Mi hijo trajo a casa a su novia, parecía sospechosa

Life Lessons

Hace pocos días, mi hijo cruzó el umbral de nuestro hogar acompañado por su novia. Era una tarde que parecía suspendida bajo la luz curiosa de Madrid, y ella, esa mujer de rostro soñador, era apenas unos años más joven que yo, quizás cuatro o cinco. Mi hijo, perdido en los laberintos del amor, había elegido a alguien de mi generación para construir sus días futuros. La noticia que siguió fue aún más inesperada, pues la mujer llevaba de la mano a una niña pequeña, su hija, que abría los ojos a mi sala como quien descubre el Parque del Retiro.

Les recibí con dulzura, porque si mi hijo era feliz, el sol parecía más dorado también para mí. Sin embargo, un pensamiento extraño bailaba en mi cabeza y tuve que compartirlo. Apenas se marcharon, marqué el número de mi amiga Inés, a quien siempre llamo mi tila en una taza, calma en mi tempestad. Ella lleva siglos en mi mapa de afectos, firme, sabia, repartiendo consejos que siempre tienen efecto, como los remedios de las abuelas. Le relaté lo vivido, pidiéndole que me ayudara a comprender lo que debía hacer.

La charla se estiró como una tarde de verano, y siguió y siguió, hasta que mi hijo regresó silbando una melodía casi olvidada por los pasillos. Quería conversar. Temía que otra revelación me desorientase aún más. Mamá, quiero que ella y su hija vengan a vivir con nosotros, anunció con la certidumbre de quien lanza una moneda de euro al pozo de los deseos.

Me quedé muda, la respuesta se coló casi sin pensar: sí, que vengan. Él se iluminó y salió a comunicar la noticia.

Una idea extraña rondaba mi madrugada: ¿de verdad esa mujer ama a mi hijo, o sabe que nuestra casa cerca de la Gran Vía es amplia y que la fortuna nos sonríe con generosidad? ¿Será por eso que se aferra a él como quien se aferra a una última copa de rioja en una noche fría?

Me deslicé en el sueño, y en ese territorio brumoso apareció mi difunto marido, sentado en una silla de esparto, diciendo con voz de viento suave: está bien. Al despuntar la mañana y abrir los ojos a mi habitación perfumada de café, entendí que mi hijo no es ningún ingenuo; él sabe navegar sus propios mares, y si alguna vez pierde el rumbo, encontrará el puerto de nuevo.

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