Diario personal, 7 de mayo
Hoy aún no termino de creer lo que sucedió. Mi hijo Álvaro y su mujer, Inés, vinieron por la tarde a casa, con unas caras misteriosas y cariñosas que me desconcertaron. Me ofrecieron un pequeño llavero grabado con mi nombre: Mamá, este es tu nuevo hogar, dijeron. Yo apenas podía hablar del asombro y sólo acerté a susurrar:
¿Pero por qué me hacéis semejante regalo? ¡No lo necesito, de verdad!
Es nuestro modo de celebrarte la jubilación; además podrás alquilarlo y complementar la pensión me respondió Álvaro, sonriendo con ese gesto tan suyo.
Ni siquiera había ido todavía a sellar los papeles al Instituto Nacional de la Seguridad Social. Me acababan de prejubilar, apenas estaba asumiendo el cambio, y ya mi hijo y mi nuera lo tenían todo preparado, sin contar demasiado conmigo. Yo, en mi tozudez, insistí en que era un disparate, en que no podían gastar así su dinero. Pero me pidieron que dejara de discutir y que estuviera contenta.
No siempre me llevé bien con Inés. Los primeros años nos costó encontrar el modo de tratarnos; a veces la convivencia era tranquila, pero otras bastaba una tontería para que ambas saltásemos como un resorte. Yo, cabezota; ella, orgullosa. Nos fuimos adaptando despacio, aprendiendo a contar hasta diez antes de levantar la voz. Gracias a Dios, llevamos ya unos años en paz, cultivando cariño y respeto.
Cuando mi cuñada Lourdes se enteró del asunto, no tardó ni cinco minutos en llamarme para felicitarme, y de paso, tirarse alguna flor: Al final he criado a una hija que sabe querer a su familia política ¡Menudo regalo, Mercedes!. Luego añadió, medio en broma, que ella jamás aceptaría un regalo así, que preferiría ahorrarlo para su nieto.
Aquella noche apenas pegué ojo, pensando si realmente necesitaría ese piso sólo para mí, con la pensión que me quedaba. Por la mañana, me atreví a tantear a mi nieto Pablo, ya casi con dieciséis añospronto comenzará la carrera, tendrá novia, y no puede meterla en casa de los padres, y le pregunté con cautela si le gustaría quedarse con el piso.
Abuela, ni se te ocurra preocuparte. Quiero ganar mi sustento por mí mismo, me contestó, con la determinación de quien está a punto de comerse el mundo.
Uno a uno, todos rechazaron apropiarse del piso: la nuera, el nieto, incluso Álvaro. Ofrecimientos y negativas, uno tras otro.
Me vino entonces a la memoria lo que le pasó a mi hermana mayor, cuando la cuñada vendió la casa de la familia sin pensar, y acabó pasando los días en una pequeña habitación municipal, aferrada a esas cuatro paredes como si fueran un tesoro.
Y aún recuerdo la historia del tío Ricardo Murió hace quince años y, a día de hoy, sus herederos no se hablan, incapaces de dividir sus tierras sin pelear.
Vi también en un reportaje de la tele cómo unos padres dejaron en herencia la casa al hijo, y ese mismo hijo terminó expulsándolos para después vender la vivienda, dejándolos poco menos que en la calle. Me estremeció.
No puedo evitar emocionarme; he llorado esta tarde, no sé si por agradecimiento, por orgullo hacia mis hijos, o por un poco de todo. Al pasar por la oficina de pensiones supe que mi pensión será de dos mil euros al mes. Álvaro logró alquilar el piso por tres mil al mes. Fue entonces cuando valoré de verdad aquel regalo: no era solo generoso, ¡era digno de una reina!







