Mi hijo tiene una memoria prodigiosa. En la guardería, se sabía de memoria todos los textos de las actuaciones, así que hasta el último momento no se sabía qué disfraz le tocaría llevar, porque los niños caían enfermos y él podía sustituirlos, ya que conocía todos los papeles.
En la función de Navidad, a mi hijo de cinco años le adjudicaron el papel de pepinillo. Al enterarme la víspera de mi turno de guardia, compré una camiseta verde, cartulina de colores y, llena de inspiración, pasé la noche cosiendo unos pantalones verdes a juego y pegando una gorra de cartulina verde claro con un rabito hecho de alambre forrado en tela verde.
A la función iba a asistir su padre, lo cual no me daba demasiada tranquilidad; así que por la mañana, antes de que él se fuera al trabajo, le leí todas las instrucciones para vestir al niño y para colocarle la gorra.
A mitad de la guardia, recibí una llamada de la educadora, que casi sin voz me avisó de que el protagonista principal había caído enfermo y que, al día siguiente, mi hijo sería ¡el Roscón! A mi nerviosa pregunta de si el Roscón podía ir disfrazado de pepinillo, hubo un silencio más que elocuente.
Llamé a mi marido al trabajo y le expliqué el desastre. Con una voz absolutamente feliz (lo que ya debería haberme puesto sobre aviso), me dijo que no pasaba nada, que iría con dos amigos cirujanos, y que tres cirujanos juntos serían el mejor equipo para cualquier reto. Que los tres, buenísimos, irían a casa y solucionarían el problema (claramente, mi intuición ese día estaba de vacaciones).
Entre el lío del hospital, a las nueve llamé a casa. El que contestó fue mi hijo, que me dijo que habían comprado una camiseta blanca, que papá estaba pegando cartulina amarilla, que el tío Paco estaba preparando la cena y que el tío Carlos no paraba de reírse.
Una hora después, mi hijo me contó que se iba a la cama, que el tío Carlos había recortado un círculo enorme de cartulina amarilla y le estaba pintando ojos, el tío Paco abría un bote de pepinillos y papá casi no podía dejar de reír.
A las doce volví a llamar. Mi marido me informó de que el tío Paco y el tío Carlos habían acabado agotados de tanto hacer de Roscón y ya dormían. Y que había ciertos matices.
El Roscón, por accidente, había sido pegado a la camiseta blanca por el tío Paco con pegamento extrafuerte y, claro, muy torcido. Así que, al intentar arrancarlo el tío Carlos, la camiseta se rompió, por lo que lo terminaron cosiendo con hilo de sutura a la camiseta verde del pepinillo.
Pero el resultado era espectacular, que ni yo misma me lo imaginaba. Además, le habían puesto treinta dientes al Roscón, que ahora sonreía de oreja a oreja, aunque para dos dientes no les alcanzó la cartulina blanca.
(No pasa nada, les dije, entre tanto diente eso ni se nota).
Así que podía estar tranquila, seguir trabajando y mi hijo iría con el mejor disfraz del mundo. ¿Qué se oye roncando? Nada, sólo es el tío Carlos, tan exhausto de recortar dientes de cartulina que se quedó dormido en el sofá.
Toda la noche tuve el alma intranquila. Al terminar mi turno, monté tal pataleta al jefe de servicio que me dejó salir una hora para ir a la fiesta de mi hijo.
Llegué un poco tarde… Desde el salón se oían carcajadas mezcladas con sollozos. Empujé la puerta…
Junto al árbol de Navidad intentaba saltar aquel Roscón. Una enorme cara amarilla y redonda ocupaba el pecho de mi hijo, con un diámetro que iba desde la barbilla hasta las rodillas. Sus ojos miraban cada uno en dirección opuesta. Tres largas costuras de hilo de sutura cruzaban la frente como arrugas de un Roscón sabio y curtido por la vida.
Lo más impactante era la falta de los dos dientes superiores delanteros en la ancha sonrisa. ¡Justamente esos dos!
Aquello parecía un Roscón muy mayor, desaliñado y con una vida difícil a sus espaldas, que acababa de volver de pasar una larga temporada en un sitio nada recomendable Y para rematar la obra de los tres cirujanos, llevaba la alegra gorra de pepinillo, bien verde, con su rabito de alambre forrado.
En ese momento, mi hijo comenzó a recitar su poema, que empezaba: “¿Dónde encontraréis otro igual que yo?…”
(El resto del verso hablaba de que solo en los cuentos y en la fiesta de Navidad, pero nadie ya prestaba atención…) la educadora se dejó caer en cuclillas con un suspiro, y el salón entero lloraba de la risa…
Aquel día comprendí que la perfección no siempre es la clave; a veces, lo más entrañable y memorable nace del esfuerzo y del cariño, aunque el resultado sea inesperado.







