Mira, te voy a contar una historia que todavía me tiene dándole vueltas a la cabeza Ya sabes que soy hija única, y aunque según dicen fui muy esperada, siempre he notado que tampoco es que rebosara cariño la cosa, ¿sabes? Cuando tenía 23 años y estaba de cinco meses, empezaron a entrarme paranoias raras, como si de verdad no fuera hija biológica de mis padres. Mis padres ya tienen más de setenta años y lo de nuestro dinero es, de verdad, un drama. Vivimos en un piso de alquiler en las afueras de Valladolid, haciendo malabares para llegar a fin de mes. Tanto Dani (mi marido) como yo estamos terminando los estudios y currando a la vez, pero ni por esas nos llega para todo lo que hay que pagar. Tuvimos dos sustos gordos con el casero por no poder pagar el alquiler y hasta hemos pedido prestado a amigos para sobrevivir. Total, que ahora mismo vamos arrastrando deudas, casi no nos da ni para una barra de pan y cada mes parece que se va a liar la marimorena con el dinero. Mis padres, de vez en cuando, nos traen algo de comida del mercado, pero vamos, que tampoco es que sobren.
Eso sí, para que nos casáramos estaban súper insistentes. Así que, sin darles más vueltas, fuimos el año pasado al registro civil y firmamos. Y fue entonces cuando les entró la prisa por ser abuelos, especialmente a mi madre. Mi madre, Inés, no paraba de repetirme que tenía que tener ya un bebé porque si no, iba a pasar como con ella, que tendría un hijo demasiado tarde. Pero claro, nosotros no nos veíamos preparados, ni por asomo. No solo por responsabilidad, sino porque criar a un niño cuesta un pastizal. Pero entonces mis padres nos vinieron con una propuesta que, la verdad, sonaba demasiado bien. Nos ofrecieron una buena cantidad de dinero, en euros, claro, para que, si yo me quedaba embarazada, pudiésemos comprar una casita en un pueblo de Castilla y León. Ellos se irían a vivir allí y nos dejarían el piso de la ciudad a nosotros. Le dimos muchas vueltas porque lo de la hipoteca y el alquiler nos tenía amargados y al final pensamos que igual era una salida para respirar un poco. Al menos ya no estaríamos con la angustia del casero y podríamos gastar algo en nosotros. Mi madre hasta me aseguró que ella se encargaría del bebé para que yo pudiera acabar la carrera.
Aparte, nos prometieron que nos ayudarían con todo lo necesario y que no nos faltaría nada, ni a la niña ni a mí. Spoiler: no cumplieron nada. Ni un paquete de pañales compraron. Durante el embarazo, mi madre me llamaba constantemente para preguntarme que cómo iban los preparativos del parto, cuando yo ni siquiera tenía dinero para lo básico, ¡ni un body tenía la niña! Y nada, su solución era que Dani se buscara un tercer trabajo. Le recordaba lo que nos habían prometido y ella, de repente, hacía como si nunca hubieran dicho nada y nos llamaba irresponsables por haber dado el paso de ser padres. Así que cuando nació Carmen, nuestra hija, mis padres volvieron a sacar a colación los euros del principio, pero ya estábamos escarmentados: decidimos buscar nuestro propio camino y comprar el piso nosotros solos, porque nos dimos cuenta de que confiar en su ayuda no tenía sentido.
En fin cosas de familia, quiero pensar. Pero, de verdad, cada vez me convenzo más de que, aunque digas que la familia es lo más importante, hay veces que no te queda otra que salir adelante por ti misma.






