Mis hijos están bien atendidos, tengo ahorros y pronto cobraré la pensión. Hace unos meses despedimos a mi vecino Fernando. Nos conocíamos desde hacía más de quince años, siempre viviendo puerta con puerta. No éramos simples conocidos: éramos amigos de la familia, vimos crecer a nuestros hijos juntos. Fernando y Soledad tuvieron cinco hijos. Los padres les compraron casa a todos, trabajando muy duro, sobre todo Fernando: era un mecánico famoso en la ciudad y tenía lista de espera para un mes. El dueño del taller moderno rezaba por tener a un experto capaz de detectar cualquier fallo de motor solo con escucharlo, un verdadero maestro en su oficio. Poco antes de fallecer, tras la boda de su hija menor, Fernando iba en su ciclomotor y descansaba; su andar enérgico se volvió apacible, propio de los mayores. Pero si apenas en primavera cumplió 59 años… Cogió vacaciones en el taller, diciendo que el jefe le suplicaba volver en diez días para no perder clientes, pero Fernando no pensaba regresar. El día antes de irse, fue a hablar con los jefes y pidió dejar el trabajo en paz, prometiendo ayudar solo en emergencias. Por alguna razón no contó nada a su mujer, y por la mañana, cuando debía prepararse para salir, se giró en la cama y volvió a dormir. Soledad llegó desde la cocina, donde ya preparaba el desayuno, y exclamó: —¿Todavía duermes? ¿Para quién he hecho el desayuno? ¡Se enfría! —Lo comeré frío, no voy a trabajar… —¿Cómo que no vas? ¡Te esperan, cuentan contigo! —No voy, ayer renuncié… —Deja de bromear, venga, levántate. Soledad le destapó en tono burlesco, pero él ni pensó moverse, se encogió y tapó los ojos. —Estoy cansado, Sole, mi tiempo se ha agotado… Como ese motor tras tres reparaciones… Los niños están bien atendidos, tengo mis ahorros; empezaré a gestionar la pensión… —¿Pero qué pensión? Los niños tienen mucho trabajo, reformas, quieren ampliar, cambiar muebles, Santi quiere un coche nuevo, ¿quién les va a ayudar? —Que prueben a ayudarse ellos, gracias a Dios nunca les negamos nada… Soledad vino a verme confundida, contándome su diálogo matutino. Me pidió consejo y compartí mis impresiones sobre el cambio de Fernando: —De verdad está cansado, si él mismo lo dice no le obligues a trabajar. Déjale descansar bien, no como un chaval todo el día entre coches. El otro día, casi al anochecer, ni le reconocí: caminaba encorvado, arrastrando los pies, hasta me sorprendió ver que era tu Fernando el que andaba así. Me lo dijo: “Estoy cansado…” Pero por algún motivo Soledad no se lo tomó en serio: —¡Está con la tontería, todo es cuento! Reuniré a los niños para que le digan cuánta faena hay por hacer. —Sole, no puedes cargar con tanto, ¿cuántos años tiene tu mayor? ¿Cuarenta y cinco, no? Pronto será abuelo y tú quieres seguir ayudándole. Deja que los hijos te ayuden, la vejez está al acecho. Mi vecina se enfadó y se marchó. Una semana después, todos los hijos de Fernando y Soledad se reunieron en casa. Se sentaron en torno a la mesa grande; había mucho bullicio, pero se notaba tensión. Todos sabían que se reunían por algo y no “por casualidad”. Soledad abrió la reunión familiar: —Nuestro padre va a jubilarse, ¿qué os parece? Consultémoslo. Ya no podrá ayudar y tendréis que apañaros solos… Fernando intervino: —No hay que agobiarse, fijaos qué hijos tenemos: cinco, todos trabajadores —¿no sabéis mantenernos a los dos? Nosotros criamos a cinco y no solo les dimos de comer, salieron adelante y ninguno pasa penurias. No es reproche, solo reflexiono sobre la vida, así debería ser: los padres ayudan a los hijos. Pero ahora quizá nosotros necesitamos algo de ayuda, ya me cuesta trabajar, temo caerme de la plataforma del taller… Tras una pausa, los hijos empezaron a hablar. El mayor, Antonio, fue el primero. No preguntó cómo estaba su padre: solo presentó una larga lista de sus asuntos y problemas, y concluyó: —Lo siento, no tenemos dinero para ayudaros ahora, quizá con el tiempo… Los otros hijos dijeron algo parecido. Unos necesitaban casa nueva, otros un coche, y todos confiaban en que los padres, como siempre, aportaran a sus planes. A nadie le interesaba cómo lograron ellos esos “apoyos”. Al final, Fernando se levantó de la mesa y, con tristeza, dijo: —Pues nada, si todos me lleváis a trabajar, seguiré en el taller hasta que pueda… Al día siguiente Soledad volvió a mi casa y, como retomando la charla, dijo: —¿Ves? Vinieron los hijos, hablaron con su padre y luego, todos a lo suyo, ¡y que si “cansado, cansado”! Yo también lo estoy, ¿y qué ahora? Fernando trabajó en la gasolinera tres días. Una ambulancia se lo llevó del taller. Ya nada podía hacerse por ese corazón agotado, y los hijos se reunieron otra vez, pero para el funeral. Por supuesto, también estábamos allí, escuchando a los hijos recordar a su padre y conversar sobre lo buen hombre que fue con ellos y con los nietos. Me moría de ganas de preguntar: “¿Por qué no lo cuidasteis, si os lo pidió?” Así fue la triste historia de nuestra vecina. Soledad vive sola, ahorrando en todo, porque los hijos tienen muchos de sus propios problemas sin resolver…

Life Lessons

Mis hijas están bien cuidadas, tengo algunos euros ahorrados, pronto seré pensionista.

Hace unos meses enterraron a mi vecino, Gregorio. Nos conocíamos desde hacía más de quince años, siempre viviendo puerta con puerta aquí en Valladolid. No éramos simples conocidos de hola y adiós; éramos amigos de familia: los peques crecieron ante nuestros ojos, Gregorio y Nuria tuvieron cinco en total. Los padres les compraron casa a todos, trabajaron duro, sobre todo Gregorio, que era el mecánico más buscado de la ciudad. Tenía la agenda llena un mes antes, y el dueño de la estación de servicio rezaba por él cada víspera: que le viniera un mecánico tan bueno que solo con oír el motor ya sabía qué le fallaba. Un auténtico maestro, vaya.

Un poco antes de morir, tras la boda de la hija menor, Gregorio se dedicó a pasear en moto por el pueblo y descansar. Su andar vigoroso pasó a ser lento y pausado, como el de los abuelos que se paran a mirar las obras en la calle. Pero si acababa de cumplir 59 primaveras Se cogió unos días de descanso diciendo que el jefe casi le rogó que, por favor, no cogiera vacaciones tan largas, que sino se le iban los clientes, pero Gregorio ya había decidido no volver. El día antes del viaje se acercó a hablar con los jefes y les pidió dejarle marchar tranquilo, prometiendo que de vez en cuando echaría una mano si les hacía falta.

Por alguna razón no le comentó nada a Nuria y a la mañana siguiente, cuando supuestamente tenía que prepararse para ir a la gasolinera, en vez de levantarse, se dio la vuelta y siguió roncando tan tranquilo. Nuria salió disparada de la cocina, donde estaba apañando el desayuno, y agitando las manos soltó:

¿Pero tú sigues en la cama? ¿Para quién he calentado la leche? ¡Esto se va a quedar frío!

Me da igual frío contestó él, no voy a trabajar

¿Cómo que no vas? ¡Están esperándote, confían en ti!

No voy, ayer lo dejé

No me tomes el pelo, venga, levántate ya.

Nuria, con ese carácter tan de aquí, tironeó del nórdico pero Gregorio ni se inmutó, hizo bolita y se tapó los ojos de nuevo.

Nuria, estoy cansado, he gastado mi tiempo Como ese motor viejo tras tres reparaciones. Las niñas están bien cuidadas, yo tengo mi dinerillo ahorrado, y pronto podré pedir la jubilación

¡Jubilación dice! ¡Con todo lo que queda por hacer! Las chicas tienen obras en casa, están cambiando muebles, Clara quiere comprarse un coche ¿Quién les va a echar una mano?

Pues que espabilen ellas, que nosotros ya hemos hecho bastante. Gracias a Dios nunca les hemos cerrado la puerta.

Al rato vino Nuria a mi piso, hecha un lío y me contó su bronca matutina. Me pidió consejo y le di mi opinión sobre el cambio en Gregorio:

De verdad, Nuria, está agotado. Si él mismo lo reconoce, no le empujes a volver. Que se tome el descanso bien, que no es un chaval para andar metido bajo los coches apretando tuercas. El otro día ni le reconocí, caminaba como un señor mayor, arrastrando los pies, encorvado Y lo primero que me soltó fue Estoy cansado.

Pero Nuria no me hizo mucho caso:

¡Bah! Eso es que está de bajón, ¡menos quejarse! Voy a juntar a todos los críos y que le recuerden cuánto hay que ayudar.

Nuria, hija, no te pases. ¿Cuántos años tiene la mayor? ¿45? No tardará en hacerse abuela ella también, y tú aún quieres seguir ayudando Que sean ahora las niñas quienes te echen una mano, que la vejez no espera.

Se ofendió, se fue sin despedirse.

A la semana, todas las hijas y la familia se juntaron en casa de Gregorio y Nuria. Había mucho jaleo y risas, pero flotaba una especie de tensión. Todos sabían por qué estaban allí, aunque oficialmente por el gusto de verse.

Nuria arrancó la reunión:

El padre se va a jubilar, ¿qué hacemos? Hay que pensarlo bien, que a partir de ahora ya no podrá echar una mano como antes, y vosotras tendréis que tirar del carro

Gregorio intervino con esa sorna tan nuestra:

Para qué nos vamos a poner dramáticos, mirad qué familia hemos hecho, cinco hijas estupendas, todas con trabajo, que no pueden mantenernos a los dos? Nosotros criamos cinco, y los levantamos bien, que ninguna es pobre. No es por reprochar, sino recordar los años de lucha. Lo normal sería que los padres ayudaran Pero ahora igual toca que nos echen una mano a nosotros, ya me cuesta mucho trabajar. Imagínate que me caigo en el elevador de la gasolinera

Tras un silencio incómodo, empezaron a hablar las hijas. La mayor, Laura, fue directa, nada de preguntar cómo se sentía papá, sino que empezó una lista de reformas, facturas y líos. El resumen:
Nos da pena, claro, pero ahora mismo no tenemos pasta para ayudaros. Igual más adelante

Las demás, igual: que si necesitan arreglar la casa, que si el coche, y todas contando con que mamá y papá pusieran el hombro como siempre. Nadie preguntó cómo planeaban los padres hacer esos milagros.

Al final Gregorio se levantó, con tristeza:

Bueno, si es así, seguiré yendo al taller mientras el cuerpo aguante

Al día siguiente vino Nuria a casa, indignada:

Mira que lo advertiste Vinieron, charlaron un rato, y hala, todos a sus cosas. Eso sí, qué cansancio tiene Gregorio, pues anda que yo

Tres días aguantó Gregorio en la gasolinera. Una ambulancia se lo llevó del taller. Su corazón, tan cansado, no aguantó más. Y ahí estábamos todos en el funeral y en la comida después, oyendo a las hijas contar lo buen padre, lo gran abuelo que fue, recordándolo con cariño. Yo solo quería preguntar: ¿Por qué no le cuidasteis, si os lo pidió?

Así de triste se quedó nuestra vecina. Nuria ahora vive sola, ahorrando en todo lo que puede, porque sus hijas siguen empeñadas en sus problemasA veces salgo al balcón, cuando cae la tarde y los gorriones pelean el primer fresco, y miro hacia la casa de Gregorio. En la ventana suelen asomarse unos nietos moviendo las cortinas, y Nuria, con ese aire fuerte de quien ha llorado mucho y ahora mira al mundo de otra manera. Nos saludamos con la cabeza, como entendiendo que no todo se puede decir, pero sí sentir. De vez en cuando se sienta en el banco del portal y saca una bolsa del súper para compartir unas magdalenas con quien pase. Si la familia pasa por allí, baja la cabeza y les sonríe sin palabras, y después se queda un rato mirando la calle, como esperando que Gregorio vuelva con su moto a saludar.

Ahora las hijas van más a menudo. Nadie dice nada, pero todos saben que lo que faltó fue tiempo y escuchar. Yo les veo ayudar a Nuria con las compras, arreglar un enchufe o limpiar el patio. No es lo mismo, claro, pero parece que han aprendido algo. Gregorio ya no está, pero a veces le veo en esas manos que arreglan un grifo o en la risa de los nietos que corretean descalzos por el portal. Y pienso que la gente no suele hacer caso hasta que es tarde, pero también que el amor, aunque llegue después, siempre encuentra dónde quedarse.

Así es la vida en Valladolid: dura, hermosa y a veces un poco tarde. Pero si hay memoria, siempre queda una oportunidad para cuidar mejor, aunque sea a destiempo.

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