Niñera para mi hermano: una discusión familiar sobre responsabilidades y la dura lección de independ…

Life Lessons

Diario de Leonor

Lunes

¿Qué ha pasado hoy? Vuelvo a sentirme agotada, frustrada y un poco dolida. Otra vez la misma historia con Nerea. Desde las seis no contesta el móvil y me he vuelto a quedar colgada. Por su culpa ni siquiera he ido a casa de la abuela. Tenía que cocinar allí y aquí, y encima me tocaba cuidar a Tomás… ¿Quién pensó que tener una hija mayor sería tener una ayuda?

Justo cuando le daba vueltas a todo esto, oí cómo la puerta daba un chasquido y entraba Nerea, sin quitarse ni los auriculares, y rumbo directo a su cuarto, como si nada importara.

Pero yo no podía dejarlo así.

¡Nerea! ¡Quietecita! le grité, obligándola a pararse, aunque ni siquiera se dignó darse la vuelta. ¿Adónde vas? ¿Sabes que has llegado… qué, seis horas tarde? ¿No piensas ni explicarte?

Al fin se quitó los auriculares.

¿Y ahora qué drama hay?

¡Tú misma lo dijiste! Me prometiste que cuidarías de Tomás…

Ella, medio dormida aún del día, masculló:

Pues no ha podido ser. Nadie ha muerto. Tú estabas en casa.

Te avisé con una semana de antelación de que me haría falta hoy. Tu padre trabaja de tarde, no puede quedarse, y yo necesitaba ir a ver a tu abuela. ¡No te importa ni tu hermano ni tu abuela! ¡Y a tu madre tampoco le tienes consideración!

Nunca lo admite, pero sé que Nerea se fue por la tangente con sus compañeros de la universidad, y se fue al piso de Samuel a seguir la juerga sin preocuparse por nada más. Se le fue el tiempo y, siendo sincera, sé que apagó el móvil por voluntad propia.

Te lo prometí, mamá, pero luego salieron otros planes.

A ver, respira, dije, acercándome. ¿Es que estamos en la cárcel o qué?

Bebiste, sentencié tras oler su aliento. Por lo visto, la fiesta es más importante que la familia.

Y entonces explotó:

¡Pues sí, mamá, es más importante! Yo no soy la niñera de nadie, arreglaos como podáis. Queríais tener otro crío a estas alturas, pues ahora haceos cargo. Yo tengo mi vida.

Nunca la había visto hablar así, y ni su padre lo había hecho. Pero él siempre ha sido más conciliador que yo.

No te pedimos ser la niñera oficial. Casi nunca te pedimos nada, Nerea. Pero hoy era importante, y lo sabías… ¡Llegaste seis horas tarde y encima apagaste el móvil! ¿Y tienes la cara de hacernos responsables a nosotros?

No me pongáis de mala. Tomás es cosa vuestra. Yo también salí, como todo el mundo, ¿o es que soy menos que nadie?

Siempre procuramos no sobrecargarla de tareas en casa. Al fin y al cabo, hasta hace poco era alumna de bachillerato. Ahora estudia derecho en la Complutense, carrera nada fácil. Nerea siempre fue lista y responsable… hasta que dejó de querer ayudar.

¿Sabes qué es peor? le dije. Lo peor es que por tu culpa no he ido a casa de la abuela. Ella sola no puede ni cocinar y yo no sé cómo dividirme entre un niño de tres años y una madre enferma.

Deshaciendo el peinado que le hizo su amiga, soltó, gélida:

Ese es tu problema, mamá. Tú quisiste tener otro hijo recién llegada a la cuarentena. Apáñatelas. Yo no os debo nada.

Aquello dolió, hasta su padre se quedó de piedra.

¡Nerea, eso es demasiado!

¿Demasiado por qué? Estoy en la universidad, tengo derecho a salir y conocer gente, a tener un futuro, incluso a buscar marido, si quiero. No pienso quedarme en casa a cuidar a tu hijo ni sentada aquí.

Su padre la sentó para hablar con calma:

Nerea, escúchame. Nadie te pide que seas la niñera de la familia. Solo pedimos ayuda cuando nos hace falta. Y tú dijiste que sí.

Ella no cedió ni un milímetro:

Dije que sí y luego cambié de idea. La vida cambia, lo siento.

La vida cambia, pero tenías que habernos avisado. Entendemos que tienes estudios y amigos, pero formas parte de esta familia. No te atamos aquí, pero ¿tan complicado es encontrar un par de horas para tu hermano, para que podamos ir al médico o, como hoy, visitar a la abuela?

Rodó los ojos y, entre broma y arrogancia, sólo dijo:

No.

¿Por qué no?

Porque eso no me corresponde. No pienso sacrificar mi vida por lo que vosotros decidáis.

Por dentro, sé que esperaba la bronca de siempre.

Bueno, está bien, dijo su padre sorprendentemente sereno. Te hemos escuchado.

Me quedé sin saber cómo reaccionar. ¿Dónde estaban los gritos, los castigos, las amenazas? ¿Así de fácil?

¿Eso es todo? preguntó Nerea.

Eso es todo. Hoy, por lo menos.

Se metió casi huyendo al baño, a desmaquillarse. Lo peor es que tras la jornada agotadora, lo último que necesitaba era una pelea así.

Más tarde, en la habitación, comenté con Diego mi marido lo que me había dolido.

¿Cómo puede ser tan fría, Diego? dije ya sin rabia, sólo con pena. La criamos igual que al resto, con cariño, dándole libertad… ¿Y ahora parece que ni nos quiere? ¿Hasta cuándo tendremos que rogarle para que nos eche una mano con Tomás?

No pienso rogarle más, Julia,me dijo él. Si ella piensa que no nos debe nada, pues nosotros tampoco a ella. Por lo menos hasta que aprenda de verdad lo que cuesta vivir de forma independiente.

Martes

El día amaneció pesado, con la tensión colgando como la niebla de otoño en Madrid. Fui la primera en levantarme, me serví un vaso de agua y comí los bocatas resecos de la nevera. Cuando llegó mamá con Tomás en brazos, me sumergí en el móvil para evitar conversar. Ella desayunó en silencio y después entró papá.

Buenos días, Leonor,me saludó.

Vaya, hoy hasta se me habla,le respondí.

Papá abrió una hoja de cálculo en el portátil, donde anotaba todos los gastos: la luz, el agua, la comida.

Leonor, necesito hablar contigo.

Me volví a hacer la desentendida.

Otra vez con lo de mi responsabilidad, ¿no? Ya dije que…

No es sólo eso,interrumpió. También es sobre el dinero. A partir de este mes, esperamos que pongas tu parte para la comida y los gastos de la casa. Te tocará pagar tu parte.

Me reí pensaba que era una broma tonta para tomarse la revancha de la noche anterior.

Buen intento, papá. Pero no voy a picar.

Pero estaba muy serio:

No es ninguna broma. Desde hoy, como adulta que eres, pagas tu parte de todo. Sin excepciones.

Hasta Tomás, que estaba con la boca llena de galletas sobre la mesa, se puso a mirar hacia papá. Notó el cambio de tono.

¿Cómo dices?dije casi atragantada.

Tú afirmaste que no nos debes nada. Bien. A partir de ahora, tampoco dependes de nosotros para tu día a día. Este mes pagas tu parte de la comida, la luz, el agua, y sobre todo y aquí me miró fijamente, tu matrícula de la universidad.

Por fin me di cuenta de que iba en serio. Más de lo que pensaba.

¿De verdad vais a dejarme sin comer? Pero la matrícula… ¡Eso es sagrado! No podréis dejarme sin estudios, papá, ni tú lo soportarías.

Sí que puedo,respondió él. Ya tienes diecinueve años, eres mayor de edad. Nosotros siempre dijimos que te apoyaríamos en tanto que vivieras aquí y estudiaras, pero la ayuda se da cuando hay respeto mutuo y alguna implicación. Tú no quieres implicarte. Así que se termina también nuestro apoyo, en todos los sentidos.

Vi a mamá lanzarle una mirada de esas que preguntan en silencio si no nos habríamos pasado ya demasiado.

Dejé el queso sobre el plato con enfado y, sin decir más, salí de la cocina.

Ni ganas de desayunar, no sea que os deba más.

Ellos terminaron su desayuno solos. Me vestí haciendo el mayor ruido posible y me largué a clase. Al menos las clases todavía estaban pagadas.

¿Nos hemos pasado?, preguntó mamá. Papá mascaba el queso, también con cara de pocos amigos.

No, Julia. Es justo. Ella es adulta, según la ley. Que se pague lo suyo. Le vendrá bien aprender cómo es la vida.

En los siguientes días, apenas coincidí con ellos. Me iba temprano y llegaba tarde. La comida, ni verla en casa. Mamá, desobedeciendo a papá, me preguntó un día si no estaría pasando hambre. Yo la miré enfadada sin responder.

Por suerte, surgió un trabajo en una cafetería. Reemplacé a una amiga un día y, al ver que funcionaba, me contrataron. Cuatro horas diarias tras las clases, sirviendo mesas y bandejas. Por fin tenía euros propios, aunque no suficiente para todo.

Sé que mis padres sufrían viéndome, pero se mantuvieron firmes.

Otra vez sin venir a cenar… le decía mamá a papá. ¿No estaremos exagerando? Si sigue así, ¿adónde va a llevar esto…?

Déjala, Julia. Ya se le pasará. Entenderá que en una familia todo el mundo ayuda. Ahora sólo quiere demostrar lo independiente que es.

Al cabo de casi tres meses de guerra fría, cedí:

Vale, vale. Consideradlo una victoria por vuestro lado. Entre la uni y el curro no doy más de mí, los euros apenas alcanzan. Acepto cuidar a Tomás un par de veces por semana, tres horas cada vez. Y aquí tenéis lo que tengo ahorrado para la casa.

Dejé diez mil euros sobre la mesa. No era nada fácil reunirlos… pero ellos ni los tocaron.

Leonor, jamás quisimos que esto te hiciese daño. No somos chantajistas me susurró mamá. Te cuidamos porque te queremos, no por ley. Sólo pedimos algo a cambio. Un poco de participación, de corazón.

No pude aguantar mi coraza más. Me eché a llorar y los abracé fuerte.

Supongo que en eso consiste crecer. Comprender que familia es mucho más que favores, y que el cuidado siempre va en las dos direcciones.

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