Mi hijo buscó durante años a la mujer adecuada para casarse, pero nunca cuestioné sus decisiones. Finalmente, cuando cumplió 30 años, conoció a Agata, quien parecía perfecta para él. Casi a diario escuchaba lo maravillosa y guapa que era. Mi hijo estaba plenamente enamorado y yo también sentía simpatía por Agata. Con entusiasmo, él nos contaba a mí y a sus amigos todas sus virtudes; le parecía la mujer ideal y no dudó en casarse con ella enseguida. Como madre cariñosa, por supuesto apoyé su elección. Organizar la boda fue toda una aventura, pero mis amistades me ayudaron muchísimo. Los padres de la novia fueron encantadores y, desde el principio, conectamos muy bien. Al principio todo era idílico, pero con el tiempo la situación cambió. Su matrimonio comenzó a resquebrajarse y las discusiones se hicieron frecuentes. Sabía que era solo su primer año casados y que todo podía mejorar, pero me preocupaba porque deseaba verles felices y unidos. Aquel día me llevé un gran disgusto. Tarde por la noche, mi hijo llegó a casa con sus cosas. Me dijo que no tenía dónde quedarse porque su mujer lo había echado de casa. Pasó varios días conmigo y Agata no apareció ni una sola vez para arreglar la situación. Esto se repitió varias veces. Cuando mi nuera me anunció que estaba embarazada, decidí sentarme a hablar con ellos. Quería darles algunos consejos para evitar futuros malentendidos. Sin embargo, acabé empeorando la situación. Sus conflictos se hicieron aún más frecuentes y mi hijo empezó a quedarse en mi casa más a menudo. Veía que lo pasaba muy mal, era una sombra de sí mismo, y en sus ojos se reflejaba la decepción. No podía soportar ver a mi hijo atrapado en una relación así, así que le aconsejé que reflexionara si realmente valía la pena seguir en ese matrimonio. Podría ser un gran padre aunque viviese separado. Al poco tiempo, él mismo solicitó el divorcio. Poco después, Agata vino a pedirme ayuda. Me rogó que convenciera a mi hijo de retirar la demanda de divorcio, pues no quería romper la familia. Ya le había aconsejado antes que cuidase a los suyos. Al final, cuando empecé a involucrarme más, empezó a acusarme incluso delante de otros de entrometerme. Ahora dudo si hice bien presionando a mi hijo para que se divorciara. Su mujer no me soporta, y él cada vez se distancia más de mí. ¿Y si aún se aman? Vivir separados no es bueno, pero seguir juntos tampoco parece la solución ideal.

Life Lessons

Diario personal, Madrid, 16 de abril de 2024

Qué vueltas me da la cabeza estos días. Mi hijo llevaba mucho tiempo buscando una mujer adecuada con la que formar una familia. Nunca cuestioné sus decisiones, sabía que su felicidad era lo más importante. Cuando cumplió treinta años conoció a Lucía, una joven encantadora y, según él, perfecta para él.

Casi a diario le oía hablar maravillas de Lucía; cómo era de amable, de guapa, lo considerado que era todo el mundo con ella. Mi hijo estaba verdadero y profundamente enamorado. Yo también le tomé aprecio rápido. Cuando él confesaba a sus amigos y a mí sus sentimientos, se notaba la pasión en sus palabras. No tardó demasiado en pedirle matrimonio y, como madre que siempre quiere lo mejor para su hijo, apoyé su decisión con todo mi corazón.

La organización de la boda fue un auténtico quebradero de cabeza, pero gracias a mis amigas y mi familia, salió todo de maravilla. Los padres de Lucía eran entrañables, y desde el principio simpatizamos todos. Aquella primera etapa fue muy bonita, pero poco a poco las cosas cambiaron. El matrimonio empezó a mostrar grietas y los desencuentros eran cada vez más frecuentes. Siempre creí que el primer año de casados era difícil y que, con tiempo y paciencia, lo superarían, pero la preocupación se instaló en mí porque solo deseaba que ellos fueran felices juntos.

Aquella noche fue especialmente dura. Mi hijo llegó a casa muy tarde, arrastrando sus maletas. Me contó que Lucía lo había echado de casa y que no tenía dónde ir. Se quedó unos días conmigo y, curiosamente, Lucía no se acercó ni una sola vez para intentar arreglar las cosas. Esta escena se repitió varias veces en los meses siguientes.

Cuando Lucía me comunicó que estaba embarazada, pensé que era el momento de hablar con ellos, de ofrecerles algún consejo que les ayudara a evitar malentendidos y a construir una familia unida. Pero mi intervención solo sirvió para empeorar la situación; las discusiones entre ellos aumentaron, y mi hijo comenzó a dormir más a menudo en mi casa que en la suya. Veía cómo se apagaba, ya no era ese hombre alegre, sino alguien desencantado y perdido.

No podía soportar verle sufrir así, sin saber qué camino tomar, así que le aconsejé que reflexionara sobre si de verdad merecía la pena continuar en ese matrimonio. Le animé a considerar la opción de vivir separado y, aun así, ser un gran padre. Al poco tiempo, presentó la demanda de divorcio en el juzgado.

Poco después, Lucía vino a buscarme para pedirme ayuda. Quería que convenciera a mi hijo de que retirara la demanda porque no quería destruir la familia. Más de una vez, le sugerí que luchara por su hogar. Ahora, ella me acusa de haber incentivado el divorcio, y yo misma me pregunto si quizá intervine demasiado, si mi consejo fue tajante.

No sé si hice bien en animarle a separarse. La relación entre Lucía y yo es cada vez más fría, y también he notado que mi hijo se distancia de mí. Tal vez todavía se quieren y esto solo sea un bache. La soledad es dura, pero también es duro vivir en una convivencia amarga. No encuentro la respuesta correcta.

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