En cuanto regresé a casa, mi vecina, Doña Pilar, me paró en el rellano y me soltó, con clara incomodidad: En tu piso cada día se oye gritar a un hombre, nos tiene a todos desesperados. ¿Cómo podía ser eso posible, si yo vivía sola?
Al día siguiente, decidí no ir a trabajar y esconderme bajo mi cama. A las 11:20 en punto, un hombre desconocido abrió la puerta con su propia llave y lo que hizo después me dejó completamente paralizado de miedo.
En cuanto regresé a casa, Doña Pilar volvió a abordarme: En tu piso todos los días se escucha a un hombre gritando, estamos hartos. ¿Pero cómo, si vivo yo solo aquí?
Ya al mediodía, cuando llegué a casa, ella me esperaba junto a la puerta.
Hay mucho jaleo en tu piso durante el día me dijo, un hombre grita a pleno pulmón.
Me quedé sin palabras.
Es imposible contesté. No hay nadie en casa cuando yo no estoy. Vivo solo y trabajo todo el día fuera.
Ella negó con la cabeza, muy segura.
Lo he escuchado muchas veces. Siempre cerca de mediodía. Es voz de hombre. He llamado a la puerta, pero nadie respondió.
Intenté sonreír, le dije que quizás habia dejado la tele encendida, pero sus palabras no dejaron de dar vueltas en mi cabeza.
Al entrar en casa me invadió una sensación extraña. Recorrí todas las habitaciones: todo estaba en orden, las puertas y ventanas cerradas, nada faltaba, ni huellas de nada. Todo indicaba que estaba bien, pero una inquietud no me dejaba tranquilo.
Esa noche casi no pude dormir.
Por la mañana lo tuve claro. Llamé a mi trabajo y dije que me encontraba mal. A las 7:45 salí de casa haciendo ruido para que los vecinos me vieran, encendí el coche, avancé unos metros y enseguida regresé, apagué el motor y me colé de nuevo por la puerta trasera, en silencio. Fui directo al dormitorio y me escondí bajo la cama, echándome el edredón encima para que no se viera nada.
Las horas se hicieron eternas. Empecé a creer que todo estaba en mi cabeza, cuando, sobre las 11:20, escuché cómo se abría la puerta principal.
Unos pasos tranquilos cruzaron el pasillo, de quien conoce bien la casa. Los zapatos rozaban el suelo y ese ritmo me resultaba inquietantemente familiar.
Entró en el dormitorio.
Entonces oí claramente una voz masculina grave, irritada:
Otra vez lo tienes todo patas arriba
Pronunció mi nombre, Álvaro.
Esa voz era demasiado conocida. El horror me recorrió el cuerpo al comprender quién era ese supuesto desconocido.
La verdad la supe más tarde, cuando todo pasó.
El propietario, don Ernesto, entraba en mi casa cada vez que salía hacia el trabajo. Tenía su propio juego de llaves. Sabía perfectamente mi rutina: cuándo salía, cuándo regresaba. Se lo había comentado yo mismo, sin importancia, en alguna conversación casual.
No entraba para robar nada. No buscaba dinero ni objetos de valor. Simplemente, vivía allí.
Se quitaba los zapatos en la entrada, como si fuera su propio hogar. Se sentaba en mi sofá, encendía la televisión, comía de mi nevera, utilizaba el baño, a veces hasta se tumbaba en mi cama.
Sabía el sitio de todo, porque él mismo había amueblado el piso y escogido cada detalle antes de ponerlo en alquiler. Para él, aquello seguía siendo su casa.
En cuanto regresé a casa, Doña Pilar volvió a decir: En tu piso todos los días se oye a un hombre gritar, nos tienes locos. ¿Pero cómo era posible?
Don Ernesto se creía en su derecho.
A veces hablaba en voz alta solo, se quejaba del desorden, de las costumbres, de la ropa que yo dejaba sobre la silla. Le molestaba que yo no cuidase del piso como se debía. Ese era el eco que oían los vecinos y por el que protestaban.
Sabía mi nombre, conocía mis horarios y costumbres. Sabía que yo no volvería hasta la noche.
Pero no esperaba que, ese día, le escuchara yo primero.
Cuando vino la policía a llevárselo, puso cara de auténtica sorpresa. Decía que no veía nada malo en lo que hacía. El piso era, según él, suyo. Las llaves eran suyas. Y que únicamente comprobaba que todo estuviera bien.
Desde entonces, nunca más alquilaré un piso sin cambiar las cerraduras el primer día.







