Los nietos ven la fruta una vez al mes y, sin embargo, tú compras ese pienso carísimo para tus gatos resopla mi nuera, acusándome de tener el corazón de piedra…
Mi nuera ha querido avergonzarme diciendo que sus hijos apenas ven fruta, mientras que yo les compro buen alimento a mis gatos. Pero resulta que los niños tienen un padre y una madre encargados de cuidar su alimentación, y mis gatos solo me tienen a mí. Cuando una vez comenté a mi hijo y su esposa que no estaría de más frenar un poco el ritmo con el que aumentaban la familia, me dijeron que no era asunto mío. Así que ya no me meto. Me ocupo de mis gatos y soporto las quejas de la maternal nuera.
La boda de mi hijo se celebró cuando mi nuera ya estaba embarazada. Insistían ambos en que se casaban por amor y que el embarazo había sido una casualidad, que simplemente coincidió. Yo me limité a esbozar una mueca de escepticismo y no quise opinar más; al fin y al cabo, mi hijo era ya adulto y debía responsabilizarse de sus decisiones.
Mi nuera trabajó como cajera en un supermercado hasta la baja maternal. Pasó casi todo el embarazo encadenando bajas, quejándose de que el trato continuo con los clientes la tenía agotada y al borde de los nervios. Tampoco es que su carácter sea de los más apacibles, así que no me cuesta creer sus historias de discusiones y enfados.
La verdad, cómo fuera el carácter de la esposa de mi hijo me daba igual, porque vivíamos separados. Yo, en mi piso que logré comprar después de vender el antiguo, que compartía antes con mi hijo y ellos en uno de tres habitaciones cerca, que mi hijo adquirió hipotecándose.
¿Pero para qué quieres un piso tan grande, hijo, con el gasto que eso supone? traté de razonar con él, sin saber aún que se avecinaba la boda. Luego todo cobró sentido.
La hipoteca la pagaba mi hijo en solitario; su esposa, casi siempre de baja y a punto de quedarse de baja por maternidad, no aportaba nada económico al hogar, aunque gastaba con facilidad, así que el dinero nunca les alcanzaba.
Opté por no meterme en sus asuntos, no fuera a acabar siendo la mala de la película. Mi hijo eligió a esa mujer, y si no vivían conmigo, menos motivos todavía para meterme en su cocina o su baño. Que hagan su vida.
Por cierto, el piso que compraron está a unas calles del mío, así que mi hijo solía pasarse después del trabajo para cenar algo casero. Su esposa nunca se molestaba en cocinar, decía que los olores la mareaban. Podía ser, no digo que no.
Cuando nació mi primer nieto, pensé en ofrecerme para ayudar a mi nuera, que al fin y al cabo era madre primeriza, pero no hizo falta: enseguida me dejaron claro que se las apañaban solitos y que para consejos prefería consultar a su propia madre y a Internet. Así que me limité a visitar de vez en cuando al nieto y llevarle algún detalle, sin entrometerme más.
A mi hijo la hipoteca, la esposa y el niño le pesaban, pero tiraba adelante sin quejarse, asumiendo que las elecciones fueron suyas. Yo solo podía animarle y llenarle un plato caliente en casa, esperando que las cosas mejorarían cuando la mujer volviera al trabajo.
Pero ella no pensaba reincorporarse. Cuando el niño cumplió dos años, volvió a quedarse embarazada. Yo, medio en broma, medio en serio, solté que estaban contribuyendo demasiado entusiastamente a la natalidad en España, que igual era el momento de parar un poco, y recibí una buena réplica.
¡No se meta usted donde no la llaman! Estamos bien. No le pedimos ayuda, vivimos solos zanjó mi nuera.
Mi hijo murmuraba algo de la ayuda por maternidad que dan al segundo hijo, convencido de que aquello les sacaría del apuro. Si ellos lo decidieron así, ¿quién era yo para oponerme? Nuestra relación, ya fría, se congeló del todo después de que me mandara callar. El niño mayor venía a visitarme con mi hijo, pero del pequeño ni noticias.
Yo seguía mi vida y ellos la suya. Muchas veces mi hijo me confesaba que no les llegaba el dinero y que en casa había discusiones por esa razón; se notaba que el matrimonio hacía aguas. Pero yo optaba por escuchar sin opinar. ¿Qué iba a decirle, que se divorcie, que cambie de trabajo, que hable con la mujer? Como si todo eso fuera tan sencillo.
Cuando nació el segundo nieto, ni siquiera me avisaron para ir al hospital ni a la salida. Me dolió, pero no insistí; si mi nuera había decidido apartarme, yo no iba a hacer el ridículo mendigando cariño. Al pequeñín lo conocí después de siete meses, en el cumpleaños del mayor, cuando me permitieron llevar regalos y algo de comida sabiendo que andaban justos de euros. Estuve un par de horas y me fui, viendo a mi nuera moverse con cara de mármol como si me perdonara la vida.
Ya no estoy para andar detrás de nadie, ni convencer a muchachas engreídas. Así que dejé de intentar acercarme; solo veía al nieto mayor cuando el padre lo traía, el pequeño aún no me lo dejaba la madre.
Lo del dinero no mejoró en casa de mi hijo, y la ayuda por maternidad no obró milagros. Mi hijo repetía que discutían mucho, que su mujer no sabía ahorrar y que él tampoco era millonario. Yo seguía optando por el silencio.
Hace poco me encontré a mi nuera en el supermercado y, con solo ver su barriga, supe que venía otro nieto en camino. Miró a mi cesta.
¡Claro! A tus gatos les compras pienso de lujo, y tus nietos solo ven fruta una vez al mes casi escupió, y se llevó al mayor de la mano rápidamente.
¿Acaso es culpa mía poder permitirme pienso bueno para mis gatos y que ellos no puedan darle fruta a sus hijos? Sabe perfectamente que su economía va mal, que la hipoteca pesa y mi hijo no está en el mejor momento laboral, pero ella sigue trayendo niños al mundo. ¿Por qué he de ser yo la que resuelva sus necesidades?
Imagino que ahora, encima, me vetará de ver a los nietos por no ser la abuela ideal que corre a entregar hasta el último euro a la familia del hijo. Hay que aprender a vivir con cabeza propia, pero parece que a mi nuera le falta, y lo peor es que mi hijo tampoco la encuentra.
Al final, toda esta historia me ha enseñado algo: por mucho que quieras a tu familia, cada uno debe ser responsable de sus elecciones, y es mejor dedicar tus fuerzas y recursos a donde sabes que serán recibidos y agradecidos. La vida, a veces, te obliga a soltar lastre para cuidar tu propia paz y dignidad.







