Mi cuñada se fue de vacaciones a una urbanización de playa justo mientras nosotros andábamos metidos en reformas, y ahora resulta que quiere vivir a cuerpo de rey.
Le propuse que pusiéramos dinero entre los dos para renovar la casa, pero claro, ella que no, que no le hacía falta. ¿Y ahora qué? Pues ahora quiere venirse con nosotros porque su mitad de la casa es inhabitable. ¡Si es que se lo tiene bien merecido!
La casa pertenecía a la abuela de mi marido. Cuando murió, mi esposo y su hermana heredaron por partes iguales. Era una casa antigua, de esas que crujen los suelos y las paredes respiran, pero decidimos renovarla y mudarnos allí. Tenía dos entradas, así que cada familia podía ir a su aire sin molestarse. Compartíamos el patio y el corral, pero las habitaciones eran iguales en ambas mitades.
La herencia se repartió tan tranquilamente cuando ya estábamos casados. Mi suegra, más de ciudad que el asfalto, rechazó directamente la casa. Lo dijo bien claro a sus hijos: Haced lo que os plazca.
Mi marido y el esposo de mi cuñada pusieron unos ahorros y, muy compinches ellos, arreglaron el tejado y reforzaron los cimientos. Nuestra idea era seguir con las reformas, pero mi cuñada, María Teresa ¡menudo carácter!, se puso farruca. Ni hablar de meter un euro en la cabaña esa. Su marido agachó la cabeza y se calló la boca, acostumbrado ya a no discutirle nada.
Mi marido y yo teníamos el plan de vivir allí; el pueblo está a un paso de Salamanca, y con coche propio íbamos y veníamos cuando queríamos. Además, estábamos ya hartos de apretarnos en un piso minúsculo en la ciudad. Construir una casa nueva hubiese sido impensable: nos habría costado un ojo de la cara.
Para mi cuñada, aquello era como una segunda residencia. Piensa ir en verano para las barbacoas y para broncearse. Nos dijo que ni soñáramos con hacer planes contando con ella.
En cuatro años, arreglamos a conciencia nuestra parte de la casa. Por supuesto, con hipoteca por en medio pero bueno, eso es lo de menos. Pusimos baño y calefacción, renovamos la electricidad, cambiamos ventanas y hasta pintamos la terraza. Vaya, que no paramos: fue casi una obra continua, pero ahí seguimos, al pie del cañón para cumplir nuestro sueño.
Mientras tanto, María Teresa se daba la gran vida, de viaje en viaje por el Mediterráneo. Nada le importaba ni lo que hacíamos ni el estado de su casa. Su lema era vivir bien y lo demás, que espere. Pero claro, llegó el niño, y con la baja de maternidad, los viajes se terminaron, y el presupuesto, pues también.
Entonces empezó a acordarse de su mitad de la casa. Se le hacía cuesta arriba estar encerrada con el niño, y claro, allí en el pueblo podría corretear y jugar todo el día.
Para cuando esto pasó, ya nos habíamos mudado y alquilado nuestro piso. Ni tocamos su parte de la casa, pero ni falta que hacía: en todos esos años, la otra mitad estaba al borde del derrumbe. Sin calefacción, imposible pasar allí el invierno. Aun así, llegó con una maletita para quedarse solo una semana. Insistió tanto que terminé por dejarla entrar.
Su hijo tiene el récord de decibelios del vecindario. Y ella igual de escandalosa, siempre imponiendo su voluntad, sin tener en cuenta a nadie. Yo, que teletrabajo, acabé tan desesperada que me fui a casa de una amiga. A ella le venía de perlas: se fue de viaje y así tenía quien le regara las plantas.
Por casualidad, un mes después, me tocó volver. Estuve una semana fuera y luego mi madre cayó enferma, así que ni me acordé más de la cuñada: di por hecho que se habría largado ya.
Pero cuál fue mi sorpresa cuando volví y allí estaba, instalada como una marquesa. Le pregunté con mucha educación cuándo pensaba irse.
¿Y adónde quieres que vaya? Con el niño aquí estoy fenomenal me suelta la buena señora.
Pues nada, mañana te llevo a Salamanca le digo yo.
Que no me da la gana volver a la ciudad.
Mira, si ni siquiera te molestas en limpiar, tira para tu parte y no molestes, que esto no es un hotel.
¿Con qué derecho me echas? ¡Es mi casa! se indigna ella.
Tú sabrás, pero tu casa está detrás de esa pared, así que ahí tienes la puerta zanjé.
Intentó poner a su marido en mi contra, pero él tampoco tragó: le soltó que ya era hora de marcharse. Se fue muy ofendida, por supuesto. Un par de horas más tarde, la suegra llamó escandalizada:
No deberías haberla echado, la casa también es suya
Pues que se quede en su mitad, allí es la jefa contestó mi marido.
¿Y qué va a hacer con un crío? ¡Si ni calefacción tiene y el baño está fuera! Podíais haberle echado una mano.
Y aquí mi marido, que no suele levantar la voz, le cantó las cuarenta. Le recordó que ya les propusimos hacer la reforma juntos; habría costado menos y ahora no estaríamos así. Pero claro, entonces no quisieron. ¿Y ahora la culpa es nuestra?
Al final, sugerimos a María Teresa que le vendiese su parte de la casa a mi madre. Ella aceptó, eso sí, pidiendo una cantidad con la que nos podríamos comprar un palacete en el centro de Burgos. Así que así seguimos: nada de acuerdo.
Total, que ahora hay broncas constante. Mi suegra, todo el día ofendida; María Teresa, un incordio Vienen poco, pero cuando vienen, montan fiestas, hacen estropicios y destrozan lo que pillan.
Por eso hemos empezado a construir una valla que separe las dos zonas por completo. Ya no hay negociación posible: ¡justo lo que ella quería!







