No habría creído esta historia si alguien me la hubiera contado, pero le ocurrió a mi hermano, Javier, y a su esposa, Inés. Volvían a Madrid tras celebrar el cumpleaños de nuestro abuelo en un pequeño pueblo de Segovia. Era temprano, alrededor de las siete de la tarde. Conduciendo por la autovía, vieron a una joven en mitad de la carretera. Estaba desesperada, agitando los brazos para detener el coche.
Inés le suplicó a Javier que no parara, diciendo que era peligroso. Pero Javier, inquieto, bajó la velocidad para averiguar qué ocurría. El rostro de la joven estaba marcado por cortes y hematomas.
Entre sollozos, la chica contó que su familia había sufrido un accidente. El coche se había salido de la carretera y rodado hasta el fondo de un barranco. Su marido, según dijo, había muerto, pero el niño seguía vivo. Le rogó a Javier que lo salvara, señalando el lugar del accidente.
Javier salió del coche, pidió a la joven que se quedara con Inés y fue hacia el barranco. Allí, encontró el vehículo destrozado. Sin pensarlo demasiado, bajó y sacó al niño del asiento trasero. Era un chaval de unos seis años, temblando de miedo.
Al regresar al coche, la joven no estaba. Cuando preguntó a Inés por ella, ésta sólo se encogió de hombros y murmuró que había seguido a Javier. Extrañado, volvió al lugar del accidente buscando a la chica. Fue entonces cuando vio por primera vez a las dos personas en los asientos delanteros. El conductor, el padre de familia, y su mujer, ambos sin vida. ¿Cómo era posible que la mujer hubiera pedido ayuda en la carretera?
Javier cuenta que sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo al comprender lo ocurrido. El niño, que ahora se llama Mateo, vive con ellos; lo han adoptado como propio. Mi hermano está convencido, y lo cuenta con voz temblorosa, que fue un fantasma el que le pidió ayuda aquella tarde en Segovia.






