Diario personal, Madrid, 16 de abril de 2024
Qué vueltas me da la cabeza estos días. Mi hijo llevaba mucho tiempo buscando una mujer adecuada con la que formar una familia. Nunca cuestioné sus decisiones, sabía que su felicidad era lo más importante. Cuando cumplió treinta años conoció a Lucía, una joven encantadora y, según él, perfecta para él.
Casi a diario le oía hablar maravillas de Lucía; cómo era de amable, de guapa, lo considerado que era todo el mundo con ella. Mi hijo estaba verdadero y profundamente enamorado. Yo también le tomé aprecio rápido. Cuando él confesaba a sus amigos y a mí sus sentimientos, se notaba la pasión en sus palabras. No tardó demasiado en pedirle matrimonio y, como madre que siempre quiere lo mejor para su hijo, apoyé su decisión con todo mi corazón.
La organización de la boda fue un auténtico quebradero de cabeza, pero gracias a mis amigas y mi familia, salió todo de maravilla. Los padres de Lucía eran entrañables, y desde el principio simpatizamos todos. Aquella primera etapa fue muy bonita, pero poco a poco las cosas cambiaron. El matrimonio empezó a mostrar grietas y los desencuentros eran cada vez más frecuentes. Siempre creí que el primer año de casados era difícil y que, con tiempo y paciencia, lo superarían, pero la preocupación se instaló en mí porque solo deseaba que ellos fueran felices juntos.
Aquella noche fue especialmente dura. Mi hijo llegó a casa muy tarde, arrastrando sus maletas. Me contó que Lucía lo había echado de casa y que no tenía dónde ir. Se quedó unos días conmigo y, curiosamente, Lucía no se acercó ni una sola vez para intentar arreglar las cosas. Esta escena se repitió varias veces en los meses siguientes.
Cuando Lucía me comunicó que estaba embarazada, pensé que era el momento de hablar con ellos, de ofrecerles algún consejo que les ayudara a evitar malentendidos y a construir una familia unida. Pero mi intervención solo sirvió para empeorar la situación; las discusiones entre ellos aumentaron, y mi hijo comenzó a dormir más a menudo en mi casa que en la suya. Veía cómo se apagaba, ya no era ese hombre alegre, sino alguien desencantado y perdido.
No podía soportar verle sufrir así, sin saber qué camino tomar, así que le aconsejé que reflexionara sobre si de verdad merecía la pena continuar en ese matrimonio. Le animé a considerar la opción de vivir separado y, aun así, ser un gran padre. Al poco tiempo, presentó la demanda de divorcio en el juzgado.
Poco después, Lucía vino a buscarme para pedirme ayuda. Quería que convenciera a mi hijo de que retirara la demanda porque no quería destruir la familia. Más de una vez, le sugerí que luchara por su hogar. Ahora, ella me acusa de haber incentivado el divorcio, y yo misma me pregunto si quizá intervine demasiado, si mi consejo fue tajante.
No sé si hice bien en animarle a separarse. La relación entre Lucía y yo es cada vez más fría, y también he notado que mi hijo se distancia de mí. Tal vez todavía se quieren y esto solo sea un bache. La soledad es dura, pero también es duro vivir en una convivencia amarga. No encuentro la respuesta correcta.







