Mi antiguo novio me escondía de sus amigos porque según él no estaba a su altura. Lo sabía desde el principio, pero aún así me quedé. Él venía de una familia acomodada en un pequeño pueblo de Castilla; su padre era un empresario importante, su madre no trabajaba, vivían en un chalé enorme y siempre conducían coches nuevos. Yo, en cambio, vivía en un barrio modesto, trabajaba de cajera en un supermercado y ayudaba a mi madre con los gastos de la casa.
Nos conocimos en una cafetería en Valladolid, justo cuando compraba un café antes de entrar a trabajar. Él empezó a llamarme, a escribirme, a invitarme a salir. Al principio todo era bonito, pero también un poco extraño, como si camináramos por un pasillo de espejos donde la lógica se desvanecía. Nunca me llevaba a los sitios donde quedaba con sus amigos. Elegía lugares lejanos y discretos, bares en calles angostas donde no nos conocía nadie. Si paseábamos por la Plaza Mayor y veía un conocido, soltaba mi mano de repente y susurraba: Vamos por aquí. Le pregunté por qué lo hacía, y me respondió: Mis amigos son muy exigentes, no quiero que hablen. Tragaba su explicación como quien degusta café amargo a medianoche.
La primera vez que lo comprendí de verdad fue en una fiesta de cumpleaños. Me invitó, me vestí con un vestido sencillo pero bonito que compré en una tienda de Salamanca. Al entrar, me dijo en voz baja: Quédate aquí en la barra, voy a saludar a unos amigos. Pasaron veinte minutos. Luego cuarenta. Lo vi desde lejos riendo y haciéndose fotos, abrazando gente. No me presentó a nadie. Cuando me acerqué, me frenó con la mano y dijo: Espera fuera un momento. Afuera me explicó: Aquí hay personas importantes, no quiero complicaciones.
Con el tiempo, empezó a soltar comentarios cada vez más dolorosos. Decía que hablaba demasiado a lo castizo, que tenía que cambiar mi forma de vestir, que no subiría fotos conmigo a redes sociales porque su familia era muy reservada. Jamás me llevó a su casa, nunca conocí a sus padres. Cuando le invité al cumpleaños de mi madre, puso excusas: trabajo, el coche, cansancio. Pero cuando había eventos en el círculo de él, desaparecía todo el fin de semana, como si la tierra lo absorbiera.
Un día le pregunté directamente: ¿Te avergüenzas de estar conmigo? Guardó silencio unos segundos y luego contestó: No es vergüenza… simplemente somos de mundos distintos. Eres buena persona, pero mis amigos son de otra liga. No quiero que me juzguen. Aquella frase rompió algo dentro de mí. Le respondí: ¿Y tú puedes juzgarme?. Solo se encogió de hombros, como una estatua de aire.
Lo peor llegó cuando vi en su perfil fotos con una compañera de trabajo, hija de un conocido abogado de la ciudad. Restaurantes, eventos caros, sonrisas en blanco y negro, localizaciones marcadas en Madrid. Con ella posaba y se sentía orgulloso. De mí nunca hubo ni una palabra. Cuando le pregunté, me dijo que era solo una amiga. Discutimos fuerte. Le dije que no sería un secreto guardado en una habitación. Él contestó: Si no te gusta cómo están las cosas, se acabó.
Así terminó todo. Nos separamos allí mismo. Caminé sola, cruzando algunas calles de Valladolid, llorando bajo luces de farolas que parecía derretirse. Una semana después ya era oficial con esa chica. Yo seguía yendo a trabajar, viendo sus fotos de ropa elegante, viajes y cenas en restaurantes caros, pagando cafés con euros pequeños mientras él vivía en sueños de oro. Jamás se disculpó. Nunca reconoció el daño.
Hoy sé que durante un año fui la muchacha que nadie debía ver. La que existía solo tras puertas cerradas. La que no era suficiente para salir en la foto familiar. Y eso, como una sombra pegajosa, no se borra fácilmente.





