Mi padre nos ha abandonado, dejando a mi madre con deudas considerables. Desde ese momento, perdí el derecho a tener una infancia feliz.
Cuando tenía 10 años y mi hermano pequeño solo 3, mi padre se fue de casa. Conoció a otra mujer, más guapa que mi madre, y decidió marcharse. Nos dejó el piso, que habían comprado a plazos antes de la separación. Mientras mis padres estaban juntos, iba a un buen colegio, participaba en concursos y actividades, y jugaba al baloncesto. Pero tras el divorcio, todo cambió por completo. Mi madre se vio obligada a tener dos trabajos a la vez.
Trabajaba limpiando por las mañanas y luego salía corriendo para cuidar a una señora enferma. Tuve que cambiar de instituto y matricularme en uno más cercano a casa. Dejé de jugar al baloncesto porque mi madre siempre me dejaba a cargo de mi hermano durante sus breves ratos libres. Todo se volvió distinto, irreconocible. Terminé el instituto, entré en la universidad y después empecé a trabajar. Esa infancia feliz desapareció de mi vida.
Me la arrebataron. Mi padre, que eligió una vida de libertad, y mi madre, que muchas veces dejaba a mi hermano pequeño conmigo, me privaron de ella. Hace poco, al fin terminé de pagar la hipoteca. Ahora tengo 22 años y he decidido empezar a ahorrar para mi propio piso. La vida parece ir mejorando, poco a poco. Pero acaba de surgir una novedad: justo tras saldar la última cuota, mi padre ha reaparecido. Dice que está cansado y que quiere volver a la familia. Mi madre está llena de alegría. Pero yo no lo comprendo. No se ha ocupado de nosotros, no ha aportado nada, nos dejó una deuda enorme y ahora, de repente, quiere formar parte de la familia. ¿Quién dijo que alguien le espera con los brazos abiertos? Por supuesto, mi madre es feliz. Pero a mí me resulta insoportable verles juntosPero mientras ella le sonreía, yo sentía cómo el pasado se alzaba entre nosotros como un muro. Podía ver la esperanza en los ojos de mi madre y el desconcierto en los de mi hermano, que apenas le recordaba. Y entonces supe que tenía una elección: dejar que el rencor me devorara por dentro o soltarlo y mirar hacia adelante.
Aquella noche, mientras mi padre charlaba torpemente en la mesa, yo me levanté y salí al balcón. Respiré hondo, dejando que el aire fresco me limpiara por dentro. No podía borrar el daño. Tampoco quería olvidarlo. Pero sí quise ser libre. Libre de la carga de una infancia robada y de las expectativas de una familia perfecta. Miré la ciudad iluminada y por primera vez sentí que la vida podía ser mía, en mis propios términos.
Regresé adentro y, sin demasiadas palabras, me senté junto a ellos. No era perdón. Tampoco reconciliación plena. Era un comienzo, quizá. Uno imperfecto, pero mío. Porque aprendí que a veces la felicidad no es recuperar lo perdido, sino decidir cómo seguimos adelante, incluso cuando aún duelen las cicatrices. Y ahí, en ese preciso instante, sentí que no volvería a perderme de nuevo.





