Mi hijo, que ya ha soplado treinta velitas, apareció por casa a las ocho de la tarde, arrastrando dos maletas por la acera como si volviera de recorrer medio mundo. Entra, ni un hola ni nada, y suelta que tiene que quedarse a vivir conmigo un tiempo, que lo de ahí fuera es insoportable y que ya no puede más.
Cuando le pregunto qué ha pasado, me confiesa que dejó el trabajo de un portazo, lo mandó todo al garete y que está harto de la presión, que no piensa volver ni aunque le paguen en paellas. Pero lo mejor vino cuando me soltó, muy digno él, que ha vendido el coche para no tener ataduras. Lo dijo como si fuese la decisión más inteligente tomada en la península. Yo, en shock, porque ese coche le costó años de sudor y lágrima.
Le pregunto dónde piensa plantar sus reales mientras busca su rumbo, y él me contesta que aquí, como antes, que necesita reencontrarse y que en mi casa por fin puede respirar tranquilo. Yo, ingenua, me río pensando que me está tomando el pelo, pero va el tío y resulta que no, que lo decía completamente en serio. Me deja clarito que quiere volver a su cuarto, ese mismo que dejó a los veinte, como si el reloj se hubiera parado y aquí nunca pasara nada.
Sube, ve que su cuarto de toda la vida ya no existe porque ahora es mi estudio de pintura, y se pone dramático. Deberías haber sabido que siempre puedo volver, mamá, me suelta, como si fueran Las Meninas y la habitación debiera estar reservada por si acaso. Le explico que llevo años viviendo sola, que todo está adaptado a mi manera y que esto no es una máquina del tiempo donde puedes aparecer cuando quieras y pretender que nada ha cambiado. Se ofende, como si lo estuviera expulsando de la familia.
Esa misma noche empieza a comportarse como un chaval de quince: ropa por el suelo del salón, puerta del frigorífico abierta como en el Mercadona, me pide que le caliente la cena y hasta se atreve a preguntarme si le puedo prestar unos euros para unos días. Yo lo miro intentando recordar en qué momento este hombre hecho y derecho decidió saltar por la ventanilla de su vida y volver a la casilla de salida en el Monopoly, dependiendo de su madre para todo.
A la mañana siguiente, me levanto temprano y él sigue en la cama, como un marqués, sin recoger el desparrame que ha dejado. Las maletas tiradas en medio del salón, ropa sucia sobre el sofá, platos sin lavar hasta en la lámpara. Cuando lo despierto para hablarlo, se cabrea. Para eso está la casa de mamá, me dice, que ha venido a descansar y que dramatizo demasiado.
Cuando le dejo clarito que puede quedarse unos días, pero sin la actitud de adolescente empanado, otra vez agarra las maletas, refunfuña que nadie le comprende y sale por la puerta murmurando que se las apañará él solo.
Y, aunque me duele verle así, lo dejo marchar. Porque una cosa es apoyar a un hijo y otra muy distinta es cargar con un adulto que no quiere responsabilizarse ni de preparar una tortilla.
¿Habrá hecho lo correcto esta madre o la he fastidiado?
Una historia anónima de una lectora.





