Mi relación con los padres de mi marido se había deteriorado y él parecía indiferente ante su comportamiento abusivo. Sin embargo, cuando mi suegra llegó al extremo de encerrarme en el sótano, comprendí que había alcanzado mi límite.

Life Lessons

Nos casamos hace tres años y, la verdad, todo iba viento en popa… hasta la boda. Fue como si mi marido se hubiera convertido en otro de repente: de atento y cariñoso, nada. Yo me sentía invisible. Le pedía cosas y ni caso; parecía que hablaba con la pared.

Durante mi embarazo, yo necesitaba apoyo y algo de mimo, pero el único cariño que recibía eran contestaciones bordes y miradas de hastío. En su familia, tienen por costumbre si se le puede llamar así que la novia deba agachar la cabeza ante toda la parentela, en especial ante la suegra, que se cree la reina de Castilla o poco menos.

Los padres de mi marido han hecho de mi vida una tragicomedia: insultos, gritos y, desde luego, ni una pizca de comprensión. Y mi querido esposo, en lugar de defenderme, siempre del lado de ellos porque, claro, según él, son los encargados de corregirme cualquier defecto y enseñarme a ser una buena esposa. Si alguna vez intentaba decir algo en mi favor, la cosa acababa aún peor: la bronca era más monumental que las Fallas de Valencia.

En una ocasión que no olvidaré ni aunque beba agua de la fuente de la eterna amnesia, mi suegra se atrevió a ponerme la mano encima y, ni corta ni perezosa, me encerró en el sótano tres días. Ni para un relato de García Lorca, vamos. La hospitalidad brilla por su ausencia. Mi suegro tampoco se quedaba atrás, siempre encontrando algún motivo para echarme en cara hasta la sombra.

Lo peor es que llegué a pensar que la culpa era solo mía, así, sin tener ni idea de en qué demonios había metido la pata.

Ahora, no puedo parar de darle vueltas al divorcio. No puedo vivir temiendo su juicio ni ese control asfixiante un minuto más. Yo me casé ilusa de mí para tener una familia en la que el cariño y el respeto fueran lo normal, no la excepción. Pero con cada visita a sus padres, acabo como en una discusión del Congreso, solo que aquí no hay cordura que valga y siempre me toca tragarme sapos.

Últimamente, hasta he rezado por que mi marido vuelva a ser aquel chico atento que conocí, aunque empiezo a pensar que igual fue un espejismo. No pienso tolerar ni un solo desplante más de su familia; en una casa tiene que haber respeto y, sobre todo, sentido común.

Hace un par de meses me armé de valor y le dije a mi marido que necesitaba vivir separada, esperando que lo entendiera. Pero a él, ni flores: me montó un drama y se negó. Total, que cogí mis cosas, y adiós muy buenas. Y para rematar, mi suegra fue contando por el barrio que mi marido me echó de casa por rebelde y por loca del control.

Ayer mi marido me buscó, supongo que le han caído las pesetas (o mejor dicho, los euros) de lo que ha perdido y quiere que vuelva. No sé qué hacer ahora, ni si tomarme esto como una segunda oportunidad o huir como alma que lleva el diablo. Estoy a medio camino entre esperar un milagro y mandarlo todo a freír churros.

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