Mi hija me entregó una invitación para su boda. Al abrirla, casi me desmayo.

Life Lessons

Mira, te cuento algo que me dejó sin aliento. Mi hija, Aroa, me entregó la invitación de su boda y, al abrirla, casi me desmayo. Resulta que, por casualidad, yo ya había pasado por dos matrimonios.

Del primero tengo una hija, también llamada Aroa, y del segundo un hijo, Javier. Mi primera esposa, Rosa, nunca quiso tener hijos; simplemente no estaba preparada para ser madre. Yo quería que Aroa creciera con una infancia digna, así que hablé con la exesposa y le pedí que me devolviera a mi niña. Mi nueva mujer, Isabel, aceptó adoptarla como propia.

Cuando Aroa tenía diecisiete años nos dio la noticia: estaba embarazada. El chico que iba a ser el padre del bebé desapareció en cuanto se enteró. No la culparamos ni la reprendimos, simplemente la apoyamos a ella y al pequeño que venía en camino. Isabel sugirió que inscribiéramos a Aroa en nuestro domicilio, así quedó todo legal.

Aroa estuvo sin trabajo hasta que su hijo empezó el cole. Isabel crió a Javier como a su propio hijo, sin hacer diferencia alguna entre él y Aroa; los quería a los dos por igual.

Pasó un año y Aroa conoció a otro chico. Se mudaron juntos y, después, decidieron casarse. Toda la parte logística de la boda recayó en Isabel; Aroa solo se encargó de repartir las invitaciones. Cuando llegó la tarjeta, me quedé con la boca abierta: solo aparecía mi nombre, y nada de la mujer que había puesto su corazón en criar a Aroa, organizar la fiesta y todo lo demás. No podía creerlo, me sentí como un pez fuera del agua.

Yo me puse del lado de Isabel. El día de la boda fui al registro civil, felicité a los novios y me volví a casa. No entré al restaurante de la celebración, porque la sensación de haber sido dejado de lado era demasiado fuerte. En fin, así quedó la historia. ¡Imagínate tú la situación!

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