Mis padres nos ofrecieron un trato: su piso a cambio de nuestro capital de maternidad. Sin embargo, con el tiempo, mi marido y yo nos dimos cuenta de que habíamos sido engañados.

Life Lessons

Diario personal, 14 de septiembre

Desde siempre, siendo hija única, nunca me sentí la preferida a pesar de haber sido muy deseada. Ahora, al reflexionar con veintitrés años y embarazada de cinco meses, comenzaron a asaltarme dudas sobre si realmente soy hija biológica de mis padres. Mis padres tienen ya setenta años y nuestra situación económica no puede ser más precaria. Vivimos los cuatro en un piso de alquiler en las afueras de Sevilla y apenas llegamos a fin de mes. Tanto mi pareja como yo estudiamos y trabajamos, pero el dinero no nos alcanza para cubrir lo básico.

En dos ocasiones nos han amenazado con echarnos del piso por no poder abonar el alquiler, y hemos tenido que recurrir a préstamos de amigos para poder quedarnos en el piso. Como resultado, nos hemos endeudado y hay días en los que apenas podemos comprar comida; vivimos en un estado de angustia permanente. Mis padres, cuando pueden, nos ayudan trayendo algo de comida de vez en cuando. Ellos insisten en que deberíamos casarnos, así que, sin darle muchas vueltas, mi novio y yo fuimos al Registro Civil y nos casamos. En ese momento, mis padres empezaron a expresar su deseo de tener nietos cuanto antes.

Mi madre, Pilar, insiste constantemente en que tengo que tener un hijo, que si no acabaré como ella”. Sin embargo, nosotros no nos vemos preparados para ser padres es una responsabilidad enorme, sobre todo económicamente, así que no tenemos ninguna prisa. Pero entonces, mis padres nos plantearon una oferta tentadora: cederían sus ahorros para que, si yo tuviera un hijo, pudiéramos comprar juntos una casita en un pueblo de la provincia. A cambio, ellos se mudarían a ese pueblo y nosotros podríamos seguir en el piso de la ciudad. Tras hablarlo mucho, mi pareja y yo pensamos que quizás era una buena oportunidad: así podríamos dejar los agobios del alquiler y con el dinero restante cubriríamos nuestras necesidades básicas. Mi madre prometió que nos ayudaría a cuidar al bebé mientras yo terminaba mis estudios.

Además, nos prometieron apoyo económico y su ayuda para comprar todo lo imprescindible, tanto para el bebé como para mí. Pero ahora, embarazada ya de siete meses, mis padres no han cumplido ninguna de las promesas. No han comprado ni un body para el bebé. Mi madre me llama con frecuencia para preguntarme por los preparativos del parto, pero yo no tengo ni para lo fundamental: ni ropa, ni pañales. Insinúa que mi marido debería buscarse un tercer trabajo para llegar a todo. Le recuerdo lo que nos prometió, el apoyo que nos ofreció, y me responde que ella nunca dijo tal cosa y aprovecha para criticarnos, tildándonos de irresponsables.

Cuando nació mi hija, Lucía, de repente mis padres volvieron a acordarse de los ahorros que tanto mencionaron. Pero para entonces, mi marido y yo ya habíamos decidido que lo mejor era intentar comprar un piso propio y no depender de sus promesas vacías. Hemos aprendido a no esperar nada más de ellos y a buscar la estabilidad por nuestra cuenta.

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