Mi amigo me dice que me quiere, pero nunca me ha elegido.
Llevamos así ya tres años. Tres años viéndonos a escondidas. Tres años escuchando las mismas promesas. Tres años manteniendo una relación que solo existe cuando su esposa no está cerca.
No entré en su vida sabiendo que era un hombre casado. Después de unos meses descubrí la verdad: seguían viviendo como una pareja normal. Pero ya era tarde, yo ya estaba profundamente involucrada.
Desde el principio, todo estuvo lleno de condiciones. Solo podíamos vernos en ciertos días, a determinadas horas, siempre en lugares donde nadie nos conociera. Jamás se podía quedar a dormir. Nunca podía hacer un viaje conmigo. Yo no podía subir una foto a ninguna red. Ni siquiera una insinuación.
Si le escribía de noche y no contestaba, ya sabía por qué. Si desaparecía los fines de semana, también.
Su vida real estaba en otra parte. La mía giraba en torno a los vacíos que él dejaba libres.
Le he preguntado muchísimas veces de frente si piensa dejar a su mujer. Siempre, con calma, de una forma adulta. Su respuesta era siempre la misma: sí, pero no ahora. Decía que esperaba el momento oportuno. Que no era fácil. Que había cosas que resolver. Que ella dependía de él. Que no quería hacerle daño. He escuchado esa frase tantas veces que acabé odiándola. Siempre surgía una excusa nueva. Un plazo más. Una esperanza nueva.
Era yo la que me adaptaba.
Cambiaba turnos. Cancelaba planes. Aprendí a no preguntar demasiado para evitar discusiones. Cuando él se iba de viaje con ella, yo callaba. Cuando celebraba aniversarios con ella, fingía que no ocurría nada. Cuando venía a mí después de una bronca matrimonial, yo era quien lo consolaba.
Yo era la que escuchaba.
La que comprendía.
La que esperaba.
Y, aun así, nunca fui la elegida.
Hubo ocasiones en las que pensaba que, esta vez sí, me marcharía de verdad. Una vez me llegó a decir que ya había hablado con un abogado. Yo, de nuevo, le dije que no era feliz. Volvía a buscar piso. Volvía a ilusionarme. Volvía a ponerlo todo en juego.
Pero siempre pasaba algo: el trabajo, la familia, el dinero, no es el momento.
Y yo me quedaba. Congelada en una historia que no avanza.
Mientras tanto, mi vida seguía.
Mis amigas se casaban. Se mudaban. Hacían planes.
Yo mentía. Decía que estaba sola. O que tenía algo sin etiquetas. No podía contar la verdad porque sabía cómo sonaría. Sabía lo que iban a decir. Y aun así me quedaba. No porque fuera ingenua. Sino porque le quería. O porque pensaba que le quería. O quizá ya ni lo sé.
Lo más doloroso nunca fue que no dejara a su mujer.
Lo más doloroso fue que nunca dio la cara por mí.
Si ella sospechaba algo, él se apartaba de mí.
Si había tensión entre ellos, yo desaparecía.
Si tenía que elegir entre mirarme o quedar bien ante ella, ella ganaba siempre.
Yo no era una elección.
Era la opción de repuesto. La que podía esperar.
Sigo con él. Pero ya no soy la misma.
Le deseo, pero estoy agotada.
Cansada de comprender.
De esperar.
De conformarme con migajas de tiempo y de amor.
Necesito consejo para tomar una decisión definitiva.
¿Le pasa esto a alguien más?
¿Qué le diríais a esta mujer si la tuvierais delante?




