Mi hermano vivió durante siglos con su primera esposa, una mujer más interesada en el saldo de la cuenta bancaria que en la sobremesa familiar y más dada a la bronca que a los abrazos. A sus padres, ni agua; más bien los trataba como si fueran parte del mobiliario viejo. Él, tan buenazo, aguantó carros y carretas, hasta que un día el vaso colmó y se divorció. Segundo asalto: se casó otra vez, con una mujer que ya tenía una hija. A mi hermano, la cuna de los hijos nunca le hizo visita ni en el primer ni en el segundo matrimonio. Pero el destino, tan bromista, quiso que su segunda esposa falleciera pronto. La hija adoptiva, ya casada, hizo las maletas y lo dejó solo.
Como el piso necesitaba una mano de pintura y algo de alegría, decidió aprovechar para hacer reformas. Desmontando la estantería, que estaba más llena de papeles que de Quijotes, se le ocurrió buscar a ver si había algún tesoro olvidado. Revisando entre libros y documentos, dio con un buen puñado de cartas.
Alguna chica, siempre la misma, escribía a su padre con un cariño de los que sólo se ven en las películas antiguas, contando su día a día en el colegio, pidiéndole que le contestara y confesando que lo echaba de menos. Cuando mi hermano vio la dirección del remitente se le encendieron todas las alarmas: en sus años mozos había estado destinado en un pueblito y allí tuvo un amor de los de verdad. Resulta que aquella relación había dejado herencia: la exnovia se había quedado embarazada y él, ni enterarse; su primera mujer se encargó de esconderle las cartas para que jamás supiera nada. Montó en cólera, llamó a la ex de inmediato y le cantó las cuarenta. Efectivamente, era su hija. Menos mal que hoy tenemos internet: su hijastra, con la paciencia de una madre, le ayudó a rastrearla.
Unos días después, recibió una llamada de su propia sangre. Imaginaos el espectáculo: mi hermano, temblando y sin saber ni por dónde empezar a explicarse después de tanto silencio. La hija, que había perdido a su madre hace años, rompió a llorar diciendo que estaba casada y que ya había hecho abuela a mi hermano. Acordaron verse pronto, entre lágrimas y sonrisas. Por primera vez, mi hermano sintió que la vida le daba una revancha: iba a abrazar a su hija. Sólo esperaba que ella le comprendiera, porque él no tuvo ninguna culpa; nunca supo que existía, y de haberlo sabido, ¡ni loco se habría apartado de ella!






