Mira, te tengo que contar una historia sobre mi amigo de toda la vida, que ahora tiene 42 años y ha encontrado por fin pareja. El otro día me decía súper convencido que su mujer es una máquina limpiando la casa y cocina de maravilla, y que lo demás tampoco le importa mucho.
A Ignacio lo conozco desde pequeños, del barrio de Salamanca en Madrid. Éramos esos críos que se pasaban la vida jugando al fútbol en el mismo patio. Ya en la adolescencia, nos juntábamos con la pandilla y tirábamos para el centro, a la Gran Vía. Allí paseábamos, a veces nos quedábamos sentados en un banco viendo el bullicio, sin darle demasiada importancia a las chicas; la verdad, nos preocupaba más cómo quedábamos delante de los colegas, no queríamos hacer el ridículo.
Luego yo hice la mili en Melilla, pero a Ignacio le salió un chollo y se libró. Cuando volví, conseguí trabajo y enseguida me casé. Viví con mi mujer diez años, tuvimos dos hijos hermosos, pero llegó un punto en que nos dimos cuenta de que ya éramos unos completos desconocidos. Las discusiones se hicieron el pan de cada día, y supimos que era mejor separarnos. El divorcio llegó más pronto que tarde.
Dos años después de aquello, ya con mi vida medio recompuesta, me topé por casualidad con Ignacio en una terraza de la Plaza Mayor. Había cambiado bastante, la verdad: se le notaban los años y la cerveza en la barriga.
Nos sentamos a tomar unas cañas y a ponernos al día. Me contó que también se había divorciado y estaba buscando empezar de cero con otra mujer. Al poco tiempo, encontré a alguien y volví a casarme. No mucho después, me encuentro otra vez con Ignacio y, sorpresa, él también se había emparejado. Pero tengo que serte sincero, su mujer no me entró por los ojos. Era una mujer bastante rellenita.
Le pregunté sin rodeos qué le había visto, y él, tan tranquilo, va y me suelta: Es una fiera dejando la casa impecable y, vamos, cocina mejor que mi madre. Luego, riendo, añadió: Y lo mejor de todo es que me deja estar a mi aire. Puedo estar viendo el Real Madrid con unas cervezas o salir con los compis al bar y ni una sola queja. Es la compañera perfecta, nunca me pone pegas.
No te voy a negar que me quedé un poco a cuadros. Verás, para mí el amor va de otra cosa. Está muy bien que una mujer sepa cocinar y que la casa dé gusto entrar, eso también lo valoro, pero lo esencial es el cariño, compadre. Algunos le dan más importancia a tener la casa como los chorros del oro y a la buena comida, y eso es lo que les llena. Yo, en cambio, quiero sentir que mi pareja y yo vamos en la misma dirección, que somos un equipo. Para mí son claves el respeto mutuo, la comprensión Y tener aficiones en común, eso une mucho. A día de hoy, con mi mujer, muchas veces cocinamos y recogemos juntos; vas a flipar, acabamos muertos de risa.
Mira, esto es como ir en bicicleta tándem; si los dos pedalean juntos en la misma dirección, llegaréis lejos y sin atascos.
¿Tú qué piensas?







