Mientras Queda Tiempo Natalia sostenía una bolsa de medicamentos en una mano, una carpeta de inform…

Life Lessons

Antes de que sea tarde

Hoy he salido del piso de mi madre con una bolsa de medicinas en una mano, la carpeta de informes médicos en la otra y las llaves apretadas entre los dedos, intentando no tirarlas al cerrar la puerta. Mi madre se quedaba en el pasillo, negándose a sentarse en el taburete aunque las piernas le temblaran.

Yo puedo sola me ha dicho, intentando coger la bolsa.

He tenido que apartarla con el hombro, con suavidad pero firme, como cuando apartas a un niño de la encimera.

Ahora te sientas. Y ni lo discutas.

Reconozco ese tono en mí, ese que sale cuando todo parece a punto de desmoronarse y tienes que forzarte a mantener, al menos, el orden esencial: dónde están los papeles, cuándo son las pastillas, a quién hay que llamar. Mi madre detesta ese tono, lo sé, pero calla. Hoy su silencio ha pesado más que nunca.

En el salón, mi padre estaba sentado junto a la ventana, con su bata de andar por casa y el mando de la tele en la mano, aunque estaba apagada. Miraba el cristal de la ventana, no la calle; parecía hipnotizado por algún canal oculto.

Papá me he acercado. Traigo todo lo que ha recetado el médico. Y aquí está la solicitud para el TAC. Mañana por la mañana vamos.

Mi padre ha asentido, apenas, como firmando un documento.

No hace falta que me lleves ha replicado. Yo puedo ir solo.

Sí, solo tú ha saltado mi madre enseguida, y ha suavizado la voz de repente, como asustada por su propio tono. Yo voy contigo.

He estado a punto de decir que ella no aguanta las esperas, que le sube la tensión, que luego lo pasa fatal y nunca lo admite, pero no he dicho nada. Por dentro he sentido rabia: ¿Por qué todo recae otra vez sobre mí? ¿Por qué nadie acepta simplemente hacerlo como es debido?

He puesto los papeles bien alineados en la mesa, revisado fechas y enganchado los análisis de la semana anterior. Me he sentido de nuevo cansada de ser la responsable. Tengo cuarenta y siete años, mi propia familia, trabajo, la hipoteca de mi hijo Pero si a mis padres les pasa algo, siempre acabo siendo yo la que toma el mando, aunque nadie lo diga.

Ha sonado el móvil: el número del centro de salud. He ido a la cocina y he cerrado la puerta.

¿Doña Inés Salgado? la voz era joven, correcta, distante. Soy la oncóloga del hospital. Por los resultados de la biopsia

La palabra biopsia ya la había oído, pero sigue chocando como si no fuera asunto mío.

hay sospecha de proceso maligno. Es urgente hacer pruebas adicionales. Comprendo que es duro, pero el tiempo cuenta.

He agarrado el borde de la mesa, para no sentarme en el suelo. Se me cruzaban imágenes en la cabeza, médicos, goteros, pasillos fluorescentes, la espalda de mi madre con un pañuelo cubriendo la cabeza Desde el salón ha tosido mi padre. De pronto ese ruido ha sido una confirmación.

¿Sospecha? he repetido. O sea, no es seguro, pero

Es una probabilidad alta. No lo dejen. Les veo mañana a primera hora, sin cita.

He dado las gracias, colgado y me he quedado mirando la vitro apagada, como si ahí estuviera la solución.

Al volver al salón, mi madre me esperaba de pie.

¿Qué han dicho? Dilo.

He abierto la boca. Las palabras me han salido áridas.

Sospecha de cáncer. Nos piden ir cuanto antes.

Mi madre se sentó. Mi padre no cambió el gesto, solo apretó el mando tan fuerte que se le pusieron blancas las falanges.

Así que ya murmuró él. Hasta aquí hemos llegado.

Quise decirle que no, que nada está decidido, pero el nudo en la garganta me lo impedía. Me di cuenta de cuántas cosas en mi familia se sostenían simplemente por no ponerles nombre. Ahora la palabra flotaba en la habitación y las paredes parecían más delgadas.

Al llegar a casa no me pude tumbar. Mi marido dormía, mi hijo charlaba por mensajes, y yo, en la cocina haciendo listas: documentos, pruebas, llamadas. Llamé a mi hermano.

Sergio intenté sonar tranquila. Sospechan. Mañana vamos al hospital.

¿Sospechan qué? su voz, como si no hubiera entendido.

Cáncer.

Silencio largo.

Mañana no puedo dijo al fin. Me toca turno.

Cerré los ojos. Sé que no puede dejar el trabajo, que no es jefe. Pero sentí esa vieja ola: él siempre no puede, yo siempre puedo.

Sergio y la voz me tembló. No se trata del turno. Es papá.

Vendré por la tarde se apresuró. Sabes que yo

Lo sé corté. Sé que eres un experto en desaparecer cuando hay miedo.

Me arrepentí al instante. Silencio y un suspiro suyo.

Empiezas otra vez contestó. Siempre controlas todo y luego lo usas contra los demás.

Colgué y me quedó un vacío en el pecho. Oía el motor de la nevera y pensaba que no es momento de peleas, pero justamente ahora salen a flote todos los reproches.

Al día siguiente fuimos los tres al hospital: yo al volante, mamá pegada a mi lado, papá detrás sujetando la carpeta como si tuviera entre manos algo que se te puede caer para siempre.

En recepción rellené los papeles, enseñé DNI, tarjeta sanitaria, la solicitud. Mamá quería ayudar, pero se liaba con los nombres y las fechas. Papá miraba a la gente del pasillo, cabezas rapadas, pañuelos, caras de cera, y ese mirar suyo no era compasivo: era el reconocimiento silencioso de una tribu.

Doña Inés Salgado llamó la enfermera. Pasen.

En la consulta el médico hojeaba documentos deprisa sin perder la calma. Yo trataba de leerle el rostro buscando señales. Él hablaba con palabras llenas de anzuelos: agresividad, estadificación, hay que precisar. Mi padre, rígido, como en una reunión.

Repetiremos algunas pruebas dijo el médico. Y una nueva biopsia, a ver si el material no fue suficiente.

¿No están seguros? pregunté.

En medicina, la certeza absoluta requiere confirmación contestó él. Pero debemos actuar como si fuera grave.

Esa frase fue más dura que la primera. Actuar como si el tiempo fuera poco. Sentí cómo se activaba en mí el modo de aceleración: lo demás el trabajo, los planes, el cansancio quedaba apagado.

De ahí en adelante, los días fueron segmentos borrosos: llamadas, citas, papeleos, colas. Por la tarde, en la cocina de mis padres, los tres pretendíamos hablar solo de recados, no de miedos.

Me voy a coger días en el trabajo anuncié la segunda noche, sirviendo sopas. En el curro se espabilarán.

No hace falta dijo papá. Tienes tu vida.

No es momento de orgullos le respondí, poniéndole el plato.

Mamá nos miraba y se le veía temblar el labio. Siempre fue fuerte. Aguantó cuando papá se quedó en paro en los noventa, cuando yo me divorcié, cuando mi hermano se metía en líos. Aguantaba tanto que nadie preguntaba cómo estaba.

No quiero que empezó ella, y calló.

¿Que qué? levanté la vista.

Que luego apretó la cuchara. Que luego no os lo podáis perdonar.

Quise decir que ya había mucho no dicho, que guardamos, pero callé otra vez.

Esa noche tampoco dormí. Desde mi cama, escuchaba la respiración de mi marido y pensaba en el envejecimiento de mi padre. De pequeña él me enseñó a montar en bici, sujetándome hasta que yo sola me solté. Entonces no temía las caídas, porque sabía que estaba cerca. Ahora era yo la que sujetaba, pero ya no una bici, sino la casa entera.

Al tercer día, Sergio apareció al fin. Entró al piso de mis padres con una bolsa de fruta y sonrisa culpable.

Hola dijo. Me incendió la rabia, porque su sonrisa sobraba.

Hola contesté seca.

Sentados en la cocina, mamá pelaba manzanas, papá en silencio. Sergio se puso a contar historias del trabajo para tapar el silencio.

Sergio no pude callar. ¿Te enteras de lo que pasa?

Claro interrumpió. No soy tonto.

¿Entonces por qué no apareciste ayer? ¿Por qué siempre eliges lo fácil?

Empalideció.

Porque alguien tiene que currar respondió. ¿Te crees que el dinero cae de los árboles? A ti siempre te sale todo perfecto, vas por normas. Yo

¿Y tú qué? me incliné hacia él. Eres un hombre hecho y derecho, Sergio. No eres un crío.

Mi padre alzó la mano.

Basta susurró.

Yo no podía parar. La angustia y el rencor a mi hermano, a mi madre, a mí misma, hervían.

Siempre te has ido cuando venían mal dadas le solté. Cuando mamá estuvo mal, cuando papá bebía, ¿te acuerdas? Tú te esfumabas. Y yo me quedaba.

Mi madre dejó caer el cuchillo.

No abras ese cajón dijo. Eso fue hace mucho.

Hace mucho repetí. Pero nunca se acabó del todo.

Sergio golpeó la mesa con la mano.

¿Y crees que a mí no me pesaba quedarme fuera? gritó. A ti te fascina ser imprescindible. Que todos dependan de ti, para luego culparlos.

Lo que dijo me dio de lleno. Es cierto, me acostumbré a ser la necesaria. Es dulce y pesado; ser imprescindible es tener derecho.

No os odio dije, aunque ni yo me creí.

Mi padre se levantó despacio, como si cada movimiento costara decisión.

¿Creéis que no lo veo? dijo. Os estáis repartiendo, como si fuera ya mío.

Se interrumpió. Mi madre se acercó para cogerle de la mano.

No digas más susurró.

Por primera vez no vi a mi padre como papá, sino como un hombre que asiste a diagnósticos y hace esfuerzos para que no se note el miedo. Me dio vergüenza.

El móvil vibró sobre la mesa. Número del laboratorio.

¿Sí? respondí.

¿Doña Inés Salgado? la voz, cansada, no médica. Le llamamos del laboratorio. Hemos detectado un error en la identificación de muestras. Estamos estudiando, pero existe posibilidad de que los resultados de su padre se mezclaran.

No comprendí enseguida. Error y mezclado no tenían sentido.

Espere ¿cómo mezclado?

Hallamos incongruencias en los códigos. Lamentamos las molestias. Les rogamos que mañana acudan de nuevo, será gratuito, incluyendo la revisión de la biopsia.

Colgué y contemplé la pantalla, esperando alguna confirmación mágica.

¿Qué ocurre? preguntó mi hermano.

Alcé la vista. Silencio absoluto, ni la nevera sonaba.

Dicen… que puede haber habido un error con los análisis.

Mi madre se cubrió la boca. Mi padre se dejó caer en la silla como si las piernas no soportaran.

Entonces Sergio apenas respiraba. ¿Puede no ser?

Asentí. Sentí una indiferencia extraña, como si hubieran apagado una alarma y de repente escucháramos todo el veneno de aquello que nos habíamos dicho.

Al día siguiente, al hospital otra vez. Llevé a mis padres y Sergio vino en autobús, esperándonos en la puerta. Nadie hablaba de otra cosa ni chascarrillos del tiempo. Esperamos nuestro turno en silencio, agarrando los papelitos, oyendo a la enfermera llamar apellidos.

Mi padre se dejó sacar sangre sin una palabra. Vi cómo la aguja entraba en su vena y pensaba: esto no es una película, ni un simulacro; un fallo en un código puede dar la vuelta a todo.

Los resultados tardarían dos días. Esos días fueron distintos. Sin pánico, pero llenos de incomodidad; mamá actuaba como si nada, preparaba té y me preguntaba si estaba cansada. Papá, más silencioso. Sergio llamó un par de veces: ¿Cómo están?. Yo, igual de escueta.

Me descubría esperando que alguien dijera: Perdón. Pero nadie lo decía. Ni siquiera yo, sin saber por dónde empezar.

Cuando llamaron para decir que la revisión de tejido descartaba la malignidad, yo estaba en un atasco en la M-30. El médico explicaba que todo venía de la confusión en la identificación y falta de muestra y que, por ahora, solo se requiere control en seis meses.

Entonces, ¿no hay cáncer? mi voz sonaba rota.

No hay indicios por ahora, pero hay que vigilar.

Colgué y me quedé unos segundos agarrada al volante. Los coches pitaban, cambiaban de carril. De repente noté las lágrimas. No eran de alegría, sino de pura descarga tras días de tensión.

Esa tarde, en casa de mis padres, llevé una empanada de la panadería, porque no tenía pulso para cocinar. Sergio llegó con flores para mamá. Papá nos miraba desde su butaca, como quien mira volver de un viaje desgarrador.

Bueno intentó bromear Sergio. Ya se puede respirar.

Respirar dijo papá, sí. Pero ¿cómo se vuelve a inspirar?

Le miré. En su voz no había reproche, pero sí cansancio.

Papá quise hablar. Las palabras se atascaban. Si me disculpaba iba a sonar a la letanía habitual de lo hacía por vuestro bien, estaba nerviosa. No era eso.

Me asusté dije al fin. Mandé y mandé, como siempre. Y pagué con Sergio. Perdóname.

Mi hermano bajó la vista.

Yo igual reconoció. Me asusté y me encerré en el curro. Perdona.

Mi madre sollozó suavemente pero no rompió a llorar. Se sentó enseguida junto a papá, y le tomó la mano.

Y yo nos miró a los dos. Fingía siempre que todo iba bien, para que no discutierais, pero eso solo hacía que os alejarais.

Papá le apretó suavemente los dedos.

No quiero que seáis perfectos susurró. Solo quiero que estéis cerca. Y no que discutáis por mi culpa.

Asentí. Sentí dolor, porque sé que las frases de estos días quedarán dentro; eso de desaparecer o te gusta mandar, no se borra de un plumazo. Pero conseguimos decir lo que antes callábamos.

Necesito no decidir por todos dije, intentando mantener la calma. Puedo ayudar, pero hace falta que os impliquéis. Sergio, ¿puedes venir cada miércoles para los controles? Sin excusas.

Mi hermano tardó, pero asintió.

Puedo. Tengo libre los miércoles. Vendré.

Y yo madre intervino dejaré de aparentar que puedo con todo. Si estoy mal, lo diré. Y evitaré pagarlo después con los demás.

Papá nos miró y esbozó una tímida sonrisa.

Y al médico vamos juntos dijo. Así luego no hacen falta suposiciones.

Sentí de nuevo una tibieza cautelosa. No era alivio hilarante, ni fiesta, solo una posibilidad.

Después ayudé a mamá a recoger. Los platos tintineaban, el grifo sonaba. Me sequé las manos y, antes de salir de la cocina, me detuve en la puerta.

Mamá le dije bajito, no quiero ser la que manda. Me da miedo que, si suelto, todo se venga abajo.

Me miró en silencio.

Prueba a soltar un poco respondió. No todo de golpe. Nosotros también aprendemos.

Salí al recibidor, me puse el abrigo, comprobé luces y cerraduras. En el rellano, me quedé un instante, escuchando la tranquilidad tras la puerta. No había gritos, ni portazos, solo murmullos.

Bajé a la calle rumbo al coche. Entendí que antes de que sea tarde no se refiere a una llamada de susto. Es tener la oportunidad de decir las cosas a tiempo, antes de que el miedo lo arruine todo entre nosotros. Y esa oportunidad hay que cultivarla con miércoles, visitas, pequeños me asusta que cuestan, pero sostienen más que cualquier control.

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