Mi marido sigue siendo un auténtico niño de mamá a los 35 años.

Life Lessons

He cometido errores en mi vida, pero el mayor de todos sigue aquí, a mi lado, y sinceramente no sé qué hacer. Me casé cuando tenía 25 años con un chico llamado Ignacio, que era dos años mayor que yo. En aquel entonces me parecía casi un príncipe salido de un cuento, montado en su caballo blanco.

Siempre me regalaba flores, detalles, me ayudaba con las bolsas pesadas, jamás discutíamos y resolvíamos cualquier problema con toda la calma del mundo. Nunca vivimos juntos antes de casarnos ni él ni yo éramos partidarios de esa idea, nos parecía un poco frívola y así, sin más, nos casamos. Mis padres nos dieron dinero para la boda, pero la cantidad no era suficiente ni de lejos para comprar un piso. La verdad, tampoco me apetecía alquilar: ¿para qué tener que pagarle a un desconocido y que encima esté pendiente de cómo vivimos o dejamos de vivir? Total, que la madre de Ignacio nos propuso vivir con ella en su piso de Madrid, donde tenía dos habitaciones y estaba mucho tiempo sola, así que espacio no faltaba. ¿Por qué no íbamos a quedarnos ahí?

Acepté sin pensarlo demasiado. La madre de Ignacio parecía buena gente y pronto conseguimos llevarnos bien. Pero en cuanto me casé con Ignacio y nos mudamos con la suegra, descubrí otra cara de mi marido. Resulta que su madre seguía tratándolo como un niño pequeño. Cuando vivía con ella, él no movía ni un dedo en casa, ni para sacar la basura. Es más, la madre le lavaba los calzoncillos y los calcetines te lo juro a un hombre hecho y derecho. Vamos, que no es normal.

Lo único que hacía Ignacio era irse a trabajar y ocuparse de lo suyo. Y claro, desde que empezamos a compartir techo, todo el peso de las tareas recaía sobre mí: cocinar para todos, limpiar, lavar ropa, planchar ¿Eso era lo que yo quería? Mira, mi suegra no se metía en mis cosas y jamás pisaba la cocina cuando yo estaba allí, pero tampoco ayudaba con nada, y me hacía sentir como si fuera la criada de su familia.

Luego la cosa se puso peor. Un día se quemó un enchufe y yo apagué el fuego, pero cuando le pedí a Ignacio que quitara lo que quedaba del viejo y pusiera uno nuevo, me miró como si le hubiese propuesto resolver una ecuación imposible. No tenía ni idea de cómo hacerlo. Cuando tocó cambiar la bombilla del salón, se apartó con miedo y me dijo que él no podía. Así que cogí la banqueta y la cambié yo. Me di cuenta de que Ignacio no sabe hacer nada. Bueno, podría parecer una tontería, pero ni siquiera mostraba interés por aprender. ¿Para qué, decía él? Mejor llamar a un profesional y pagarle. Vale, pero Ignacio no gana millones de euros como para pagar a alguien cada vez que hay que arreglar algo.

Lo que más me exasperaba era que mi suegra seguía viendo a su hijo como si tuviera siete años, y él la trataba con un mamá tímido.

Ignacio, ¿te has puesto los calcetines limpios? ¿Te has cambiado los calzoncillos? Ignacio, ¿te has lavado bien? Cuando escuchaba estos diálogos, te juro que me daban ganas de salir corriendo. Él es un hombre hecho y derecho, y su madre le pregunta si se ha cambiado los calzoncillos.

La verdad, me muero de ganas por divorciarme. Pero, ¿y luego qué? No tengo piso propio, el dinero que me dieron mis padres ya se ha gastado, y tampoco puedo seguir soportando este absurdo. ¿Cuánto más voy a aguantar esta situación tan ridícula?

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