Mi jefe fue quien me confesó que mi marido me estaba engañando: la historia de cómo descubrí la trai…

Life Lessons

Mi jefe fue la persona que me contó que mi marido me ponía los cuernos.

Yo estaba casada y trabajaba en un pequeño negocio en Madrid. Mi jefe, don Esteban Romero, era un hombre divorciado, con más tiempo libre que ganas, y llevaba meses lanzándome indirectas bastante directas. Yo siempre le dejaba claro que tenía pareja y que su tonteo no era correspondido. Un par de veces hasta le solté: Esteban, por favor, que esto parece el cotilleo del barrio y empiezo a sentirme incómoda. Él decía que sí, que me entendía, y seguimos trabajando como si tal cosa.

Un día, Esteban me llama a su despacho con ese tonito de la telenovela de las tres. Cierra la puerta, se sienta con aire solemne y suelta: Paloma, tenemos que hablar de algo personal. Me pregunta si mi marido sigue yéndose los fines de semana a Valencia por trabajo. Yo, inocente perdida, le digo que sí. Y va él y me suelta a bocajarro:

Le he visto con otra mujer.

Me cuenta que su segundo de a bordo había salido de copas con unos amigos por el centro, él apareció después, y allí se encontraron con mi querido marido. Según Esteban, estaban en plan pasión de discoteca. Yo, digna, le digo que no me lo creo. Pero entonces saca el móvil y me enseña un vídeo.

El vídeo era como si lo hubiera grabado un topo con Parkinson: oscuro, borroso, música a tope. Pero, ay, ese jersey rojo y ese peinado tan de yo no he roto un plato eran inconfundibles. Era mi marido. No había margen a la duda. Sentí rabia, vergüenza y una impotencia monumental. Saliendo del despacho, cogí el bus de vuelta a casa hecha un flan. Esa misma noche le acorralé. Primero lo negó todo. Después, me dijo que había sido un error. Pero ni hablar de irse de casa.

Los siguientes seis meses fueron dignos de un reality cutre. Yo ya no quería verle ni en pintura, pero él alegaba que tenía tanto derecho como yo a vivir en el piso de alquiler. Se dedicó a hacerme la vida imposible: música a todo trapo a las siete, colegas entrando y saliendo, la casa hecha un asco, comentarios sarcásticos, pullitas… Las discusiones eran mi deporte principal. Dormía fatal y vivía con el corazón en la garganta.

Un día revisé el contrato de alquiler y vi que caducaba pronto. Y ahí lo vi clarísimo: ese piso no es mío, ni este suplicio es obligatorio. Así que me puse las pilas, busqué una habitación tranquila en Chamberí, empaqueté lo básico, firmé mi nuevo contrato y me largué. Sin despedidas dramáticas ni escenas de teleserie. Cerré la puerta y ese capítulo.

Durante todo ese tiempo Esteban, mi jefe, no se perdió ningún detalle. Al principio solo era un hombro virtual: ¿Estás bien? ¿Te hace falta algo? Poco a poco pasamos de mensajes y cafés furtivos a conversaciones más largas. Yo necesitaba tranquilidad y él lo entendió muy bien. Tardamos meses en cruzar la línea.

Luego encontré otro trabajo y no, no fue por él, sino porque me ofrecieron mejor salario, mejor puesto y hasta ticket restaurante. Así que me fui. Y, curiosamente, justo cuando dejé de ser su empleada, empezamos una relación de verdad, de igual a igual.

Ahora llevamos un año juntos. Mi exmarido lleva tiempo fuera de mi vida. Perdí un matrimonio, gané la paz y a un buen hombre que sabe hacer tortilla de patatas y todo.

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