Ay, mamá, ¿otra vez estás friendo pescado? dijo Lucía, asomándose a la cocina.
Sí, pero he abierto las ventanas y puesto el extractor respondió Carmen.
En los últimos cuatro meses, desde que su hija se mudó con ella, Carmen había escuchado comentarios como ese varias veces al día.
Has dejado la comida demasiado salada o has puesto la ropa en el sitio equivocado. O la tele de tu cuarto está demasiado alta.
Carmen ni se había dado cuenta de cuándo empezó a andar de puntillas por su propia casa. Intentaba hacerlo todo en silencio y con disimulo, para no molestar a Lucía ni a su yerno.
Al principio parecía que todo iba bien…
Después de casarse, Lucía y su marido decidieron vivir por su cuenta y empezaron a alquilar un piso. Visitaban a Carmen los fines de semana. Era comprensible: tenían sus trabajos y sus propios líos.
Un día Carmen se sintió fatal. Los vecinos llamaron a una ambulancia. Al cabo de pocos minutos también llegó su hija. Cuando Carmen salió del hospital, Lucía le dijo:
Te tenemos una sorpresa preparada. Creo que te va a gustar. Lo verás cuando llegues a casa.
Carmen entró y de repente se topó con unas bolsas en el pasillo.
Hemos estado hablando y hemos decidido que a partir de ahora vamos a vivir contigo. Te cuidaremos.
Carmen se quedó de piedra con la decisión de los hijos.
Al principio, Lucía realmente cuidaba de su madre. Limpiaba, cocinaba, planchaba. Pero tras pasar dos meses juntas, empezó a olvidarse de por qué se habían mudado con ella.
Carmen se fue encontrando mejor y volvió a hacer todo por sí misma. Cuando los hijos estaban trabajando, ella cocinaba y recogía la casa.
Su hija le insistía una y otra vez en que se cuidara, pero Carmen le convencía de que estaba mucho mejor.
Lucía y su marido enseguida vieron todas las ventajas de vivir en casa de la madre. No tenían que pagar alquiler. Todo estaba limpio y alguien cocinaba.
Mamá, vienen unos amigos a casa hoy. ¿Por qué no te bajas a casa de Maruja a tomar un té? Nosotros estaremos más a gusto y tú te distraes un poco le sugirió un día Lucía.
Carmen no tenía ninguna gana de salir por la noche. Además, la vecina se acostaba temprano. Como hacía buen tiempo, decidió dar una vuelta por el barrio y tomar el aire. Pasaba el tiempo y los invitados no tenían intención de irse. Carmen quería acostarse, pero se quedó esperando hasta que su hija la llamara para volver a entrar.
Un vecino salió a pasear al perro y, media hora después, regresó. Carmen seguía sentada en un banco.
Disculpa, ¿estás bien? le preguntó el vecino.
Sí, solo que mis hijos tienen visita y no quiero molestar.
Creo que me recuerdas, vivo en el primero.
Sí, claro, te recuerdo.
Se habían visto más de una vez, pero nunca habían pasado de los saludos. La mujer de Francisco había fallecido hacía poco. Sus hijos vivían por su cuenta.
¿Por qué no subes a casa a tomar un té? Hace fresco. Llama a tu hija y dile que estarás un ratito conmigo.
Carmen marcó el número de su hija, pero no contestaba. Parece que esa noche no le apetecía su madre.
Pues venga, vamos respondió Carmen.
Tomaron un té y charlaron. De repente, Lucía llamó a Carmen:
Mamá, ¿dónde estás? Los amigos se marcharon hace rato. Nos vamos a dormir y tú no has vuelto.
Se le notaba el tono enfadado de siempre. Carmen no entendía qué había hecho mal esa vez. Empezó a recoger sus cosas para volver a casa. Francisco la acompañó hasta la puerta.
Si solo tengo que subir dos pisos dijo Carmen.
Te acompaño, así me quedo más tranquilo le contestó Francisco.
Desde entonces, Carmen pasaba a menudo por casa del vecino. Tomaban el té o preparaban algo juntos a la hora de comer. A veces Francisco cocinaba alguna receta suya. Ese día, Carmen volvió a estar en casa de Francisco porque era el cumpleaños de su yerno y había invitados en casa.
Es que tu piso es tan tranquilo y acogedor le dijo ella en voz baja.
Si quieres, puedes quedarte a vivir conmigo para siempre le propuso Francisco.
La miró de una forma que Carmen supo enseguida que lo decía de verdad.
Bueno, lo pensaré… respondió Carmen sonriendo.
Aunque en el fondo ya sabía que diría que sí.






