Mi marido me comparó con la esposa de su amigo en plena cena… y acabó con el plato de ensaladilla en las piernas

Life Lessons

Miércoles, 19 de marzo
Madrid

Hoy, por fin, puedo sentarme a escribir sobre aquella noche que me cambió la vida. Lo hago para no olvidar la lección, para aprender que en cada historia hay un punto de inflexión que lo pone todo patas arriba.

Aquella tarde era mi cumpleaños, cincuenta años, y aunque los años pesan, todavía creí que podría celebrarlo como mandan los cánones. «Nada de restaurantes le dije a Carmen, nadie cocina como tú, y no vamos a gastar lo que no tenemos en sitios de postín.» Carmen asintió con su paciencia infinita, disimulando la fatiga de toda la semana: el cierre del trimestre en la gestoría, el estrés de los informes, y tres noches seguidas preparando la cena. Cortes de jamón, empanada gallega, pimientos rellenos, y el pastel de San Marcos que tanto me gusta. Ni tiempo tuvo para arreglarse las manos, apenas un poco de brillo y ya.

Al volver del trabajo, me encontré a Carmen poniendo la mesa. Me quejé del servicio de porcelana que había sacado: «¿Por qué no usas el que nos regaló la madre en el aniversario, ese con el borde dorado? Queda más elegante». Carmen se detuvo un segundo, y pude ver cómo algo se le tensaba en la mirada, pero calló. «Ese es para doce dijo, y hoy somos cuatro. Además, estos son más hondos y van mejor para el guiso.»

No discutí, aunque me picaba el fastidio. Me fui directo a la nevera a revisar si el vino estaba frío, como un niño buscando excusas. Faltaba poco para que llegaran Luis y Lucía.

Lucía apareció como si flotara sobre el parquet, la esposa de mi mejor amigo. Siempre va impecable, como salida de Vogue: vestida de beige, bien peinada, con ese aire de seguridad que parece imposible de alcanzar. Traía una bolsita con el nombre de algún diseñador, perfume caro y sonrisa de anuncio. Luis cargaba los regalos: una caña de pescar última generación, y dos botellas de Rioja Reserva.

«Carmen, ¡qué maravilla huele tu casa!», exclamó Lucía, besando a mi mujer. «Yo ni lo intento con la cocina. Siempre le digo a Luis que si me quiere ver feliz, que me lleve a cenar fuera. Yo, con mi manicura, no me acerco a los fogones.»

Sentí ese picor incómodo de la comparación. Cena, risas, brindis. Carmen, como siempre, pendiente de todo, cambiando platos, rellenando copas, sin tiempo apenas para sentarse dos minutos. Nunca agradecí lo suficiente ese esfuerzo. Lucía y Luis parecían vivir otra vida: dos hijos de lunes a viernes, pero siempre frescos, siempre con reservas para vivir bien.

Después de la primera copa, quizá me desinhibí demasiado. Me puse a mirar a Lucía, elegante y delgada y, sin pensarlo mucho, solté: «Lucía, de verdad, estás estupenda. No sé cómo lo haces. Comes de todo y no engordas, siempre con esa luz y esas ganas de arreglarte.»

Ella sonrió, manteniéndose en su papel: «Disciplina, Paco. Gimnasio tres veces por semana, y después de las seis nada de pan. Y cremas, muchas cremas.»

Levanté el dedo como quien descubre un tesoro inesperado. «¿Ves, Carmen? Disciplina. No vale decir que la espalda te duele o que no tienes tiempo. Mira a Lucía, trabaja también y parece una chica de veinticinco.»

Carmen sirvió el guiso de carne y ciruelas, y pude ver cómo apretaba los labios. Con esa calma que da el cansancio, intentó llevar la conversación a otro lado. «Vamos a probar el guiso, que está de muerte.»

Pero la segunda copa de vino me soltó la lengua de nuevo. Empecé a comparar, a poner el dedo en la llaga. «La comida… bueno, la comida es la comida, pero lo importante es la imagen, la estética. Luis, tienes una suerte, llegas a casa y tienes una reina. Yo, en cambio… el olor a cebolla y la ropa vieja… Carmen no para de decir que no tiene tiempo, que le duele todo. ¡Puro cuento! A ver si se pone las pilas.»

Luis interrumpió, intentando rebajar el ambiente: «No digas tonterías, Paco. Carmen es una joya en la cocina. Lucía y yo comemos cualquier cosa, pero esto es de restaurante cinco tenedores.»

Lucía intervino también: «Yo no cocino, eso es verdad. Pero siempre tengo tiempo para estar bien y disfrutar de la vida. Los hombres, Paco, primero aman con los ojos.»

Me reí, dándole la razón, en vez de callarme. Miré a Carmen, a su vestido sencillo, su pelo recogido deprisa, sus manos cansadas. «Mira, Carmen, ni con vestido ni con peinado lo arreglas. Pareces cansada, sin chispa. Lucía no para, siempre sonriente.»

En la mesa se hizo el silencio. Luis miraba el mantel, Lucía acariciaba su servilleta con nerviosismo. Carmen, sentada enfrente, cruzó las manos sobre las rodillas. Recordé cómo, la noche anterior, planchó mi camisa azul mientras yo dormía, o cómo renunció a ir al esteticista para poder regalarme la caña de pescar.

«Paco, basta. Has bebido demasiado», dijo ella, con la voz firme.

Me levanté, terco: «Es la verdad, Carmen. Un amigo se prueba en la necesidad y una esposa en la comparación. Mírate, te has dejado, las arrugas, los kilos… ¿Por qué Luis puede presumir de esposa y yo no? Somos de la misma generación, ¿no?»

«Lucía tiene diez años menos, Paco. Y ella no sube bolsas de compra por la escalera cuando se estropea el ascensor. Porque tú no te levantas del sofá.»

Y yo, incapaz de callarme: «Yo trabajo, yo traigo dinero, merezco una mujer que esté a la altura. No una gallina que hace ensaladas. Y hablando de ensaladas, mira la ensaladilla rusa. Ni eso te sale ligero. Lucía la hace como una nube, tú solo sabes empachar con mayonesa.»

Aquello fue el colmo. El vaso se desbordó. Carmen se levantó. Cogió el bol de ensaladilla, tres kilos de patata, zanahoria, huevo, y mayonesa casera. Atravesó la mesa con paso firme. Me miró sin temblar.

«¿Qué pasa, Carmen? ¿Se te olvidó la sal?»

«No, Paco. Tengo suficiente de todo. Y sí, solo sé hacer ensaladas. Así que te la regalo, para que tengas toda la ligereza y estética que buscas.»

Y con toda la calma me volcó la ensaladilla sobre las piernas, estrenando mis pantalones de lino, recién comprados para la ocasión.

Zas. Silencio sepulcral. La mayonesa escurriéndose por los pliegues, las zanahorias y los guisantes decorando los zapatos. Lucía se llevó las manos a la boca, Luis no atrevía a pestañear.

Me quedé absorto. «¡Pero qué has hecho! ¡Mis pantalones!» Grité. Carmen puso el bol vacío sobre la mesa. «Al menos está bueno y es natural, Paco. Todo hecho en casa.»

Me lancé a encararla, pero Luis, por fin, me detuvo: «Déjala, ya has dicho suficiente.»

Carmen ni se inmutó. «Limpiarás tú, Paco. O llama a una empresa de limpieza, que para eso eres muy hombre. Yo me voy, tengo que cuidar de mí misma. Lo dijiste tú, ¿no? Que me inspire.»

Y así, sencillamente, salió de la casa. En la entrada, Lucía trataba de detenerla. Carmen le miró triste, sin rencor. «No es culpa tuya, Lucía. Gracias por abrirme los ojos.»

Carmen se fue. Ni a casa de los hijos ni a la de amigas, sino al piso de su madre, ya fallecida, en Chamberí. Pidió taxi, compró una botella de verdejo y bombones en el 24h de la esquina, y por primera vez en años se tumbó en el sofá sin pensar en las tareas del hogar.

Dos semanas terribles para mí. El primer día aguanté a base de croquetas congeladas. Intenté lavar el pantalón, pero la tintorería me dio largas. Los calcetines se acabaron en cinco días, y el paquete de papel higiénico, en seis. La mancha de la ensaladilla se quedó en la alfombra, oliendo cada vez peor.

Carmen, en cambio, resplandecía: sonrisa nueva, menos cansancio, menos bolsas bajo los ojos. Sus compañeras decían: «Carmen, ¿te has enamorado?» Ella respondía: «Sí, de mí misma.»

Me esperó a la salida del trabajo. «Carmen, ya basta la broma. Vuelve. Las plantas necesitan riego. Hasta la gata te echa de menos». Ni gata tenemos.

Carmen me miró sin rencor. «No vuelvo. Ya he puesto la demanda de divorcio. Te llegará la notificación.»

Me quedé helado. «¿Divorcio? Por una ensaladilla y un mal comentario? ¡Veinticinco años juntos!»

Carmen revolvió su café y sonrió. «Veinticinco años de ser útil, no persona. Quieres una hada, Paco. Busca una. O Lucía. Aunque Luis no te lo permitirá. Busca una que perfume el aire y no frega el váter. Recuerda, las hadas no hacen cocido.»

Intenté disculparme: «¿Quieres ir al gimnasio? Te pago el abono, o te compro un abrigo nuevo.» Pero Carmen se echó a reír: «Ya voy al gimnasio. Para mí. El abrigo me lo compraré yo, si quiero. Da para mucho el sueldo cuando no hay que gastarlo en caprichos, cañas de pescar o delicatessen para los amigos.»

«¿Y yo, qué? Me vas a dejar solo.»

«En Internet está el manual de la lavadora. O contrata a alguien. Yo me doy de baja del puesto de esposa. Y no, no hay indemnización.»

Se fue con la cabeza alta, dejando tras de sí esa mezcla de dignidad y alivio que solo los libres conocen.

No paré de recordar el momento: la ensaladilla resbalando por mis rodillas, el calor humillante de la mayonesa, la mirada de Carmen, ya resuelta. Llamé a Luis: «¿Oye, puedo ir a tu casa a cenar?»

Luis suspiró: «Lo siento, hermano. Lucía dice que no quiere acabar haciendo ensaladas a granel. Estamos a base de sopa instantánea.»

Miré la alfombra, ese punto rosa con forma de corazón roto.

Seis meses después, nunca logré encajar la vida solo. Los hijos, ahora adultos, apoyaron a Carmen. Aprendí a encargar la colada y a pedir comida, pero mi vida perdió el brillo. Salí con otras mujeres, pero ninguna me parecía «perfecta»: una no cocinaba, otra exigía cenas de lujo diario, la tercera solo preguntaba por mi sueldo.

Carmen, en cambio, celebró sus cuarenta y nueve primaveras en una cafetería de barrio con amigas, vestida con su nuevo look, corte de pelo y vestido rojo. «¿Te arrepientes?», le preguntaron. Y ella, revolviendo el azúcar en el café, contestó: «Sí. Me arrepiento de no haberle volcado esa ensaladilla en la cabeza hace diez años.»

Ahora sé que la felicidad de Carmen ya no depende del corte del jamón, ni de los elogios a esposas ajenas. Su felicidad cabe en sus propias manos, limpias de cebolla, perfumadas de libertad y crema buena.

No sé si fue el cumpleaños, la ensaladilla, o aquel instante de silencio. Pero aprendí que comparaciones y desprecios rompen más que platos: rompen corazones, familias y hasta los recuerdos. Y que la libertad, aunque huela a mayonesa, sabe mucho mejor que cualquier plato bien decorado.

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