¿Dónde estabas? gruñó Protasio al ver entrar a su esposa en el piso.
He estado en el trabajo.
¡Pero hoy es sábado!
Trabajo incluso los sábados.
Trabajas, pero aquí no entra ni un euro.
Bueno, tú ni si quiera trabajas
¡Ay, mejor no sigas hablando! dijo él entre dientes, avanzando hacia ella de forma amenazante. ¡Venga, corre al supermercado! En casa no hay ni para cenar.
Protasio, sólo nos quedan cien euros y aún falta una semana para cobrar. Podrías buscar trabajo, o conducir un taxi con el coche, al menos.
¿Yo taxista? Da gracias que te dejo vivir en MI piso. Abrió la puerta. ¡Venga, vete a comprar!
***
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Inés. ¡Qué injusticia! ¿Acaso era culpa suya que la vida se hubiese torcido así? Llevaban cuatro años casados. Al principio, no estaban mal. Los padres de ambos habían ahorrado para ayudarles a comprar un piso de dos habitaciones. Más tarde, entre todos lograron que se comprasen un coche, sencillo, nacional, pero ¡cuánto les ilusionó! Todo quedó a nombre de Protasio, él era el cabeza de familia. Los padres de Inés aún vivían en un pueblo, pero también hicieron su parte.
Protasio tenía un pequeño negocio con su padre, no era ninguna fortuna, pero alcanzaba. Sin embargo, le entró la soberbia, soñaba con más, y acabó perdiéndolo todo tras discutir con su padre. Lleva casi un año sin trabajar, esperando, nadie sabe qué.
Ahora grita a su mujer e incluso la ha llegado a maltratar. Inés trabaja seis días por semana, pero el dinero nunca basta y él, en vez de ayudar, ella acaba siendo su saco de boxeo. A veces le pasaba por la cabeza volver al pueblo con sus padres, pero allí también viven sus dos hermanas menores. No quería ser otra carga más.
***
Salió del portal, se secó las lágrimas y caminó hacia un supermercado lejano, quería ahorrar y, sobre todo, alargar el tiempo antes de regresar a casa.
Cerca del supermercado, un todoterreno aparcó y de él bajó un hombre, ligeramente cojeando. Inés lo captó de reojo.
¡Inés! exclamó una voz alegre.
Inés giró la cabeza de golpe:
¡Víctor!
Era su compañero del colegio. Víctor tenía una discapacidad desde niño; algo en las piernas y en las manos. Habían cursado juntos desde primero hasta COU, y recordaba que él pasaba media vida en hospitales. Los chicos solían meterse con él, pero Víctor nunca perdió el ánimo. Estudiaba más que nadie, y de cada tratamiento volvía un poco más fuerte. Si al principio necesitaron llevarle casi en brazos, al graduarse salió andando, con paso seguro, aunque cojeando.
Y ahora salía de aquel coche nuevo y caro, acercándose sonriente a su compañera.
¡Inés, eres tú! su voz destilaba confianza. Hace siglos que no te veo. Hace dos años organizamos una reunión, Julia dijo que te avisó, ¿por qué no viniste?
No sé cosas musitó, nerviosa, y a Víctor no se le escapó.
¿Vas al súper? preguntó para aliviar el ambiente.
Sí.
¡Vamos juntos! Yo también.
La llevó hacia otro supermercado, el mismo al que no quería ir ella; sabía que allí sería todo más caro. Por su mirada, él lo captó de inmediato y, al observarla bien, comprendió mucho más.
Inés quiso decir algo.
No, Víctor, a ese no entro. Perdona.
Soltó la mano del antiguo amigo y se dirigió al modesto supermercado.
***
Hizo la compra calculando cada euro. Al salir, Víctor la esperaba apoyado en su coche. Se le acercó decidido, tomó su mano, abrió la puerta y ordenó:
¡Entra!
Inés obedeció sin protestar, y él se sentó a su lado.
Cuéntame qué te pasa.
Entonces, entre sollozos, le fue relatando todo, sin ocultar nada.
Pues vete, déjalo, y ya.
¿Y adónde voy? Todo está a su nombre.
Soy uno de los mejores abogados de Madrid. Da igual a nombre de quién esté, la mitad es tuya por ley. Sacó el móvil. Venga, dime tu número.
Tras dudar, se lo dictó. Él la llamó de inmediato, y en el móvil de Inés sonó una melodía alegre.
Hoy es sábado. El lunes pides el divorcio. Yo te voy a ayudar en cada paso. Arrancó el coche. Te acerco a casa. ¿Dónde vives?
En la calle Lope de Vega, junto a Correos.
¡Qué casualidad! Yo acabo de mudarme ahí, a ese edificio nuevo dijo señalando una flamante finca de ladrillo visto.
***
Al llegar, bajó primero, le abrió la puerta con cortesía:
Venga, Inés, ¡decídete! El lunes te llamo. Si pasa algo, llámame enseguida.
Víctor me da miedo
No temas nunca le sonrió, dándole confianza.
***
Entró en casa y notó la presencia furibunda de Protasio en el pasillo:
¿Quién era el del coche? ¿Con quién andabas, que te diviertes y aquí uno muerto de hambre?
Luego, insultos y un golpe.
Inés soltó la bolsa y, entre lágrimas y rabia, salió huyendo del piso. Al salir del portal
¡Sube! ordenó Víctor, abriéndole la puerta del coche sin dudar.
***
Solo fue consciente de sí mientras Víctor la introducía en un piso amplio y elegante.
¿A dónde me traes?
Aquí vivo yo. Nadie podrá hacerte daño, estoy solo.
En ese momento, el móvil de Inés vibró. La voz irritada de Protasio al otro lado:
¿Dónde estás metida?
Otra vez insultos. Víctor tomó el teléfono y, con voz firme, respondió:
Inés va a pedir el divorcio. El piso se queda con ella.
¿Tú quién te crees?
Si sigues molestando, acabarás unos años entre rejas, te lo garantizo.
Pero ¡¿quién eres tú?!
Ya está dicho todo.
Colgó y le devolvió el teléfono a Inés, que lloraba sin parar.
Anda, Inés, tranquila. Ve al baño, lávate la cara, yo preparo algo.
Mientras ella se recomponía, él puso agua a hervir y realizó una llamada.
***
Apenas probaron el té. Víctor fue claro:
Vamos a resolver todo contigo y tu marido.
No, balbuceó ella, asustada. Me da miedo
Inés, en esto sólo harás lo que tú quieras respondió animándola.
Frente al portal les esperaba un coche de la Policía Nacional. Un joven agente salió:
Don Víctor, a sus órdenes.
Se dieron la mano, acomodaron a Inés con ellos.
***
En minutos, tocaban en casa de Protasio.
¿Quién es? resopló el hombre abriendo la puerta con altivez.
¿Protasio Márquez? preguntó el agente.
Sí, soy yo.
Tengo que hacerle unas preguntas.
Protasio lanza una mirada de odio a Inés.
Pasen, pues.
El abogado y el agente entraron y se sentaron. El policía empezó a rellenar el parte.
Inés, recoge tus papeles y lo básico para estos días dijo Víctor suavemente, y ella, por primera vez en mucho tiempo, sintió apoyo verdadero.
Cogió los documentos y, sin saber por qué, se los entregó a Víctor, quien la miró con ternura. Inés empezó a preparar su ropa de forma automática, aliviada pese a la incertidumbre, reconfortada por esa presencia firme a su lado.
Terminé, don Víctor dijo el policía levantándose.
Bien. Déjame hablar con él a solas.
Sentado de nuevo frente a Protasio:
Mira, el lunes tu esposa presentará la solicitud de divorcio. Necesitarás presentar la tuya también. No hay hijos, así que irá por el registro civil. Lo que se ha adquirido en estos años, se reparte.
¿Y si me niego? Todo está a mi nombre.
Entonces habrá demanda de divorcio, demanda de reparto de bienes y, sobre todo, denuncia por malos tratos. Yo presido una asociación nacional de abogados. No te recomiendo que lo pongas difícil.
Esta noche hablaré yo mismo con mi mujer, y haremos lo que yo diga.
¿Quién te dice que ella estará sola contigo?
Mientras sea mi esposa, puede vivir aquí.
Pues puedo pedir tu detención por violencia doméstica ya mismo. Pasarías el fin de semana en el calabozo y tu esposa seguiría aquí. ¿Eso te vale?
Vale, que haga lo que quiera accedió tras pensar un segundo.
Perfecto. El lunes os recojo y vamos al registro.
***
En el teléfono de Inés sonaba una melodía. Sonrió al ver que era su madre. Tras el divorcio, su relación se había enfriado; los padres de Inés nunca aprobaban los divorcios, ellos llevaban más de veinticinco años casados sin apenas discusiones.
¡Hola, mamá! saludó animada.
Hola, hija la voz, sin embargo, no sonaba alegre.
¿Qué pasa, mamá? Te noto triste.
Tú sí que suenas feliz. Se nota que te has divorciado
Lo reconozco, sí, estoy feliz.
Pues tú verás, es tu vida.
¿Para que llamabas?
Olga, tu hermana, también quiere casarse.
¿Y con quién?
Con un chico de ciudad; quiere irse también. Pero él no tiene piso ni nada, solo amor. Los padres, muy normales, viven con otro hijo en un piso de tres habitaciones. Hemos hablado de, entre todos, comprarles uno pequeño en la ciudad, a medias. Pero tu hermana anda apocada.
Que se queden en el mío por ahora; ya veremos después.
¿Y tú dónde piensas vivir?
Ay, mamá la voz de Inés rebosaba ilusión, me voy a casar de nuevo.
Si no has acabado un divorcio y ya
Te lo prometo, este será para siempre. Se llama Víctor. ¡Y le quiero con toda mi alma!
***
En la vida, no hay que tener miedo a reinventarse, ni a buscar ayuda cuando la soledad y la injusticia nos asfixian. Siempre hay una puerta abierta y amigos que aparecen cuando más los necesitamos. Tener valor para protegerse y liberarse es el primer paso hacia la verdadera felicidad.



