Mermelada de diente de león
Por fin terminó el invierno. No fue especialmente frío este año: nevado, sí, pero suave. Sin embargo, ya estaba cansada y deseando ver las hojas verdes, los colores por todas partes, y quitarme por fin el abrigo de lana.
La primavera llegó a nuestro pequeño pueblo castellano. Siempre he sentido que esta estación transforma todo. Me asomo cada mañana desde el tercer piso y me sorprende cómo revive la ciudad con los días templados: hasta los coches suenan diferente y el mercado parece mucho más alegre. A la gente se le nota el ánimo; van y vienen envueltos en chaquetas de colores. Las aves nos despiertan antes incluso que el reloj, qué bonita es Castilla en primavera, aunque en verano lo es aún más…
Llevo años viviendo en este bloque de cinco pisos. Ahora comparto mi vida con mi nieta, Lucía, que está en cuarto de primaria. Hace un año sus padres se fueron a trabajar por contrato a Sudáfricalos dos son médicosy me confiaron el cuidado de la niña.
Mamá, te dejamos a Lucía a tu cuidado, no podemos llevarla tan lejos. Sabemos que cuidarás de tu nieta adorada me dijo mi hija cuando se despidió.
¡Por supuesto! ¿Cómo no voy a cuidarla? Además, con ella la vida es más alegre. ¿Qué más voy a hacer ahora que estoy jubilada? Id tranquilas le respondí.
¡Qué bien, abuela! ¡Por fin podremos ir juntas al parque! Mis padres nunca tienen tiempo para mí dijo Lucía, con esa alegría de niña que nunca deja de sorprenderme.
Hoy, tras preparar el desayuno y despedir a Lucía para el colegio, me dediqué a las tareas de casa. El tiempo voló sin darme cuenta.
Pensaba: “Saldré al mercado y, cuando Lucía vuelva, le tendré algo dulce como prometí por sus buenas notas”. Me puse el abrigo ligero y salí del apartamento.
En la entrada ya estaban reunidas dos vecinas sobre el banco. Llevan cojines para no enfriarse: aún hacía fresco. Doña Rosario, que debe rondar los setenta o más (nadie sabe con certeza, siempre ha ocultado su edad), vive sola en el piso de abajo. Doña Ángela, también viuda, con sus setenta y cinco años, risueña, amante de la lectura y de contar anécdotas, es todo lo contrario a Rosario, que se queja por todo.
Cuando sale el sol y se funde la nieve, ese banco nunca está libre. Y si no es Rosario y Ángela, hay quien se sienta. Ellas son ya parte del paisaje del barrio, controlan todo lo que ocurre y nadie se les escapa.
De vez en cuando me siento con ellas, charlamos de las últimas noticias, de lo que hemos leído en el periódico o visto en la tele. Rosario no deja de contar sus problemas de presión diaria.
¡Buenos días, chicas! Veo que ya estáis al pie del cañón les dije al verlas instaladas.
¡Holaaa, Teresa! Aquí estamos, si no venimos a tiempo nos regañan bromeó Rosario, mirando mi bolsa.
Voy al mercado antes de que llegue Lucía del cole, y le compraré algo por sus notas las saludé y seguí mi camino.
El resto del día pasó entre rutinas: recogí a Lucía, le di de comer, hizo los deberes, yo me distraje con la tele…
Abu, me voy al baile me anunció.
Lucía ya estaba lista, mochila y móvil en mano. Lleva seis años en danza y adora el escenario; yo, por supuesto, no puedo estar más orgullosa.
Ve tranquila, cariño. Ven pronto le respondí, viéndola salir.
Me quedé sentada luego cerca de la entrada, esperando a que regresara. Me acompañó un vecino del segundo piso, Don Manuel.
¿Aburrida? me preguntó mientras se sentaba a mi lado.
¿Aburrida con este día? ¡Ni hablar! Mira la primavera: el sol, los pájaros, todo se pone verde. Todo lleno de flores amarillas, parecen pequeños soles comentó Don Manuel. Yo asentía; ambos compartimos el gusto por la naturaleza.
De repente Lucía llegó por detrás y se lanzó a mis brazos gritando:
¡Guau, guau!
¡Ay, qué susto me has dado! Así me matas del infarto solté una carcajada.
No te conviene hablar de eso, todavía queda mucha primavera bromeó Don Manuel, dándome palmaditas en el hombro.
Venga, traviesa, te he preparado zanahoria rallada con azúcar y tus croquetas favoritas. Seguro terminaste agotada en el baile le dije cariñosamente.
Don Manuel se levantó también.
Vais a cenar y me entra el hambre al oíros… Mejor me voy a picar algo. Luego nos vemos en el banco, o igual damos un paseo.
Si me da tiempo, salgo luego prometí, aunque no estaba segura.
Al final me animé y salí por la tarde al banco. Manuel ya esperaba. Esta vez no estaban ni Rosario ni Ángela.
Las vecinas se fueron a cenar hace un rato me explicó contento.
Desde entonces, Manuel y yo comenzamos a encontrarnos más a menudo, incluso a visitar el parque al otro lado de la carretera. Leemos juntos la prensa, compartimos recetas y nos contamos cosas de nuestras vidas.
Manuel ha tenido una suerte extraña en la vida. Fue viudo joven. Crió a su hija Carmen solo, trabajando en dos empleos para que no le faltase de nada, aunque le pudo dedicar poco tiempo. Carmen se casó, tuvo un hijo y se mudó a otra ciudad, y desde entonces apenas han tenido contacto: alguna visita, pero sin muestras de afecto. Al final, Carmen se divorció y crió a su hijo sola.
Teresa, mi hija ha dicho que viene en dos días. Me llamó esta mañana… Es raro, llevamos años sin vernos me contó Manuel; hablábamos ya de todo, teníamos confianza.
Quizás eche de menos la tierra y la familia, con los años se busca más lo cercano le animé.
No sé… no estoy seguro.
Carmen llegó, igual de distante, poco sonriente, con la cabeza llena de sus propios asuntos. Manuel esperaba una charla delicada, aunque no tardó en llegar.
Papá, vengo por una razón. Quiero que vendamos tu piso y te mudes con nosotros. Vivirás allí con tu nieto, será más animado le soltó Carmen como si ya estuviera decidido.
A Manuel le incomodó mucho la idea de dejar su hogar y su vida por la supervisión constante de una hija poco cariñosa. Rechazó educadamente, diciendo que estaba acostumbrado a estar solo.
Pero Carmen insistía. Supo que su padre y yo éramos amigos y se presentó en mi casa. Saludó cortésmente, se sentó en la cocina. Yo saqué té, bombones y mi preciada mermelada de diente de león.
Dime, Carmencita le dije con afabilidad.
He notado que eres muy cercana a mi padre. ¿No podrías convencerle sobre algo que me importa?
¿Y qué es?
Ayúdame a convencerle de vender el piso… ¿Para qué necesita tantos metros viviendo solo? Piensa en lo demás dijo abrupta.
Me sorprendieron su frialdad y cálculo. Le respondí que no podía ni quería meterme en esos asuntos. Carmen cambió de aspecto: se puso roja como un tomate y empezó a gritar:
¡Ah, claro! Seguramente quieres quedarte con el piso tú misma. Has encontrado a un viejo solitario y quieres prepararle la dote a tu nieta… Qué bien os lo pasáis en el parque, hablando de mermeladas y flores del campo. Dos paletos… ¿Ya habéis pedido hora en el registro civil? Te advierto, no conseguirás nada, bruja vieja y salió dando un portazo.
Me dio vergüenza que los vecinos oyeran sus gritos. Pero pronto Carmen se marchó. Empecé a evitar a Manuel, me cruzaba con él y apuraba para entrar en casa.
Aun así, la vida pone a cada uno en su sitio. Un día regresaba del mercado y allí estaba Manuel, esperándome con flores amarillas, hacía hasta una corona con dientes de león.
Teresa, no te escapes. Siéntate un momento y perdona a mi hija por lo que te dijo. Sé perfectamente lo que puede salir de su boca… Todo lo que pasó ya lo hablamos. He ayudado y seguiré ayudando a mi nieto, pero mi hija… No puede ser tan cruel. Al final se marchó diciendo que ya no tiene padre. Y yo… Manuel calló, pero me ofreció la coronita de dientes de león. Toma, y además he hecho mermelada de diente de león, deberías probarla, es muy sana. Incluso para las ensaladas sirve me dijo mientras sonreía.
Esa tarde, hablamos sobre las virtudes de los dientes de león y preparamos una ensalada juntos. Probé la mermelada en mi té y me enamoró. Por la noche nos fuimos al parque.
Tengo el último número de nuestra revista favorita, vamos a leerlo en nuestro banco bajo el tilo me dijo Manuel al llegar.
No tardamos en sumergirnos en la lectura y la charla, y se nos olvidó el mundo. Estábamos bien juntos, y eso nos bastaba.
Gracias por leer, por seguirme y por apoyarme. ¡Os deseo mucha suerte en la vida!







