Mis parientes esperan que abandone este mundo. Creen que van a quedarse con mi casa, pero me he protegido por adelantado.

Life Lessons

¡Oye, amiga! Te cuento un cuento que me tiene dándole vueltas a la cabeza. Resulta que ahora tengo sesenta años y vivo sola en mi piso del centro de Madrid. No tengo hijos ni marido, aunque sí estuve casada una vez. Cuando tenía veinticinco años, me casé por amor con Javier, pero la cosa se vino abajo cuando él la infundió con su amante y la llevó a nuestro apartamento. No lo aguanté ni un segundo, empaqué mis cosas y me mudé a casa de mis padres en Granada. Apenas dos meses después de la separación, descubrí que estaba embarazada.

Al principio no quería decirle nada a mi ex, así que lo evité por completo y pensé que criaría al bebé sola. Cuando nació mi hijo, Miguel, los médicos nos dieron la mala noticia: había nacido muy débil y con una enfermedad incurable; los médicos dijeron que sus probabilidades de llegar a los once o doce años eran escasas. Aún así, lo amamanté cada día y lo crié con todo mi corazón, aunque siempre rondaba la idea de que pronto tendría que despedirme de él. Cuando Miguel cumplió quince, él y mi padre, Antonio, fallecieron una semana de diferencia. Así perdí a dos personas que más quería.

Mi padre me dejó su amplio piso en el centro de la ciudad, y con los años me fui acostumbrando a vivir sola, sin muchos hombres a mi alrededor. Yo quería volver a ser madre, pero el miedo a repetir la tragedia me tenía con los pies en el suelo, así que no me arriesgué. A los cuarenta y cinco compré un portátil para estar en contacto con la familia y seguir las noticias. Cuando mis sobrinos y tíos se enteraron de que estaba sola, empezaron a venir de vez en cuando, trayendo regalos, chuches y preguntándose si ya tenía testamento. Al ver que no lo tenía, empezaron a quejarse de mi situación económica y algunos hasta se lanzaron a hablar mal de los demás para quedar mejor a mis ojos. Yo ya sabía a quién quería dejarle el piso: a Pablo, un buen amigo, cuya hija, Ainhoa, siempre me ha echado una mano sin esperar nada a cambio.

La familia, en cambio, solo quería la vivienda. Llegó el momento de cortar el contacto, pero ellos no se quedaron quietos. Un día, mi primo Rafael me llamó por teléfono, con la cara de quien quiere saber si sigo viva y a quién le paso el piso. Me sentí tan ofendida que bloqueé a todos mis parientes para que no me escribieran ni me llamaran. Así que, amiga, esa es mi historia: entre recuerdos, pérdidas y un piso que ahora solo pertenece a quien realmente lo merece. ¡Un abrazo!

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