Mi suegra nos ofreció su ayuda para cuidar de nuestros hijos durante el verano. Ahora está jubilada y le sobra tiempo, así que aceptamos, casi como quien acepta una invitación a un banquete en un sueño raro en Toledo, entre relojes que caminan y las paredes que susurran refranes antiguos.
Los dos tenemos trabajo fijo pero ninguna posibilidad de vacaciones reales. Normalmente nos turnamos para pedir días libres cuando algún niño se resfría o hay una función especial en la escuela. A veces, si los astros en la Gran Vía de Madrid se alinean y la suerte nos sonríe, conseguimos escaparnos un fin de semana, aunque eso sólo ocurre cuando las calles no se doblan hacia sí mismas y todo está en silencio.
Desde hace tres años tenemos una hipoteca a veinte años veinte vueltas completas al reloj de la Puerta del Sol. Nos cansa mudarnos de casa en casa como si estuviésemos persiguiendo molinos de viento, así que decidimos que lo mejor era asentarnos en nuestro propio piso aunque la cuota mensual en euros fuese más alta que el precio de un café en el Barrio de las Letras. A pesar de trabajar durante todo el verano, las vacaciones son sólo una imagen borrosa en la mente: lo poco que queda tras pagar al banco apenas nos da para la sombra de una sombrilla en la Costa Brava. Además, en verano no hay colegio; nadie queda para vigilar el vuelo surrealista de nuestros tres hijos cuando el sol derretía los relojes del salón. Al menos sabemos que, durante esas tardes en las que las cigarras recitan poemas en la acera, están seguros, en ese piso que es más nuestro cada día.
Mi suegra insistió en ayudar. Con la energía extraña y calmada de una sevillana jubilada, propuso que los niños pasasen el verano en su casa. Siempre que llegamos a casa de la madre de mi marido, llevamos bolsas llenas de manjares del mercado y un sobre con euros para caprichos: dulces de almendra, horchata, tarta de Santiago Ella nunca gasta un céntimo propio en los niños; siempre dice que la pensión no le alcanza para tales lujos. Darle el dinero en mano resulta más barato que pagar a una canguro del barrio de Salamanca y, al final, todos flotamos satisfechos en esa extraña calma de sobremesa.
Pero el hermano de mi marido de nombre Esteban, siempre entre la sombra y la esquina de alguna plaza solitaria también decidió dejar a sus tres hijos pequeños y bulliciosos con la abuela. Sus travesuras llenaban la casa de ecos y carreras imposibles. Lo extraño es que él nunca aparecía con comida ni la más leve moneda para cubrir sus meriendas: nos tocaba alimentar más bocas sin avisos ni quejas, como si eso fuera lo lógico en un sueño repetido.
Ese sentimiento de injusticia se cuela, apretando el estómago como una tarde oscura en Toledo. Muchas veces he pedido a mi marido, Javier, que hable con su hermano. Pero nunca hace nada, como si sus palabras se derritieran en el aire del patio y no quisiera romper la calma inexplicable. ¿Por qué mi esfuerzo sostiene la educación de los hijos de otro? ¿Cuál es el secreto, la palabra justa para conversar sin llevar la tormenta al comedor y que la realidad siga flotando, imposible, como en cualquier sueño español?







