrando juntos. Los padres de Andrés, Mercedes y Juan, están allí. Diego, de cinco años, se sienta en la mesa con ellos y levanta la copa de zumo brindando por la felicidad, mientras Lucía invita a su amiga de toda la vida, Natalia. Han sido inseparables desde el instituto; su amistad siempre ha sido más fuerte que las comparaciones con los chicos. Natalia, de treinta años como Lucía, no ha tenido la misma suerte en el amor. Mientras Lucía acaparaba elogios y miradas, Natalia, más bajita y rellenita, con rostro anodino, casi borrado, pasaba desapercibida. Aun así, la amistad con Lucía le daba ciertas ventajas: la madre de Lucía solo la dejaba salir con ella, así que juntas se unían a más grupos y de vez en cuando algún chico también se interesaba por Natalia. Pero mientras a Lucía le llovían propuestas desde el bachillerato, ella seguía soltera. Lucía, sin embargo, no aceptaba cualquier cosa; no se casó hasta los veinticinco, hasta que apareció Andrés. Y todo cambió.

Natalia, apenas capaz de bajar por la escalera del restaurante, tropieza un par de veces; Andrés la sujeta para que no caiga. Mientras su familia lo espera arriba, Natalia tambalea hacia el taxi que Lucía le ha pedido. Nunca la había visto en ese estado y decide acompañarla.

¡Felicidad para los recién casados! grita Natalia ¡A unos les va bien, a otros fatal! Lucía siempre tiene suerte, yo nunca Desde pequeñas. Todo le resbala, domina a los hombres y vosotros, bobos, caéis rendidos ¡Pensad más con la cabeza, no con! Claro, Lucía es guapa y a vosotros se os nublan las ideas

Salen por fin del restaurante, y al acercarse al taxi, Natalia, de repente, se aparta de Andrés con voz firme y sobria:
¿Y tú sabes a quién estás criando? ¡Tu hijo no es tuyo!
¡Deja de decir tonterías! Andrés apenas se contiene de darle una bofetada. Todo Madrid parece girar dentro de sus ojos al escuchar aquello, cierra los párpados para frenar el vértigo, y desea sacudir a Natalia, que impasible sigue:
¡Mira cómo palideces! ¿Acaso no te has dado cuenta? Diego nació demasiado pronto; la boda, precipitada. ¿De verdad crees que Lucía te quería tanto al principio? ¡Ja! El niño ni se parece a ti. ¿No ves que tuvo otro novio antes? Le engañó, la dejó ¡Así son las cosas!

Andrés mete a Natalia en el taxi de mala manera, cierra la puerta y cuando el coche desaparece en la esquina recibe una llamada: es Natalia de nuevo. Sin saber por qué, contesta.
¡Pregúntale a tu señora! se burla ella No soy la única que se amarga aquí en vuestra fiesta; ahora le toca pasarlo mal a ella ¡como sardina en la sartén! y cuelga, riendo con malicia.

La risa de Natalia resuena en los oídos de Andrés toda la noche. No logra apartar de la mente aquellas palabras. Es cierto, Diego nació antes de tiempo, pero nunca pensó en ello: hay niños prematuros, ¿no? Ni el peso, ni el tamaño le preocuparon; estaba tan feliz que no entraban dudas en su cabeza. Desde el primer minuto, Diego fue su hijo y jamás consideró que no lo fuera. Juan y Mercedes, sus padres, tampoco; adoran al niño, lo llevan los fines de semana al Retiro, al zoo, a museos.

¡Maldita Natalia! Ha envenenado toda su felicidad. Solo piensa en buscar señales: Diego, rubito, delgaducho, apenas se parece al moreno y corpulento Andrés. Su madre siempre le decía que el pelo cambia muchas veces de color en la infancia. Pero lo demás Los ojos, la constitución Andrés se tortura con dudas. Una semana no logra articular palabra, hasta que, vencido, pregunta a Lucía.

Ella le mira extrañada y luego, casi con ironía, responde:
Sabía que algún día saldría este tema. Si lo sabías, ¿por qué cinco años después lo mencionas? ¡Podrías haberlo dicho al principio y nos hubiéramos divorciado! ¡Eso es lo que querías, ¿no?! ¡Te engañé, qué mala soy! ¡Venga, grita, dime lo que piensas!
Andrés retrocede, dolido. ¿Por qué le dice esas cosas? La quiere tanto que, de haber sabido la verdad al principio, seguramente habría perdonado a Lucía y seguido adelante. Ahora, en cambio, ella lo dice como si estuviera deseando romper. ¿Divorciarse? Ni lo piensa Diego es su hijo, nada puede cambiar ese amor. ¿Y sus padres? ¿Cómo contarles? ¿O mejor no decir nada? ¿Seguirán queriendo igual a Diego y a Lucía?

Lucía, sin embargo, parece insegura. Discutieron mucho, Andrés recogió sus cosas y se fue al piso de su abuela. Estaba libre después de tanto tiempo alquilado. Pasa allí dos semanas, solo, deshecho, echando mucho de menos a Diego y a Lucía. Decide que todo debe seguir igual. Natalia quería destrozarles, pero no lo ha conseguido.

Andrés vuelve con Lucía y su hijo.
Perdóname, te dije cosas horribles, no lo mereces entre lágrimas, Lucía Pensé que después de saberlo dejarías de quererme, así que prefería ser yo quien lo dijera, no sé, lo estuve esperando estos años
¡Ay, Lucía! Andrés la envuelve en un abrazo cálido Has estado cinco años conmigo y no me conoces. ¿Cómo iba a dejarte? Te quiero a ti y a Diego, nada lo cambiará. Te entiendo y no te juzgo ¿Qué podías hacer? Tenías miedo Nuestra historia es real, y ninguna Natalia va a destruirnos, créeme.
Eso sí susurra Lucía, secándose las lágrimas y dejándose abrazar Pero preferiría no verle la cara a esa mujer nunca más.

¿Y qué les decimos a mis padres? lanza por fin la pregunta pendiente Andrés Adoran a Diego ¿Cómo se lo contamos?
Al final lo hicieron. Mes y medio después, pero no sobre lo ocurrido. Les dijeron que Lucía está embarazada, y pronto tendrán otro nieto.

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