La llamada entró justo al mediodía, rompiendo el aire denso de expectativas.
Mercedes Fernández cogió el teléfono apresuradamente, alisando de manera instintiva una arruga imaginaria en el mantel nuevo que había puesto para la ocasión.
¿Ignacio? Hijo, ¿eres tú?
Hola, mamá. Felicidades.
La voz de Ignacio sonaba apagada, cansada, llena de interferencias, como si hablara desde una cueva.
Mamá, no te enfades No voy a poder ir, lo siento.
Mercedes dejó de hablar. Sus ojos se clavaron en la ensaladera de gambas, el plato estrella que había preparado durante toda la mañana.
¿Cómo que no puedes? Ignacio, son mis setenta. Es importante.
Ya lo sé. Pero es por un imprevisto, mamá. Entrego un proyecto, los plazos se me han echado encima, ya sabes cómo es esta profesión. Los socios están encima y se han desentendido de todo.
Pero tú me lo prometiste
Mamá, es trabajo. No es un capricho. No puedo dejarlo todo y dejar mal a los compañeros. Te lo juro, no puedo escaparme.
El silencio del otro lado solo estaba roto por el chisporroteo metálico del teléfono.
La semana próxima paso a verte y tomamos algo tú y yo, ¿vale? De verdad. Un beso.
Tonos cortos.
Mercedes dejó el auricular sobre el teléfono fijo, lentamente.
Setenta años.
Plazos que arden.
La tarde pasó entre niebla. La vecina, Elena, se pasó con una tableta de chocolate Valor. Se sentaron, brindaron con un chupito de brandy para animar el cuerpo.
Mercedes esbozaba sonrisas, asentía, contaba algo de la última serie que veía por las tardes. Pero el cumpleaños se le encogió, hasta no ocupar más espacio que su pequeña cocina.
Ya por la noche, enfundada en su bata de cuadros, Mercedes tomó la tablet. Pasó el dedo sin pensar por la pantalla, abriendo su cuenta de Facebook.
Desfilaron fotos de familiares, recetas nuevas, gatos ajenos.
Y de repente una imagen chillona y brillante.
Era el perfil de Verónica, su nuera.
Había una publicación reciente. Veinte minutos atrás.
Un restaurante en Madrid, con aire de clásico. Molduras doradas, camareros de guante blanco, música en directo y copas de vino centelleando.
Estaba Verónica. Y su madre, Adela Gómez, radiante con un collar de perlas y un gran ramo de rosas rojas.
E Ignacio.
Ignacio, su hijo, de camisa clara y sonrisa amplia, abrazando a su suegra.
Aquel Ignacio que, pocas horas antes, tenía un imprevisto y compañeros endiablados.
Mercedes amplió la foto. Una nitidez hiriente en las caras felices, acaloradas.
El pie de foto: ¡Celebramos el cumpleaños de nuestra querida mamá! ¡65! Lo adelantamos al finde por comodidad de todos.
Comodidad.
Mercedes sabía perfectamente cuándo era el cumpleaños de su consuegra. La semana pasada. Un martes.
Movieron la fecha. Justo en el día de su setenta aniversario.
Siguió mirando la galería.
Allí, Ignacio pronuncia un brindis, copa de brandy en alto.
Allí, todos juntos, riendo a carcajadas. Sobremesa con ostras y montañas de aperitivos.
Observaba la cara de su hijo, distendida, feliz.
No se trataba del restaurante. Ni del ramo de rosas más grande que cualquiera que ella hubiera recibido jamás.
Era la mentira.
La mentira descarada, plácida, cotidiana.
Mercedes cerró la tapa de la tablet.
La casa, impregnada del olor a marisco y a embutidos, le pareció vacía.
Su setenta cumpleaños no era más que una fecha incómoda.
Un día que se podía desplazar porque convenía celebrar otro cumpleaños.
Al amanecer, el lunes, el olor del día anterior seguía flotando triste y ácido.
La gelatina que tanto esmero le llevó preparar, ya no tenía buen aspecto. La ensaladilla de gambas se había rendido y lloraba su mayonesa. El asado se cubría de una fina película viscosa.
Mercedes cogió el cubo de basura más grande.
Plato tras plato, fue tirando a la basura su propio cumpleaños.
Su trabajo. Su ilusión.
Volaron las berenjenas rellenas, que tanto le gustaban a Ignacio. Lo que quedaba de su mítico milhojas.
Cada pedazo que caía en la bolsa negra se le anudaba en el pecho.
No era solo tristeza. Era una cancelación.
La tacharon de la ecuación. Cortésmente, con la excusa de la urgencia.
Lavó los platos. Sacó la bolsa, pesada y traicionera.
Se puso a esperar.
Él había prometido pasar en la semana.
No llamó hasta el miércoles.
Hola, mamá. ¿Qué tal? Perdona, estos días han sido un caos.
La misma voz apresurada, normalizada.
Estoy bien, Ignacio.
Traigo el regalo. Paso quince minutos, luego me recoge Verónica, que tenemos entradas.
¿Entradas?
Sí, para ese teatro tan moderno. Las consiguió Verónica, ya sabes.
En una hora llegó.
Le plantó una caja reluciente en las manos.
Esto. ¡Felicidades otra vez!
Mercedes miró el aparato. Un purificador-humidificador de aire. Con luz y función de ionización.
Gracias lo dejó en la entrada.
Lo eligió Verónica. Está muy de moda, es buenísimo para la salud.
Fue a por un vaso de agua, directo al grifo de la cocina.
¿Mamá, no tienes nada para picar?
Tiré todo lo que sobró. El lunes.
Ignacio frunció el ceño.
Vaya Podías haberme avisado, lo hubiese recogido yo
Mercedes le miró de espaldas.
Hasta ese momento, ella siempre idealista había buscado justificarle. Seguramente Verónica insistió. O no supo decirlo. O no sabía.
Pero él estaba allí, y seguía mintiendo.
Ignacio.
¿Sí?
He visto las fotos.
Se quedó congelado, vaso en mano. Giró, despacio.
¿Qué fotos?
Del restaurante. El sábado. En el Facebook de Verónica.
Por un momento su cara se desfiguró, después se endureció, molesto.
Ajá. Ya entiendo. Ya empezamos.
Tú me dijiste que estabas trabajando.
Mamá, por favor, ¿qué más da?
Da que me mentiste.
Ignacio puso el vaso con un golpe, salpicando el agua.
¡No te mentí! ¡Estuve trabajando hasta el viernes! ¡No pegué ojo en toda la noche!
¿Y el sábado?
El sábado la fiesta era para la madre de Verónica. Ya la conoces, tenía que ser todo perfecto. ¡Yo estaba obligado!
El tono subió.
¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Dividirme en dos? ¡Ni siquiera tenía ganas de ir! ¡Estaba exhausto!
Mercedes se quedó callada.
Allí estaba su hijo, cuarenta años cumplidos.
Le gritaba, únicamente por haberle pillado en la mentira.
Solo hacía falta que dijeras la verdad, Ignacio. Mamá, no puedo venir, iremos a casa de Adela.
¿Y qué? saltó sobre la frase. ¡Para que estuvieras luego toda la semana de morros!
Para que no me la líes, eso es todo.
Mamá, era mi familia. Tenía que estar allí. ¿Te gustaría que con Verónica tuviera un lío por esto?
La miró casi con reproche y cansancio.
Se defendía y, en su defensa, la culpabilizaba a ella.
Suenó el timbre.
Ya está, ha llegado Verónica. Me tengo que ir.
Cogió la chaqueta.
Lee las instrucciones, es fácil. De verdad, te vendrá bien.
Se marchó, dejándola sola en la cocina.
Ella miró el cerco del vaso, húmedo y solitario.
El nudo apretaba.
Su intento de diálogo, su manera civilizada, fracasó.
No era solo que mintiera: es que la mentira se había vuelto la vía más cómoda de comunicarse con ella.
Y su cumpleaños no había sido más que un estorbo.
La semana se deslizó entre una extraña tibieza, sin rumbo.
Mercedes abrió, por fin, la caja del regalo. Cosa útil.
Leyó el manual, llenó el depósito de agua, lo enchufó.
El aparato cobró vida. Una luz azul difusa, un zumbido monótono llenó la casa.
No era un olor. Era la ausencia de olor.
El aire, que solía oler a libros viejos, hierbas secas y sus gotitas de colonia Heno de Pravia sobre la lámpara, se volvió aséptico.
Como hospitalario. Muerto.
Ajeno.
Como si alguien hubiera desinfectado su casa y con ello borrara cualquier huella de su vida.
Trataba de acostumbrarse. Lo eligió Verónica.
La máquina vibraba, iluminaba, ionizaba. Mercedes sentía que el respiro se volvía más difícil en aquella atmósfera limpia.
Abrió la ventana, pero el ambiente estéril seguía, mezclándose con el frescor de la calle Madrid, sin aportar vida.
El domingo, al limpiar el aparador, sus manos tropezaron con un marco.
Una foto. Mercedes, recién cumplidos los cincuenta. Ignacio, aún estudiante, la abraza. Ambos, felices y ojerosos.
Detrás, con tinta casi borrada, la letra de él: Para la mejor mamá del mundo. Tu hijo.
Mercedes se sentó en el sofá.
Miraba al joven de sonrisa luminosa en la foto.
Y escuchaba, implacable, el ruido impersonal del aparato.
Ahí tenía a su hijo de verdad. El que le dejaba notitas y le traía mimosas del Retiro con su beca de estudiante.
Y enfrente, ese regalo útil que trajo un desconocido, solo para que no diera la tabarra.
Un presente comprado para alejarla, no para celebrar.
Los ideales que tanto acarició creer que su hijo era bueno, que todo era fruto de circunstancias se desmoronaron.
Vio la situación con una frialdad y una lucidez quirúrgica.
Cogió el teléfono.
Marcó el número.
Ignacio, hola.
¿Mamá? ¿Pasa algo? notó la cautela de siempre.
Sí. Ven, por favor.
Tengo planes, mamá. Verónica
Ven. Y llévate el regalo de Verónica.
Silencio.
¿Cómo que me lo lleve?
Eso mismo. No lo quiero. Ven a por él.
Colgó.
Él llegó en cuarenta minutos. Furioso, rojo, casi airado.
¿Qué significa esto? ¿Que coja el regalo?
Mercedes, erguida en mitad del salón. Serena.
No lo quiero, Ignacio. Llévatelo.
Le señaló el aparato, que vibraba junto a la pared.
¿Pero te has vuelto loca? ¡Es carísimo! ¡Es para tu salud!
Salud, hijo, es que mi propio hijo no me mienta en mi setenta aniversario.
Él se echó hacia atrás, como si le hubiesen abofeteado.
Otra vez con esto ¡Ya te expliqué!
No, no explicaste. Me gritaste y te marchaste.
¡Mamá! ¡Solo fuimos a casa de la suegra! ¡No pasa nada!
Sí pasa. Mentir, Ignacio.
¡Te mentí para no verte disgustada!
Mentiste para tu propia comodidad. Para no tener que dar la cara y reconocer que la madre de Verónica te importaba más ese día que la tuya.
Le acertó de lleno.
Ignacio abrió la boca, justo cuando su móvil vibró.
En la pantalla: Niki.
Mirada de pánico, a la madre, al móvil. Pulsó contestar.
Sí, Niki.
Estoy con mi madre. Sí, sí, que le ha dado el ataque con lo del regalo.
No sé qué le pasa Sí, voy, voy ya.
Cortó.
Por primera vez en todo el día, en su mirada se vio el rastro de la vergüenza.
Estaba partido entre su madre, tranquila, que le decía la verdad, y su esposa, que le esperaba con entradas para el teatro.
Mamá, yo le tembló la voz. No es tal y como tú crees
Vete, Ignacio. Te espera Verónica.
Se retiró a la ventana, mostrando que la conversación terminaba.
Él dudó un segundo, cogió la chaqueta y salió de casa.
Ella desenchufó el aparato.
El zumbido calló.
Su casa recuperó su olor propio.
Dos días después.
La caja, con la cosa útil, seguía junto a la puerta, toda una advertencia.
Ignacio no llamó, ni vino. Esperó a que a ella se le pasara.
Mercedes comprendió que no vendría.
Cogió el teléfono y llamó a una mensajería.
Dio la dirección. Edificio de oficinas cerca de Plaza Castilla, donde Ignacio era jefe de departamento.
Pagó al mensajero, y dos jóvenes se llevaron la pesada caja brillante.
Cerró la puerta tras ellos.
El acto estaba hecho. Un gesto mudo, pero determinante.
No devolvía un objeto. Les devolvía su mundo limpio, su mentira, su intento de comprarla.
Al caer la noche, el teléfono sonó.
Mercedes reconoció el número de Verónica.
Respondió.
¿Mercedes? la voz de su nuera vibraba de rabia contenida.
Dime, Verónica.
¿Esto qué es? ¿Nos devuelves el regalo? ¡Se lo han dejado en pleno despacho de Ignacio, delante de todos!
No me viene bien.
¿No te viene bien? ¡Nos costó casi mil euros! ¡Era un regalo de ambos!
Un regalo es algo que se da de corazón. No para acallar una mentira.
Al otro lado hubo silencio cortado.
¡Cómo te atreves! chilló Verónica. ¡Ignacio por ti casi se queda sin proyecto, ha trabajado días sin dormir, y tú Siempre has sido egoísta! ¡Nunca te conformas!
Siempre has sido egoísta.
Buenas noches, Verónica.
Mercedes colgó.
Sabía perfectamente lo que pasaba al otro lado.
Sabía el escándalo que Verónica armaba ante Ignacio.
Por primera vez en su vida, le daba igual. Cortó ese lazo podrido.
Él llegó tarde. Casi de madrugada.
Un solo golpe en la puerta suave, casi apenado.
Ella abrió.
Ignacio se plantó ante ella. Ya no era el hombre rojo y airado de días atrás.
Era su Ignacio. Ojeroso, agotado, gris.
Caminó hasta la cocina y se sentó en el taburete.
Mercedes no encendió la luz principal, solo la de la campana.
Ella ella ha dicho que si venía ahora mismo que no vuelva.
Se quedó mirando la mesa.
Yo Mamá. Perdóname.
Levantó los ojos.
No quería mentirte.
Pero lo hiciste.
Niki decía decía que te enfadarías igual. Que si decía la verdad, te pondrías de morros, pero que si mentía, en dos días se te pasaba. Que era más fácil así.
Mercedes guardó silencio.
Eso era: la telaraña. “Más fácil”.
Dijo que tu cumpleaños tampoco era para tanto. Que el de su madre sí, porque hay invitados, compromiso social, y tú solo Elena, la vecina.
¿Y tú? preguntó en voz baja. ¿También piensas eso?
Ignacio tardó en contestar.
Estoy muy cansado, mamá. Cansado de todo esto.
Se cubrió la cara.
Solo quería contentar a todos. Y al final
Sollozó. Grave y seco, una sola vez.
Perdona por no haber venido. Tendría que haberlo hecho. Lo siento mucho.
Mercedes contempló sus hombros anchos, derrotados.
No se le cayeron los ideales del todo. Seguía siendo su hijo. Solo que ahora era débil. Perdido.
Se acercó y le apoyó la mano en el hombro.
No para perdonarle del todo. Para sostenerle.
Tienes que decidir, Ignacio. Qué vida quieres.
No lo sé.
Pero conmigo, siempre con la verdad.
Asintió, encorvado.
¿Puedo quedarme aquí un rato?
Quédate.
Sacó su taza preferida y la tetera.
Voy a hacernos un té.
Pasó medio año.
El piso de Mercedes hace tiempo que dejó de oler a máquina nueva y volvió a oler a lo de siempre a libros, a una pizca de pastillas, a hierbas secas.
Mucho cambió desde aquella noche.
No, Ignacio no se fue de casa de Verónica. Mercedes tampoco lo esperaba: tienen hipoteca, rutinas hechas costra, asuntos conjuntos.
Los manipuladores no sueltan fácil a los suyos.
Pero Ignacio sí cambió.
Empezó a venir.
No una visita exprés de un cuarto de hora; ahora de verdad.
Cada sábado, de tarde. Traía requesón del mercado o su pastel de cereza favorito.
Charlaban en la cocina.
Le contaba de su trabajo, del cambio que quería hacer de coche. Del compañero nuevo.
Ya nunca se quejó de Verónica.
Nunca volvió a mentirle.
Mercedes también cambió.
Dejó de ver a su hijo como un ser impecable.
Ya no aguardaba su llamada con miedo o esperanza. Vivía su vida.
Veía ante sí a un hombre adulto, cansado, tratando de sostener su propio equilibrio.
Su relación se volvió más madura. También más honesta.
No recuperó a un hijo niño recuperó su dignidad.
En una de esas tardes, compartiendo un té con pastelito, sonó el móvil de Ignacio.
Mercedes vio el nombre en pantalla: Niki.
Contuvo la respiración, pero siguió removiendo el azúcar.
Ignacio suspiró, atendió.
Sí, Niki.
Escuchó. Su cara iba palideciendo.
No, estoy en casa de mi madre.
Verónica, ya te lo dije: los sábados los pasó con mi madre. Lo acordamos.
Ignacio apretó los ojos.
Eso no significa que me dé igual. Significa que estoy aquí. Esta noche vuelvo a casa, como quedamos.
Colgó, dejó el móvil boca abajo.
Se hizo un silencio denso.
Perdona, mamá.
No pasa nada, hijo respondió Mercedes con calma. Sirve más pastel.
Ignacio le miró.
Y vio en él gratitud.
No le pidió ayuda. No se quejó.
Simplemente, eligió. Y eligió estar en esa cocina, tomándose un té.
Mercedes observó su mano, que agarraba el pastel.
Comprendió que aquella noche no fue un final. Fue el principio.
El cumpleaños que él se perdió fue su primera decisión adulta.
Su hijo, al que tanto quiso, por fin dejaba de ser un niño.







