Hace mucho, mucho tiempo, mis padres, que siempre parecían caminar bajo nubes flotantes, compraron un piso de dos habitaciones en el corazón de Salamanca para mi hermana y para mí. Nos decían, entre sonrisas de domingo, que algún día podríamos venderlo y convertirlo en dos pequeños pisos de un dormitorio cada uno, así ambas tendríamos nuestro propio refugio.
Después, en una tarde en la que el sol casi teñía de oro la ciudad, mi hermana se encontró con un hombre de voz calmada y manos de pianista, y terminó casándose con él. Un día, mientras los caracoles cruzaban el patio trasero en su letargo, mi hermana me preguntó si me importaría que ella y su marido se mudaran conmigo al piso. Yo, envuelta en sueños suaves, acepté sin titubear.
Todo discurría con extraña normalidad, hasta que el viento trajo la noticia: mi hermana estaba embarazada. Y desde ese momento ella y su marido empezaron a mirarme como si fuera una sombra que impide entrar la luz por la ventana. Me piden, en susurros y luego en voz alta entrecortada, que abandone mi rincón del piso; la cuna del futuro bebé va a ocupar mi habitación y mi nombre ya no cabe pegado a la puerta. Me preguntan si eso es lógico, aunque yo, a veces, me siento hecha de neblina, flotando por la casa.
No entiendo por qué, siendo copropietaria, debería irme. Vivo de la beca de estudios y un trabajo a media jornada en una cafetería donde el aroma a café siempre parece soñar despierto. La renta de otro piso en euros me haría temblar de frío, ya que mi salario es tan ligero como una hoja de magnolio. ¿Por qué alquilar otro lugar si este siempre fue mi refugio?
Primero lo insinuaron, como quien deja caer hojas secas en otoño; después, ya solo hablan de mi marcha mientras mi hermana imagina dónde irá el moisés blanco y qué color cubrirá las paredes de mi habitación. Ella habla como si yo fuera un recuerdo pasajero y no alguien que lleva años silbando canciones por los pasillos. No pienso alejarme, porque sigo siendo dueña de media vida en ese piso.
Se lo conté a mis padres, los que compraron este lugar cuando los relojes andaban distraídos. Mi madre se rió como si oyera campanas lejanas y dijo que estas cosas pasan con las embarazadas, que todo pasará como una nube de verano. Me pidió que no prestara atención, que no dejara volar el corazón por las palabras de mi hermana. Pero, ¿cómo ignorar que me dejan afuera en mi propia casa cada día, como si fuera un perro sin dueño?
Ahora, la casa parece la antesala de un teatro donde sobran los actores y faltan aplausos. Me siento extranjera en mi propia habitación, flotando entre muebles que ya no me reconocen. Mi hermana sigue sin querer cambiar de parecer y yo, como una nota torpe de una guitarra mal afinada, solo me pregunto en voz baja: ¿qué hago ahora?






