La publicidad no solo nos murmura sobre lo apretadas que son nuestras rutinas. También susurra, con un aire casi surrealista, esa tendencia creciente de la gente dejando atrás sus pueblos natales y los abrazos familiares, persiguiendo oportunidades en ciudades lejanas como Madrid, Sevilla o Salamanca. Sin embargo, como este anuncio revela con una lucidez extraña, da igual dónde estemos o en qué andemos ocupados nada supera la importancia de compartir tiempo con quienes realmente nos importan. Es una verdad poderosa que casi parece envolverlo todo como un sueño.
En alguna vivienda de Granada, la familia se junta alrededor de un árbol de Navidad decorado con luces suaves y bolas que parecen flotar. Las manos se abren y cierran sobre regalos envueltos en papel brillante, con los niños Lucía, Sofía, y Carmen riendo suavemente, como si las voces vinieran de otra dimensión. El padre, don Javier Fernández, observa la escena con una satisfacción que parece diluirse en el aire, logrando reunir a sus hijas en Nochebuena como siempre lo había imaginado, aunque el tiempo y las distancias parecieran borrar los vínculos.
La madre, doña Isabel, sirve turrón y cava en copas de cristal. Los niños corren por la casa, acompañados por un perro que responde al nombre de Pelayo. Los relojes marcan las horas en euros y los abrazos entre los familiares parecen durar casi una eternidad.
No importa si llevamos la vida a la velocidad de un tren de alta velocidad, ni hacia dónde nos arrastre la corriente el sueño que compartimos cada Navidad nos recuerda que, en el fondo, estar juntos es lo único verdaderamente esencial. Como un eco literario de Góngora o una melodía de un villancico antiguo, la escena se desvanece suavemente, pero la sensación permanece.







