¿Y por qué le has puesto esa mayonesa tan barata a la ensaladilla rusa? Ya te dije que cogieras la de Provenzal, que es más espesa y sabrosa. Esta otra es solo agua y fécula, has desperdiciado la comida.
Celia se queda inmóvil con la cuchara en la mano, notando cómo le sube una ola de indignación y resignación en algún lugar del pecho. Suspira hondo, se controla, y mira a su suegra. Mercedes Alegría está plantada en el medio de la cocina, con las manos en las caderas, escrutando el bol de ensaladilla como si fuera inspectora de sanidad en una fonda de carretera. Lleva puesto un vestido de fiesta con hilos dorados reservado para las ocasiones de postín y exhibe una expresión que mezcla solemnidad con desdén.
Hoy no es una fecha cualquiera. Celia cumple treinta años. Un número redondo. Había soñado con celebrarlo en un restaurante, entre manteles y música, estrenando vestido de cóctel en vez de estar tras la olla envuelta en un delantal. Pero hace un mes el coche de la familia se averió y el arreglo fue un dineral; el consejo familiar encabezado por su marido Fernando dictaminó que la celebración fuera en casa. Celi, si tú eres la mejor anfitriona, aquí vas a preparar una mesa que ni los mejores restaurantes, le dijo él con ternura, besándola en la frente. A Celia no le quedó otra que aceptar.
Pero Mercedes, la mayonesa es la misma marca de siempre, solo han cambiado el envase contesta Celia, paciente, removiendo las verduras cortadas. Por cierto, ¿por qué no me ayudas a acabar los canapés de salmón?, que en una hora están aquí los invitados.
Apostaría que el salmón también lo cogiste de oferta, ¿no? Mercedes se acerca a la mesa y levanta el tarro. Lo sabía. Mira qué lonchas más raquíticas, casi desechas. Ay, Celia, es que no hay que racanear con las visitas, mujer, eso no se hace. Cuando celebrábamos los cumpleaños en mis tiempos, la mesa estaba repleta de cosas ricas, no de sucedáneos.
Aparece Fernando en la cocina, ya cambiado y oliendo a colonia, camisa blanca y pantalón perfectamente planchado.
Pero bueno, chicas, ¿tanto debate? dice con humor, robando una loncha de jamón del plato. ¡Qué olores, me está entrando un hambre! Mamá, relájate un poco, ¿no ves que Celi se ha dejado la piel? Hoy es su día, déjala en paz, por favor.
Yo no critico, hijo, comparto mi experiencia replica Mercedes, apretando los labios. Alguien tiene que decírselo, que su madre está lejos y a mí me toca dar la cara por la familia. Anda, pásame el pan y preparo los canapés.
Celia se da la vuelta para que no se le note la lágrima que le arde en un ojo. Transmitir experiencia. Después de cinco años casada, ese experiencia se le atraganta como aceite rancio. Mercedes es una señora de otra época, ahorradora hasta la obsesión, convencida de que solo su criterio es verdad absoluta. Guarda las bolsas del pan para reutilizarlas, lava los tuppers descartables, censura cualquier gasto superfluo manicura, zapatos buenos que haga su nuera.
Los preparativos siguen a buen ritmo. La casa huele a pollo asado, ajo y bizcocho; Celia va y viene entre la cocina y el salón, empeñada en que todo salga perfecto. Saca la vajilla buena, plancha las servilletas y pule las copas. Aunque cansada y a duras penas aguantando los comentarios de Mercedes, aún tiene esperanzas en una velada especial. Al fin y al cabo, cumplir treinta es un hito.
A las cinco empiezan a llegar los invitados: amigas con sus parejas, compañeros del trabajo, su primo Javier con su esposa. La casa se llena de risas, voces, el repiqueteo de las copas y el rasgar de los envoltorios de regalos. A Celia le regalan flores, sobres con euros, vales para perfumerías. El ambiente es cálido y animado.
Mercedes Alegría se ha instalado como una reina madre en la cabecera, escrutando con ojo crítico lo que come y bebe cada cual. Lanza sus sentencias de tanto en tanto: Estos pepinillos están saladísimos, La ensaladilla necesita más manzana, lo tradicional, Este vino está peleón, mi licor casero le da mil vueltas. Los invitados se limitan a asentir y a reír, fingiendo ignorar las pullas de la anfitriona alternativa.
Al llegar los brindis, Fernando se levanta y pronuncia unas palabras tiernas sobre la dedicación y el corazón de Celia, su mujer. Ella se emociona, sintiéndose bien, contenta por el esfuerzo. Mira a Fernando y piensa que ha merecido la pena.
Y ahora anuncia Mercedes, alzando la voz y tintineando su copa, es mi turno para felicitarte. Fernando, acércame el regalo, está en el recibidor, en la bolsa grande.
Fernando va y vuelve con una bolsa enorme, bien atada con un lazo rojo. Pesa y cruje. Todos se callan, expectantes. Celia se tensa. Sus relaciones con la suegra siempre han sido delicadas, pero Mercedes es muy formal con las tradiciones. El año pasado le regaló un juego de toallas sencillas pero útiles. ¿Qué será ahora? ¿Un colcha bonita? ¿Algún pequeño electrodoméstico, como había sugerido una vez Celia?
Mercedes toma la bolsa, la coloca a un lado de Celia y, solemne, dice:
Hija, treinta años es la edad en que las mujeres florecen, pero deben pensar en el futuro. Ya está bien de minifaldas y vaqueros rotos. Eres esposa, pronto madre. Pensé mucho en el regalo. Dinero se gasta sin dejar huella. Los aparatos se rompen. Pero la ropa bien hecha perdura generaciones. He decidido transmitirte lo más querido que tengo. Mi ajuar, mis vestidos de toda una vida. Son la reliquia familiar. Que te sienten bien y te acuerdes de tu suegra con cariño.
Dicho esto, desata el lazo y vuelca el contenido sobre las piernas de Celia y el suelo.
Se hace un silencio de mármol. Hasta la música parece apagarse. Celia contempla, aturdida, el montón de trapos que la cubren. Le invade el agrio olor de naftalina y polvo viejo, mucho más fuerte que el perfume o el asado.
Tiene un abrigo de paño, indefinido, color marrón mustio con collar de peluche desgastado, picoteado a jirones por las polillas. A su lado una montaña de vestidos de tergal, intensamente sintéticos, de colores estridentes: verde fosforescente, naranja oxidado, topos saltones de otro tiempo. Arriba unas blusas con chorreras amarillentas y una falda de lana a cuadros, rígida y áspera, solo de mirarla da picor.
Celia recoge una blusa con manos temblorosas. Bajo el sobaco reluce una mancha de sudor imposible de quitar tras décadas guardada. Los botones cuelgan precarios.
¿Mercedes esto qué es? pregunta Celia, obligándose a hablar alto para que todos la oigan.
¿Cómo que qué es? se asombra Mercedes con brillo de generosidad. Es mi ropa de toda la vida. Ese abrigo lo compré en El Corte Inglés en el 82, ¡cinco horas de cola! Es eterno, basta lavarlo y reponer los botones y está perfecto. ¿Y los vestidos? Aquellos de importación, de Yugoslavia. Hoy no encuentras ese tejido, con lo que hay ahora, solo chino de baja calidad. Yo conquisté al padre de tu marido llevando esos modelos. Ahora es tu turno de lucirlos.
Los invitados se miran, incómodos. Alba, amiga íntima de Celia, se tapa la boca para no soltar una carcajada o un grito. El primo Javier entierra la cara en el plato, coloradísimo. Solo Fernando sigue de pie al lado de su madre, sonriendo estúpidamente y sin saber qué decir.
Madre, vaya ¿un estilo retro, no? intenta templar. Que ahora el vintage está muy de moda
Celia siente cómo le arde la cara. No es solo la desilusión: es humillación. Humillación pública, retorcida. Su suegra ha traído una bolsa de residuos fétidos a su fiesta, disfrazada de gesto majestuoso, exigiendo gratitud.
Se levanta, apartando el abrigo pesado de un golpe; cae al suelo soltando una nube de polvo.
El vintage, Fernando, es ropa con valor artístico dice Celia helada. Esto es un trapo viejo. Sucio y lleno de naftalina y sudor ajeno.
¡Pero Celia! grita Mercedes, llevándose la mano al pecho. ¡Cómo te atreves! ¡Te lo ofrezco de todo corazón, lo cuidé durante años! ¡Eso es historia! ¿Te parece poco?
¿Lo ve usted? Celia le clava la mirada. ¿Ve esta mancha en la blusa? ¿Ve el peluche del abrigo carcomido? ¿Cree de verdad que por cumplir treinta años merezco ir hecha un espantapájaros con ropa de hace cuarenta? ¿Acaso piensa que voy a ponerme esto?
¡Menuda desagradecida! salta Mercedes, perdiendo la compostura. ¡Mírala, qué reina se cree! ¿Unas manchitas? Lavas un poco y listo. Quería que por fin te vistieras decente y no como una cría, y así me pagas. Fernando, ¿oyes cómo me habla tu mujer? ¿Lo toleras?
Fernando se interpone rápidamente.
Venga ya, por favor Mamá, Celi, no discutáis más. Mamá de verdad solo ha querido ayudarte, para ella tiene valor sentimental Mamá, podías haber preguntado, ¿no?
¿Preguntar qué? chilla Mercedes. ¿Si le regalo un abrigo que cuesta tres sueldos si lo compras nuevo? ¡Ingrata! Me llevo mi paquete y no piso más esta casa.
Ese sería el mejor regalo posible dice Celia en voz baja pero clara.
Silencio. Cronómetro de cocina marcando los segundos.
¿Cómo dices? susurra la suegra sin sangre en la cara.
Que no voy a consentir que mi fiesta se convierta en un vertedero responde Celia firme. Llévese sus cosas, Mercedes. No las quiero. Ni ahora ni nunca. Tengo dignidad.
Mercedes se ahoga de rabia. Mete lo que puede en la bolsa, forzando el abrigo, arañando de la tensión.
¡Vamos, Fernando! ¡Acompáñame! ¡Ni un minuto más bajo este tejado! Y tú, si eres hijo mío, te vienes también.
Fernando mira a su madre, luego a su mujer.
Mamá, no puedo ir ahora es el cumpleaños de Celi, los invitados Te pediré un taxi.
¡Traidor! ¡Calzonazos! ¡Prefieres a esta maleducada antes que a tu madre!
Mercedes levanta su bolsa y sale con la cabeza bien alta. Portazo seco.
Los demás se quedan petrificados. La fiesta, arruinada. El olor a naftalina aún flota, mezclado con el de la discusión.
Bueno brindemos por Celia propone tímidamente un amigo.
Intentan rescatar la noche, pero resulta imposible. Las conversaciones no arrancan, todos lanzan miradas de compasión a Celia, tiesa y colorada. Una hora más tarde, los invitados se van excusándose.
Celia empieza a recoger en silencio, casi arrojando los platos. Fernando permanece en el sofá, cabizbajo.
Celia, ¿hacía falta? musita al fin. Podrías haber tirado la ropa luego o llevártela al pueblo para limpiar la casa ¿Por qué montar la escena delante de todos? Mamá va a ponerse mala de los nervios.
Celia apila los platos, dejándolos sonar como una queja.
¿De verdad no ves la diferencia? pregunta a su marido. Si me lo hubiera dado en privado, quizás habría callado. Pero lo hizo delante de todos. Quería dejarme pequeña, que aceptase cualquier trapo como un favor. Eso no es cuidado, es desprecio.
Simplemente piensa diferente, Celi. Ellos vivieron la escasez
Todos conocieron la escasez, Fernando. También lo vivió mi madre y, ¿sabes qué? Ella me regaló una medalla de oro a la que estuvo meses ahorrando. Tu madre, con su buen dinero en el banco, me trajo basura. Y tú sin decir nada. ¿Es aceptable para ti que tu mujer vista como un espantapájaros?
No quería discusión
Yo no quiero vivir humillada. ¿Y sabes qué es lo más triste? Que para ti esto es vintage. Para mí es un escupitajo.
Se encierra en el dormitorio. Fernando queda en la cocina, rodeado de platos sucios y comida a medio comer. Mira la silla vacía donde se apoyó la infame bolsa, intenta ver todo desde fuera por vez primera. Recuerda la cara de Alba, el asco en las manos de Celia. Le invade la vergüenza.
Al día siguiente, Celia se levanta temprano. No le dice nada a su marido. Desayuna sola y ve el viejo pañuelo de Mercedes, olvidado en un rincón de la entrada.
Voy a ver a tu madre anuncia a Fernando, que aparece medio dormido.
¿Para pedirle perdón? pregunta él esperanzado.
No. Para devolverle esto. Y para aclarar las cosas. No dejaré que quede ninguna duda.
Voy contigo ofrece él.
No hace falta. Este es mi asunto.
Celia llega al piso de su suegra una hora después. Mercedes tarda en abrir y aparece dramática, con toalla en la cabeza y olor a valeriana.
¿Vienes a rematarme? pregunta con voz lastimera. Pasa, disfruta del numerito.
Celia deja el pañuelo en la mesa de la cocina.
Vamos a hablar claro, Mercedes. Le tengo respeto como madre de Fernando y por su edad. Pero exijo respeto hacia mí.
¿Respeto? ¡Tú me humillaste delante de todo el mundo!
No. Quien se humilló fue usted, al regalar lo que sabe bien que es inútil. Eso es basura y regalar basura es insultar.
¡Pero cómo…
¡Déjeme terminar! Celia la corta, firme. No necesito su ajuar. Fernando y yo trabajamos y nos apañamos solos. Si quiere hacerme un regalo, pregunte primero. Si no quiere gastar dinero, venga con flores y una sonrisa. Pero no vuelva a intentar colocarme su basura como muestra de cariño. Yo no soy un vertedero; soy la persona que su hijo ha elegido. Si quiere que sigamos viniendo y que el día de mañana conozca a sus nietos, tendrá que respetar eso.
Mercedes la mira boquiabierta, no acostumbrada a que la nuera se le plante cara. Su rebeldía la desarma.
¿Y si no quiero? espeta enfadada.
Entonces será solo por teléfono y en cumpleaños. Usted decide.
Celia se da la vuelta, se detiene en la puerta.
Y otra cosa: a todos les encantó la ensaladilla, incluso con esa mayonesa. Porque la hice con cariño, no con amargura.
Sale a la calle, respira. Por primera vez en cinco años, se siente ligera y dueña de sí.
Esa tarde, Fernando vuelve con un gran ramo de rosas.
Ha llamado mi madre dice, sin mirarla.
¿Y?
Dice que eres de mucho carácter. Que se pasó. Ha dicho que va a llevar el abrigo al mercadillo, que si eres tan orgullosa, lo venda.
Celia se ríe. Siente la victoria, pequeña pero significativa.
Que lo lleve. Igual a alguien sí le sirve. Nosotros el sábado nos vamos a cenar fuera. Cumplo años y quiero celebrarlo como quiero, con el vestido que me compre yo.
Por supuesto responde Fernando, abrazándola. Y nada de ahorrar. Te lo has ganado.
Desde entonces, cambian cosas en casa. Mercedes sigue con sus consejos y achaques, pero más cuidadosa. Los regalos, solo dinero en sobre, protestando sobre los gustos de los jóvenes. Celia no se queja. Lo importante es que su armario ha quedado libre de pasados ajenos y naftalina.
Si te ha gustado esta historia, no olvides dejar tu “me gusta” y seguir el canal para no perderte más relatos de la vida misma.




