Me tocó la lotería de ser la mayor de una familia numerosa, esa posición dorada en la que uno acaba con todas las tareas del hogar y, de propina, cuidando a todos los hermanos pequeños. No fue elección propia, por supuesto: me cayó como una paella del cielo. En el colegio y en el barrio, las burlas eran el pan de cada día. Todos mis compañeros se entretenían viéndome rodeada de críos pegados como lapas. Más de una vez lloré y juré solemnemente, como si estuviese en misa, que jamás iba a tener hijos.
Mi padre, por su parte, contestaba a mis promesas con el clásico repertorio de collejas. Decía eso de te doy una zurra para que aprendas. Después de terminar cuarto de la ESO, me enviaron a estudiar hostelería para ser cocinera, porque decían que hay que tener oficio, hija. Al acabar los estudios, encontré trabajo en una cafetería. Pero mis padres no se quedaron tranquilos: me regañaban sin parar y me pedían, casi como si fuera un atraco, que robara comida del trabajo para traer a casa. Decían que tenía que alimentar a la familia y que no fuera tonta.
Se adueñaron de mi salario y de mi vida como si fueran los administradores de Hacienda. Pero ese fue el punto en que me cansé y tomé una decisión radical. Compré un billete de autobús y puse rumbo a Madrid, alejándome de ellos. Sabía que era un paso de los que dejan huella, sin vuelta atrás. En la capital, conseguí empleo de friegaplatos y alquilé una habitación a una señora mayor, con más años que una catedral. Fue un trato justo: pagaba la renta en euros y ella me trataba como a una nieta. Ayudaba en lo que podía y forjamos una relación estupenda, manteníamos la casa limpia, compartíamos sobremesas largas y nos apoyábamos mutuamente.
Al cabo de un tiempo, me presentó a un hombre y, cosas de la vida, decidimos casarnos. Sus padres dieron el visto bueno (milagrosamente). Un año después nació nuestra hija, a la que llamamos Jimena, y luego llegó nuestro hijo Martín. En medio de todo esto, empecé a echar de menos a mis padres, así que planeamos una visita. Mi marido y yo preparamos regalos, con ilusión, y nos pusimos en camino.
Desgraciadamente, mis padres no pusieron ni la menor sonrisa. Nos echaron de casa con la típica puerta cerrada de golpeni siquiera miraron a mi marido y a los niños. El disgusto fue de los que se recuerdan; me fui con los regalos por si acaso. Desde ese momento, lo tuve claro: no volvería nunca a visitarlos. A veces, ser la mayor es más una maldición que una bendición pero oye, al menos ahora la vida sabe a tortilla de patatas.





