Mi madre me decía que no contara a mis amigos y amigas que vengo de una familia acomodada.

Life Lessons

Estaba en casa de Lucía cuando apareció su padre. Había comprado algo de comida y nos pilló en el salón. Nada más verme, levantó la barbilla como si le hubieran dado un disgusto y empezó a mostrar su descontento con mi presencia. Lucía lo llevó a la cocina, pero yo alcancé a escuchar cómo ese hombre me llamaba, entre susurros chillones, el pueblerino, que según él venía a asaltar el piso de su hija. Decía que me había visto rondando más de una vez cerca del edificio. Casi me acusó de acosador.

Lo que más me sorprendió fue que Lucía le siguió la corriente y le dijo que solo trabajábamos juntos en la biblioteca de la universidad una vez al mes, que por eso nos veían pululando por ahí. Y eso que llevábamos saliendo dos meses ya, y tuve tiempo de aclararle que el hecho de que mis padres tengan una casa en las afueras no significa que sea de pueblo. Vivimos a tiro de piedra de la ciudad, tenemos un chalet de dos plantas bien bonito y mi padre es empresario. Sí, no conduzco coches de lujo ni grito a los cuatro vientos que vengo de familia adinerada, pero así es como debe ser. De esta manera se filtra a la gente como Lucía y su familia.

Mi madre ya me advertía de pequeña: No hables de dinero, que eso no es lo primero a valorar en quien quieres. Y por supuesto, nadie debería avergonzarse de mí, aunque a simple vista no parezca que soy rica. Y sinceramente, casi que me alegro de ello.

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