Mi marido y yo tuvimos una fuerte discusión por culpa de las fiestas de pijamas.

Life Lessons

Llevo diez años junto a mi marido, de los cuales seis llevamos casados oficialmente. En este tiempo hemos dado vida a dos hijos: nuestro mayor, Pablo, tiene ya nueve años, y nuestro pequeño, Mateo, apenas cinco meses.

Vivimos en un piso de dos habitaciones, herencia de mi abuela materna. Es una vivienda antigua en pleno centro de Valladolid, pero la siento muy mía.

Pronto será el cumpleaños de Pablo. Queríamos hacerle una fiesta, así que hemos decidido celebrarla en casa, porque el dinero esos euros que vuelan no alcanza para grandes lujos. Y en eso, una tormenta extraña se desató a nuestro alrededor: mis familiares no podrán venir, pero la familia de mi marido, los Gutiérrez, se apresuran a confirmarnos que vendrán todos juntos, y ya planean quedarse a dormir aquí esa noche, como si el piso fuera una posada medieval. ¿Dónde podría acomodar a tanta gente?

Nunca he sabido qué hacer con estos visitantes que no se marchan al caer la noche. En mi familia, lo normal es irse a casa después de la merienda, no quedarse para siempre. Si de verdad quieren quedarse en Valladolid, los hoteles no cierran nunca. Sus puertas giran como los molinos de La Mancha, invitando a todo caminante.

Por esto, acabamos discutiendo, y decidimos separarnos por un tiempo, cada uno sumido en sus propios sueños. ¿Por qué me aferro tanto a mis principios? Por empezar, mis suegros no son dados a la limpieza: el agua y el jabón los visitan sólo una vez por semana. Imagina ese aire cargado en el viejo piso, si duermen todos amontonados con nosotros. Y yo tengo niños. Además, ¿por qué quieren quedarse a pasar la noche si viven a pocos kilómetros, en Laguna de Duero? ¿No tengo razón?

Mi marido está convencido de que no podré manejarlo sin él, pero yo pienso ya veremos qué nos depara este extraño sueño.

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