Mi hijo no está preparado para ser padre…
¡Descarada! ¡Malagradecida cerda!gritaba mi mujer a nuestra hija Leonor, sin piedad, cada vez que la veía pasar. La barriga de Leonor, ya abultada, solo servía para avivar la furia de su madre, lejos de apaciguarla.¡Vete de casa y no vuelvas! ¡Que no quiero verte más!le chilló mientras la empujaba hacia la puerta.
Esta vez, de verdad, la echó. No era la primera vez que mi esposa la expulsaba por alguna travesura, pero por haberse quedado embarazada le dijo que no regresara jamás, salvo que todo estuviera solucionado.
Con los ojos anegados en lágrimas y un par de mudas en una maleta pequeña, Leonor caminó hasta la casa de su novio Diego, solo para encontrarse a un muchacho boquiabierto, perdido entre el miedo y el desconcierto. Descubrí que Diego ni siquiera había contado a sus padres que Leonor esperaba un hijo suyo. La madre de Diego, en seguida, preguntó si aún se podía arreglar de alguna manera. Pero, por supuesto, ya era tarde: la barriga era innegable.
Leonor, en un estado de shock absoluto, se aferraba a cualquier esperanza de ayuda. Si bien hace un mes se escandalizaba solo de oír la propuesta de su madre, ahora se debatía entre la desesperación y el miedo. Mi hijo no está listo para ser padrele dijo rotunda la madre de Diego. Es demasiado joven, te arruinará la vida a él y a ti. Por supuesto que te ayudaremos en lo que podamos. De momento, he pedido a una amiga que te consiga plaza en un centro de acogida para chicas como túañadió, sin compasión, las embarazadas a las que nadie quiere.
En el centro dieron a Leonor una pequeña habitación. Por primera vez en semanas, encontró un momento de respiro. Nadie la reprendía, podía descansar y prepararse para el parto con ayuda de una psicóloga. Cuando al fin llegó el momento y pusieron a la pequeña en sus brazos, Leonor sintió el pánico apoderarse de ella. Luego, cuando el terror amainó, empezó a mirar y a descubrir fascinada ese ser diminuto e indefenso, su hija, Inés.
Se acercaban las Fiestas de Navidad, pero en el lugar de alguna noticia alegre, avisaron a Leonor de que tenía que buscar otro techo: ya había cola para su habitación. Sin saber dónde ir, ni cómo salir adelante, se sentó en la cama con Inés en brazos, preguntándose cómo iban a sobrevivir y dónde encontraría dinero y cobijo. El corazón de su madre seguía de piedra, no quiso ni ver a su nieta, borrándolas a las dos de su vida.
Qué triste Nochebuena nos espera, pequeñasusurró Leonor a su hija. Yo sabía cuánto quería esas fiestas. Desde niña salía a cantar villancicos por los barrios de Salamanca, conocía cada letra y, entre propinas, solía reunir unas cuantas monedas de euro que le hacían ilusión todo el año. Cuánto deseaba recobrar ese clima festivo: deseaba caminar de casa en casa entonando villancicos, sentir la magia de esos días. ¿Y por qué no?, pensó de repente. La niña es tranquila. La abrigo bien, me la ato al pecho y salgo a cantar. La que no me abra la puerta, allá ella.
Al día siguiente de Nochebuena, Leonor eligió una zona tranquila del barrio del Viso, en Madrid, para su ronda de villancicos. Sabía que no sería fácil: normalmente esperaban a coros de chicos y ella era una mujer joven con un bebé a cuestas. Sin embargo, en algunas casas la dejaron pasar y, al verla cantar con tanta sinceridad, los anfitriones la recompensaron con monedas, turrón y hasta algún roscón. Se enternecían al ver a la niña dormida en el fular; sospechaban que sólo una madre necesitada se lanzaría a villancicos con un bebé de apenas un mes.
Recorrer barrio tras barrio no era tarea ligera. Voy a probar suerte en ese chalet de la esquina, seguro que son gente pudiente y quizá me den algo más, se animó. En el bolsillo ya llevaba una suma decente, que le daba algo de calma.
¿Puedo cantarles un villancico?preguntó cuando un señor mayor le abrió la puerta e invitó a pasar. Pero el comportamiento del hombre desconcertó a Leonor. Apenas entraron, el hombre se quedó mirándola fijamente. Sus ojos pasaron de Leonor al bebé. Se puso blanco, vaciló y se sentó tembloroso en el sofá.
¿Carmen?musitó el hombre.
¿Perdone? No, yo soy Leonor… Debe confundirme con otra persona.
¿Leonor? Pero… qué parecida eres a mi esposa…balbuceóy esa niña, ¿es una niña?
Sí.
Yo tenía una hija así… Pero ambas murieron. Un accidente de coche. Hace unos días soñé que volvían a casa… Y ahora estáis aquí… ¿serán cosas del destino?
No sé qué decir…tartamudeó ella.
Por favor, pasa, cuéntame tu historiasuplicó el hombre.
Al principio, Leonor se asustó de verlo tan nervioso, pero, después de tanto sufrir, pensó que no tenía a dónde ir. Entró en la luminosa sala; enseguida vio en la pared una foto de una mujer con una niña, y reconoció la razón de la confusión.
Entonces, Leonor empezó a contar su historia y no pudo parar. Habló y habló, con todo lujo de detalles, feliz por tener a alguien que la escuchara con interés. El hombre, en silencio, la escuchaba atento, levantando la mirada hacia la bebé que dormía tranquila sobre el pecho de su madre, regalando sonrisas dormidas como si sintiera que había llegado por fin a un hogar.
Hoy, al escribir esto en mi diario, entiendo que nunca debemos dar la espalda a quien busca apoyo. Hay momentos en los que un simple gesto de compasión puede cambiar la vida de otra persona… y también la nuestra.







