Mi suegra me acusó de ser una mala ama de casa, así que le propuse que se encargara ella misma de to…

Life Lessons

Pero vamos a ver, Lucía, ¿te has fijado bien? Pasa el dedo, mujer. ¡Esto no es polvo, es fieltro lo que hay aquí! ¡De verdad, que aquí ya podrías plantar patatas! La voz de Doña Matilde resonaba en el salón de nuestro piso madrileño como si cortara la siesta de todo el edificio. Si cierro los ojos, aún la oigo, tan injusta y tan suya.

Suspiré hondo y cerré el portátil. Eran las ocho de la tarde, y había llegado hace media hora de la oficina, donde llevaba todo el día peleando con el cierre trimestral. La cabeza me zumbaba como uno de aquellos antiguos transformadores de la calle de Alcalá. Menos ganas de darme la charla tenía yo de oír a mi suegra que de meterme en otro Excel. Pero Doña Matilde, madre de mi marido Álvaro, era mujer imperdonable y tenaz. Estaba en medio del salón, predicando con un elefante de porcelana en la mano ese que compramos en un mercadillo de El Rastro y me miraba como si acabara de cometer un atentado contra la virtud doméstica.

Doña Matilde, limpié el sábado pasado. Abrimos las ventanas porque aquí al lado pasa la M-30 y enseguida se llena todo de polvo protesté, sin esperanza, sabiendo que era inútil.

Las ventanas las abrimos todas, pero sólo tienen mugre las que descuidan la casa replicó, frotando su dedo en una servilleta de papel sacada con premeditación de su bolso. Álvarito volverá de trabajar, cansado y hambriento, y se encontrará esto hecho un desastre. El hombre necesita su hogar, Lucía. Su orden. ¡Y en la cocina tienes dos tazas en el fregadero! ¡Dos! ¡Seguro que son de esta mañana!

Íbamos tarde murmuré al pasar a la cocina y poner agua para el té . El café se lo preparó Álvaro, pudo enjuagarla…

Doña Matilde me siguió, sus zapatillas de felpa sonando como si hiciera guardia, con ese restregar de suela antiguo que tanto me crispaba.

¡Eso jamás! ¡Un hombre no debe lavar los platos! exclamó tirando de sus años y sus dogmas. ¿No has oído que la mujer es quien cuida el hogar? Y tú, venga informes, venga números… Luego mi hijo va con la camisa sin planchar. Ayer lo vi, vino a por unos botes, y el cuello ni crujía al tocarlo. ¡Vaya vergüenza! Que si te ve alguien, diría: «A Álvaro le falta mujer, parece huérfano viviendo contigo».

Saqué unas galletas sin hacer ruido. Cinco años llevaba yo de casada, cinco años de monólogo suegril. Al principio, me esforcé: almidonaba camisas, hacía cocidos, frotaba la casa de arriba a abajo. Pero no soy ama de casa sevillana, soy jefa de contabilidad, y las horas dan para lo que dan. Y a Álvaro, eso sí, lo de los viernes de croquetas congeladas y el polvo en los rincones le traía sin cuidado. A su madre, en cambio, no le entraba en la cabeza.

En ese momento, sonó la puerta de casa.

¡Ya estoy aquí! gritó Álvaro desde el recibidor, como si las paredes aplaudieran su regreso.

¡Hijo mío! Y ahí cambió Matilde de cara y tono. Corrió a recibirlo, sonrisa de oreja a oreja, arreglándose las canas con el mismo gesto que usaría para engatusar al notario del barrio. Pasaba por aquí y te he traído empanadillas de atún, tus favoritas. Si es que Lucía nunca tiene tiempo, la pobre, siempre tan trabajadora

Entró Álvaro a la cocina, besó a su madre, me dio un pico en la mejilla y se dejó caer en la silla con un suspiro.

Madre, benditas sean las empanadillas. Tengo un hambre de lobo. ¿Hay cena?

Me quedé con el hervidor en la mano, en vilo.

Acabo de llegar, Álvaro. Pensaba preparar unas patatas revolconas, que tengo el chorizo descongelado.

¿Patatas otra vez? Matilde se llevó la mano al pecho Álvaro, hija, ¿lo oyes? Otra vez comidas de estudiantes. Tú necesitas caldo, potaje, ¡un buen cocido madrileño! Mira, tu padre que en gloria esté nunca pasó un día sin su sopa, así llegó sano a los setenta y ocho. Pero así…

Puso cara de tragedia ante la cocina vacía.

Anda, madre, no empieces Álvaro mordisqueó una empanadilla . No pasa nada, Lucía lo prepara en un momento.

¿Cómo que no empiece? ¡Si lo digo por tu bien! Mírale, cada día más chupado. Esto es por la mala alimentación y la falta de orden. Una mujer debe hacer de la casa un sitio donde el hombre quiera volver. ¿Qué hay aquí? Polvo, platos sucios, patatas. No tienes ama de casa, hijo, ya te lo dije…

¡Doña Matilde! Exclamé, poniendo el hervidor en la encimera con más fuerza de la debida.

Se hizo el silencio. Ella se quedó mirándome, extrañada. Nunca antes le había levantado la voz; prefería callar y tragármelo todo.

¿Qué pasa, Lucía? ¿Ahora tampoco puedo decirte lo que pienso? Que sepas que lo hago con cariño. Sé de sobra cómo se lleva una familia.

Recorrí la cocina con la mirada. Vi a mi marido, esforzándose por no mirar a nadie, la madre digna en su trono, el chorizo sudando en el bol. Y algo en mi interior hizo click: una serenidad inesperada.

Tiene usted toda la razón contesté con una voz calmada que me asustó . Soy una pésima ama de casa. No plancho camisas cada día, no hago sopas ni limpio los armarios a diario. Trabajo y ayudo a ahorrar para el coche nuevo para que Álvaro la lleve a la parcela de Colmenar. Pero no, no es excusa.

¿Lo ves? Ya lo admites sonrió Matilde, sin pillarlo . El primer paso es reconocerlo.

Pero no pienso cambiar. No tengo energía. Así que se me ha ocurrido una solución. Doña Matilde, ¿por qué, ya que se preocupa tanto por el bienestar de Álvaro, y como tiene tiempo libre desde que se jubiló, no se encarga usted misma?

¿Encargarme de qué? no entendió.

De la casa. Entera. Yo me retiro. Ahora sólo dormiré aquí, pago mi parte de gastos y del préstamo, y usted, como ejemplo de excelencia doméstica, nos da lecciones en vivo. Viene, cocina, plancha, limpia. Vive a dos paradas de aquí, tiene llaves.

Álvaro dejó de masticar y me miró abrumado.

Lucía, ¿qué dices?

Lo que oyen. Mamá tiene razón. Te mereces más. Dejemos a la experta hacerlo todo, ¿no? Un mes. Si tras un mes es mejor así, yo me apunto a clases de economía doméstica. O dejo el trabajo.

Matilde se quedó titubeante, herida en su orgullo. No había previsto tal respuesta, pero su profesionalidad de madre ejemplar la empujó.

¡Por supuesto! ¡Os demostraré! Vuestro Álvaro comerá como debe. Pero no me molestéis, la casa será mi reino.

Todo suyo fingí una reverencia . Ni me acerco a la cocina. Comeré en el bar, no se preocupe.

¡Mañana vengo a primera hora! ¡Que ya me da vergüenza el estado del piso!

Aquel anochecer, reinó una tensión extraña. Álvaro intentó hablar conmigo al acostarnos, pero me giré de espaldas.

Duerme, que mañana empieza tu nueva vida. Con cuellos almidonados.

Al día siguiente, cuando aún ni clareaba, Doña Matilde apareció como generala en campaña. Arrancó con limpieza a fondo, fregó ventanas y cortinas «que parecían de carbón», volcó los armarios y reorganizó toda la despensa por gamas.

Al volver yo del trabajo, la casa era irreconocible. Olía a lejía y cebolla frita, la cocina era territorio de Doña Matilde, enjuta en su delantal. Álvaro, con cara de niño bueno, tenía frente a sí un gran plato de cocido con su guindilla; a un lado, filetes rusos, ensalada y chorizo.

Anda, curranta, te pongo un plato si quieres sin mirarme siquiera, farfulló la suegra . Cocido hecho a fuego lento, tres horas.

Gracias, ya he cenado respondí, entrando en la habitación.

Allí encontré el siguiente asalto: la ropa del armario toda reordenada por colores, mi ropa interior antes bien guardada en cajas, ahora apilada por montones. Los cosméticos de la mesilla guardados. Había desaparecido el libro que leía.

Salí al salón:

Doña Matilde, ¿ha visto mi libro? Estaba en la mesilla.

¿Eso? Lo he guardado. Aquí no hay sitio para trastos, las mesillas vacías que se limpian mejor. Por cierto, el armario era un caos. Ya está todo en orden, como tiene que estar en casa de una señora.

Apreté la mandíbula. Quise recordarme: Es un experimento, aguanta.

Gracias murmuré, y cerré la puerta.

Durante la primera semana, reinó la abundancia culinaria. Álvaro encantado: comida de la abuela a diario, montón de platos y sobremesa interminable. Matilde venía al mediodía, cocinaba, le agasajaba, preguntaba por la oficina y no se iba hasta las nueve.

Yo ahora disponía de tres horas libres cada tarde. No tocaba cacharros ni la compra ni la cocina. Me apunté a natación, retomé la lectura y paseaba por El Retiro sin prisas.

Pero a mitad de la segunda semana, Álvaro comenzó a flojear.

Lucía… susurró en la cama cierta noche ¿Mamá va a estar así mucho?

Un mes, lo acordamos. ¿No te gusta? Las camisas suenan al tocarlas y el cocido es de verdad.

Sí, pero… es demasiado. Apenas entro en casa y la tengo encima: que si de mis cosas, que si de los vecinos, que si la pensión. Quiere que me quede sentado, que coma, que me envuelve con la manta. Me siento como un crío…

El precio del hogar tradicional sonreí a oscuras. Pero sin patatas revolconas.

Encima me mueve la ropa. El lunes me quedé sin calcetines de la suerte: los tiró porque «tenían una mancha». ¡Eran míos!

Díselo. Ella quiere lo mejor para ti.

Se lo he dicho. Se ofende. “Estoy sudando por ti y mira cómo lo agradeces”.

La tercera semana cayó la propia Matilde. Los años y el trajín le pasaron factura. Cargar con la casa, la compra del mercado, cocinar para dos en un piso de tres dormitorios a sus sesenta y tantos no era como lo pintaba.

Una tarde llegué y la vi tumbada en el sofá, trapo húmedo en la frente y olor a pastillas en el aire. Álvaro, a su lado, con cara de culpa.

¿Qué ha pasado? pregunté.

Presión alta dijo Álvaro . Ha querido hacer callos, después limpió a mano los suelos porque «la fregona no limpia a fondo». Ha acabado así.

Ay, Lucía… suspiró ella . Me duelen los riñones y el corazón desbocado.

Tómese unos días de descanso, Matilde. No hace falta tanto sacrificio.

¿Y quién cuida de Álvaro? se revivió despacio . Se va a quedar sin comer… y tú no…

No, yo no. Lo hablamos.

¡Mamá, da igual! Pedimos pizza, me hago una tortilla… ¡No te mates!

Pizza… musitó, indignada pero sin fuerzas . Bueno, hoy pedid. Mañana vuelvo. Que tengo la masa para pasteles hecha en la nevera.

Pero al otro día llamó diciendo que no podía ni levantarse. Lumbago.

Álvaro respiró, esta vez sin esconderlo. Aquella tarde pedimos sushi, abrimos un vino de La Rioja y disfrutamos en silencio la paz de la casa sin general.

Lucía, mejor que paremos el experimento, de verdad. No puedo más. Quiero a mamá, pero mejor en visitas. Prefiero las patatas revolconas toda la vida a que me ordenen la vida ni me revisen la ropa.

¿Y el hogar de antes? ¿Lo de los cuellos?

A la porra el cuello. Me compro camisas modernas que no necesitan plancha. Entiendo ahora tu esfuerzo. No sé cómo lo hacías…

Sonreí. Era la confirmación que esperaba.

El desenlace llegó unos días más tarde, cuando Doña Matilde, aún recuperándose, apareció a «inspeccionar el terreno». Entró, vio cajas de pizza en la basura Álvaro olvidó sacarlas , una taza sucia en el fregadero… y guardó silencio.

Se sentó, cansada, la mirada perdida.

Lucía dijo cuando entré . Llevo estos días pensando. Es duro, hija.

¿Qué parte? le serví té.

Todo. El piso es grande. Fregar, cocinar, que si ropa… Me he dado cuenta de que Álvaro es más desastroso de lo que pensaba. Llega y tira los calcetines, deja migas… ¡Me he pasado el día detrás de él! Encima se pone borde si le digo algo.

Es hombre, mamá. Necesita su hogar repetí sus palabras con bustez.

El hogar muy bien, pero ¡algo de consideración! Me paso tres horas liando croquetas, y va y dice que están secas. Le digo yo: «Pues hazlas tú, chico», y él: «Mamá, por favor, no empieces». ¡Qué poca educación!

Me tapé la boca para no reírme. El hijo perfecto se desmoronaba al soportar que la «madre perfecta» fuese la criada.

Matilde, es usted una gran ama de casa. No hay duda. Pero nuestro sistema es diferente. Los dos trabajamos, ambos nos cansamos. A veces, la casa está hecha un lío y comemos croquetas compradas. Pero somos así, y felices. Y cuando queramos tu cocido y tu limpieza impoluta, vendremos de visita. ¿Te parece?

Miró sus manos, rudas de tanto frotar estos días.

Me parece. Pero avisad antes, que tengo que ver mi serie y la parra no se riega sola Y la próxima vez, Álvaro plancha sus camisas solo o que las lleve arrugadas, me da igual. La salud es lo primero.

Se terminó el té y se marchó, diciendo que ya estaba el libro de vuelta en la mesilla. No entiendo esos libros tuyos de mundos raros, pero allá tú…

Cuando Álvaro regresó esa noche, la casa olía sólo a hogar, no a lejía ni a guiso. Saqué unas salchichas y una lata de aceitunas.

¿Se ha ido mamá? preguntó con alivio.

Sí, ha dejado el cargo. El experimento ha terminado por baja de la protagonista.

Se acercó, abrazándome fuerte.

Gracias susurró.

¿Por las salchichas?

Por ser lista y por devolverme la tranquilidad. Te quiero, aunque no planches.

No soy mala ama de casa le sonreí . Soy moderna. Y estas salchichas son de las buenas, marca gourmet.

Desde entonces, Matilde no dejó de dar consejos es cosa de familia pero si alguna vez pasaba el dedo por un estante polvoriento, se limitaba a resoplar. Si me soltaba un discurso sobre el deber de la mujer, yo le proponía:

¿Se queda usted esta semana a ayudarme? Justo me voy de viaje

Y entonces recordaba que tenía la olla puesta, el canario sin comida o que empezaba su novela en la tele. Y se marchaba sin más.

La armonía familiar volvió. El polvo, a veces, vuelve. Pero, total, el polvo no molesta. Lo importante es no molestarnos los unos a los otros.

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