Madrid, 13 de diciembre de 2025
Hoy vuelvo a sentir la frustración al nacer en el pecho. Ninguno de los abuelos ha ido a recoger a mi hija, Luz, de la guardería. Por culpa de ello hemos tenido que pagar una fortuna a una niñera, algo que está dejando al rojo vivo el presupuesto familiar.
Me hierve la sangre. Esta tarde volví a discutir con mi madre y ni siquiera se me ocurre llamar a la madre de mi mujer. Por suerte, al menos contamos con dos abuelas: la mía y la de mi marido…
Sin embargo, suerte es una palabra exagerada. Ambas viven a menos de cien metros de la guardería, pero se niegan rotundamente a pasar a buscar a Luz. Yo podría hacerlo, pero mi jornada termina a las 18:00 y no llegaría a tiempo. Mi esposa tampoco puede siempre, ya que trabaja en la fábrica del puerto en turnos rotativos. Por eso hemos tenido que contratar a una empleada doméstica, lo que supone un gasto adicional que aprieta aún más la economía, a pesar de contar con abuelas.
Mi madre termina su trabajo a las 16:00 y pasa todos los días frente a la guardería al volver a casa. Desde que se divorció de mi padrastro, su vida gira en torno a ella misma: se relaja con mascarillas faciales para sentirse más joven, va al cine, visita exposiciones y se reúne con amigas los fines de semana. Sólo lleva a Luz en contadas ocasiones, siempre los fines de semana, y argumenta que el niño le rompe la meditación al correr por la casa. Le encantan los consejos de crianza, pero se niega categóricamente a participar.
La madre de mi esposo es otra historia. Nunca ha trabajado fuera de casa; siempre ha sido ama de casa. Tiene cuatro hijos, con una diferencia de edad inferior a tres años, y mi marido es su primogénito. Parece la persona ideal para echar una mano, pero ella insiste en que ya tiene suficiente con sus propios hijos y las tareas del hogar: cocinar, limpiar, lavar, alimentar a la familia y, al final, ordenar todo. Sus dos hijos menores, de 18 y 21 años, ya son independientes. Un día, me quitó a Luz de la guardería y, enfadada, me dijo que no tenía tiempo para nada y que debía ocuparme yo mismo del bebé. Desde entonces, nos ha dejado claro que no podemos contar con su ayuda.
Los costes de la guardería pesan demasiado sobre el presupuesto. Me indigna la hipocresía de los abuelos, que cada Navidad se reúnen con Luz y hablan de cuánto la quieren y de quién le ha comprado qué regalo, pero nunca nos echan una mano de verdad. Hoy he tenido que suplicar a mi madre que, como última opción, recoja a Luz de la guardería, porque no nos queda ni un euro para la niñera.
No podemos esperar nada de nuestros padres, ni ayuda económica ni apoyo real. La madre de mi mujer tampoco quiere contribuir; asegura que todo el dinero se va en comidas fuera y en la compra del día a día.
No sé cómo vamos a salir de este aprieto. Cada sueldo se devora en comida, ropa, artículos del hogar y la paga de la empleada doméstica. Necesito encontrar una forma de que los abuelos nos ayuden, pero mientras tanto dejo una conclusión clara: en la vida no siempre puedes contar con la familia; a veces es necesario buscar soluciones por uno mismo y aprender a ser autosuficiente.







