Mi madre nos pide dinero por las verduras de su huerto, a pesar de que nosotros financiamos la parce…

Life Lessons

Hace ya muchos años, mi madre tomó una decisión que aún recuerdo con asombro: decidió vendernos las verduras de su propio huerto. Decía que no íbamos a verla, que no la ayudábamos, y que así serían las cosas a partir de entonces. Se le olvidó, supongo, quién había pagado el agua, los invernaderos, o a los jornaleros que le ayudaron a remover la tierra y preparar los bancales.

La verdad es que siempre comprábamos fruta y verdura barata en el supermercado.

Jamás tuvimos una casa de campo propia. Vivíamos en Madrid, una ciudad bulliciosa, y mi padre probablemente jamás había visto una patata en la tierra, solo en los estantes del mercado. Mi madre, en cambio, venía de un pequeño pueblo de Castilla, y ya estaba más que cansada de la vida de huerta tras haberla vivido toda la infancia y juventud con su abuela. No deseaba regresar a aquellos tiempos.

Mientras mi padre vivía, no hubo necesidad de cultivar nada para sobrevivir. Siempre cuidó de la familia, incluso cuando parecía imposible a veces. Mi madre también trabajaba, pero era él quien llevaba casi todo el peso económico.

Las cosas apenas cambiaron mucho tras la marcha de mi padre.
Hasta que fui adulta y empecé a trabajar, pude ayudar como correspondía. Compartíamos gastos, pues seguía viviendo con ella. No me mudé de su casa hasta que me casé, hace dos años ya.

El año pasado, al jubilarse, mi madre sintió la nostalgia de sus veranos infantiles en la huerta de su abuela y quiso comprar una parcela con una casita cerca de Segovia. Sacó sus ahorros del banco e hizo la compra. No era lo más cómodo, en mi opinión, pero a ella le encantaba y eso era lo que contaba.

Mi marido y yo tuvimos, por supuesto, que aportar dinero para arreglar casa y terreno. Teníamos buen trabajo, así que pudimos permitirnos poner la vivienda en condiciones: traer agua al terreno y a la casa, acristalar la galería. No era un palacio, pero sí digno y con encanto.

Eso sí, rechazamos de inmediato ir en plan brigada de trabajo. No teníamos ni tiempo ni ganas de pasarnos los fines de semana labrando la tierra. Éramos de ciudad, preferíamos levantarnos tarde, ir al cine con amigos, o simplemente pasar el día juntos.

La falta de ayuda, claro, le valió a mi madre algún que otro reproche, aunque normalmente se calmaba cuando llegaba la siguiente transferencia bancaria. Y hubo unas cuantas. Hubo que montar invernaderos, luego quiso los bancales elevadosyo ni siquiera sabía explicarlo bien, había que trabajar la tierra y arrancar arbustos. Nosotros pagamos todo aquello, y mi madre apenas tuvo que esforzarse.

Hasta el taxi de vuelta lo pagamos nosotros, cada vez que venía cargada de compras y no quería tomar el tren y caminar después.

De cuando en cuando, mi madre me relataba sus hazañas de hortelana, mostrándome orgullosa fotos del jardín con sus verduras y flores, todo ordenado y colorido, casi un milagro de la naturaleza. Yo no mostraba mucho entusiasmo, la verdad, porque no entendía nada de aquello. Así siguió todo hasta que un día me mandó una foto de las fresas.

Eran enormes, brillantes, de un rojo intenso. En cuanto las vi, recordé su sabor y se me hizo la boca agua. Le pedí que me guardase unas cuantas en un cestillo y quedé en pasar a recogerlas después del trabajo. No imaginé que me enviaría fotos de cestas de distintos tamaños, anotando el precio de cada una en euros.

Releí sus mensajes, pensando que quizá había malinterpretado, pero no: mi madre realmente pretendía venderme las fresas. La llamé para preguntarle si lo había entendido bien. Así era.

¿Y qué esperabais?me dijo. Aquí estoy, dejándome el lomo para que crezcan tan hermosas, y ni tú ni tu marido habéis venido a echar ni una mano. ¿Por qué tendría que darte algo gratis? Aquí, quien no trabaja, no comesentenció, usando un refrán que bien conocemos.

Le recordé todo lo que mi marido y yo habíamos hecho para ayudar a tener aquel huerto. Mi madre se ofendió como si le reclamara dinero por ayudarla: ¿Cómo puedes decirme eso, a mí, tu madre?, exclamó indignada.

Decidí que por principios no le compraría a mi madre su cosecha. Que ganara sus euros con otros. Mi marido y yo seguiríamos comprando en el mercado, que no faltan opciones. Mi madre intentó después, en vano, vendernos pepinos y calabacines. Siempre recibía un educado, pero claro, rechazo.

A partir de entonces, dejamos claro que no la ayudaríamos con la huerta, aunque nos lo pidiera. Para facturas, medicinas o algo importante para su salud, sí, pero para la huerta, nunca más.

Así transcurrían los días, y así quedó grabada para siempre aquella historia de mi madre y sus verduras.

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