Me negué a cuidar de mis nietos todo el verano y mi hija me amenazó con meterme en una residencia de…

Life Lessons

¿Pero mamá, se te ha ido la cabeza? ¿Qué balneario ni qué nada? ¡¿Benidorm ahora?! ¡Tenemos las vacaciones cerradas para las Islas Canarias, salimos en una semana! ¿Sabes el dineral que perdemos si no vamos?

El tono de Leticia daba miedo, rebotaba por la pequeña cocina de su madre como un trueno en la llanura manchega. Aquel rostro enfurecido, perfectamente maquillado, no parecía el de su niña, a la que tanto le gustaba hacer trenzas. Rosa María mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, los nudillos lívidos por pura tensión.

Leti, cariño, bájale al tono, que me va a subir la tensión susurró Rosa María. Te lo avisé en febrero: este verano pensaba cuidar mi salud. Las rodillas ya me hacen la vida imposible, subo y bajo la escalera como un cangrejo. El médico me lo ha puesto claro: balneario. El dinero es mío, ahorrado céntimo a céntimo de mi pensión. ¿Por qué tendría que anularlo todo ahora?

¡Porque somos familia! bramó Leticia, plantándose frente a ella con las manos en la cintura. ¡Las abuelas están para ayudar con los nietos! ¿O te piensas que te vas a pasear por la costa mientras Daniel y yo nos desgastamos trabajando? ¡Llevamos un año sin vacaciones, mamá, UN AÑO! Encontramos oferta buenísima en Las Palmas, llevar a los niños sale carísimo y necesitamos descansar, no estar todo el día corriendo detrás de ellos por la playa. Los tienes que llevar al pueblo, no hay más que hablar.

Ese no hay más que hablar era el mantra familiar desde que Leticia se emancipó. Primero: Mamá, cuida a Julián, me reincorporo al trabajo, que hay que pagar la hipoteca. Luego: Mamá, acaba de nacer Rubén, ahora te tocan dos. Y Rosa María siempre ahí, postergándose, corriendo a urgencias, llevando mochilas llenas de merienda y recogiendo niños de extraescolares. Pero ya tenían doce y nueve, dos terremotos dispuestos a desmontarle la vieja casa familiar en Ávila en sólo una semana. Exigían atención, energía, cántaras de comida, lavadoras infinitas. Rosa se sentía agotada incluso antes de imaginárselo.

Leticia, no puedo, de verdad dijo firme. No estoy para correr atrás de dos chicos tan movidos, ni para meterme en el río ni para paseos en bici. Si les pasara algo, no me lo perdonaría jamás. Además, ya está todo pagado, el tren lo cojo el dos de junio.

Leticia guardó silencio, mirándola con una frialdad que helaba. El único ruido era el viejo frigorífico barajando la muerte en la esquina.

¿Prefieres tu salud a tus nietos? preguntó despacio, masticando cada sílaba como si fueran clavos.

Leticia, sólo pido por primera vez en sesenta y cinco años tiempo para mí. ¿Eso es tan grave?

De acuerdo Leticia cambió al susurro, pero ese sosiego era peor que los gritos. Vamos a hablar como adultas: tú, con tus tres dormitorios en el centro de Salamanca, sola como una reina. Nosotros en un cuchitril a las afueras, hipotecados, con dos niños y el coche por pagar. ¿Y encima te atreves a imponernos condiciones?

Esa casa me la dejaron mis padres, y me la gané trabajando replicó Rosa. Además, os ayudé con la entrada, ¿lo olvidas? Vendí el taller de mi padre por eso.

¡Eso fueron migajas! se burló Leticia. Atención, mamá: Si insistes en largarte y nos abandonas en este apuro, sacaré mis conclusiones. Si no puedes cuidar a tus nietos, tampoco podrías estar sola. ¿Y si dejas el gas abierto, o te olvidas de cerrar el grifo?

¿Insinúas algo? el corazón de Rosa María se detuvo un compás.

No, te lo digo claro. Hay residencias y fundaciones para mayores estupendas. Médicos, comida, ninguna preocupación, y podríamos vender o alquilar el piso para pagar la hipoteca. ¿Para qué lo quieres tú sola? Total, tarde o temprano será nuestro. ¿O no?

A Rosa le temblaba todo. Su propia hija, la niña de los noventa, esa a la que anteponía todo, la estaba chantajeando con enviarla al asilo.

¿Vas a dejarme en una residencia, Leticia?, ¿con una hija viva?

No es una residencia cualquiera, mamá; es un centro fantástico, privado si quieres. Si ya no eres capaz de ejercer de abuela, es que eres dependiente. No costaría nada que un médico amigo certifique que empiezas a desvariar. Con tu edad, cuela.

Fuera susurró Rosa.

¿Qué?

¡Que te largues! Y ni se te ocurra traer a los niños, aquí mando yo y la vivienda es mía.

Leticia se marchó despacio, mirando la cocina como si jamás fuera a volver.

Perfecto. Grita todo lo que quieras. Si te da el jamacuco, llamo al 112 y lo dejamos por escrito: deterioro cognitivo. Tienes hasta mañana, mamá. O aceptas y aquí paz y después gloria, o empiezo el papeleo de tutela, y no dudes que lo lograré. Soy cabezota, igual que tú.

Cerró la puerta y Rosa, deshecha, se dejó caer en el taburete. Las piernas flojas, el alma desgarrada. ¿Cuándo se había transformado su niña en esto? Pasó toda la tarde en silencio, entre pensamientos que revoloteaban como tordos asustados. Imaginó el geriátrico: paredes impersonales, ambientador de lejía, otros viejos desconocidos. Le entró pavor. Leticia no era de bromear. Y Daniel, su yerno, se dejaba arrastrar por la corriente.

Esa noche, apenas durmió. Pero de madrugada, al filtrarse la luz por la cortina raída, en vez de miedo sintió rabia: limpia, fría, lúcida. Siempre había vivido al servicio de otros. ¿Todo por ser sumisa? ¿Por creer que la generosidad obligaba?

Al alba se tomó la pastilla para el corazón, se puso su mejor traje y, empuñando la carpeta con las escrituras, pusó rumbo a un despacho de abogados.

Allí le atendió una letrada joven, que tras oír el relato le dio calma y certezas:

Doña Rosa, no se preocupe. Nadie puede internar a una persona válida legalmente sin sentencia judicial. Para eso hacen falta peritajes, comisiones Mientras usted esté lúcida y disponga de su piso, nadie puede moverla. Conseguir un informe psiquiátrico será suficiente para blindarse. Y si tiene testamento, consúltelo o modifíquelo según vea.

Rosa salió sintiendo que se quitaba cien kilos de encima. Fue a la consulta, consiguió su informe de salud mental, y desvió parte de los ahorros a una cuenta desconocida para Leticia. Al volver a casa, el móvil no paraba de sonar. Lo ignoró. Abrió el viejo maletón de las vacaciones, metió vestidos, sandalias y libros.

Por la tarde, alguien aporreó la puerta. Era Leticia. Rosa sólo abrió con la cadena puesta.

¿Por qué no coges el teléfono? Ya he traído cosas de los niños, mañana te los dejamos a primera hora.

Eso no va a pasar, Leticia. Mañana me voy a Benidorm.

¿Pero te has vuelto loca? ¿No te acuerdas de lo de la residencia?

Claro que sí. Hoy he ido al notario y tengo aquí un papel del psiquiatra: Capacitada, sin signos de demencia. Además, me han explicado qué supone falsear informes y coaccionar legalmente. Y también he dado orden al notario para negociar una donación a una fundación de pensionistas si lo considero pertinente. Si alguien intenta incapacitarme, se queda sin casa.

Leticia se puso lívida. Sabía que su madre no gastaba palabras en vano.

¿Me quitarás el piso a mí, tu propia hija?

¿Y tú querrías meterme en una residencia solo para irte de vacaciones? Así que lo repito: mañana cojo el tren. Dejo las llaves a la vecina, Maruja, para que riegue las plantas, a ti no. Ah, y he cambiado la cerradura.

¿¡Has cambiado la cerradura!? Mamá, esto ya es paranoico.

Lo llamo sentido común. No quiero volver y encontrar mis cosas en la basura. Yo a los nietos los adoro, pero soy abuela, no sirvienta. Y progenitora, sólo de ti. Si queréis vacaciones, buscad niñera o campamento. Yo ya he hecho bastante.

Intentó cerrar la puerta, pero Leticia frenó con el pie.

Mamá, espera Perdona por lo de ayer, se me fue la cabeza. Es el trabajo, los nervios, el viaje Los niños se portarán bien, tendrán la tablet, ni los notarás.

No, Leticia. Lo tengo decidido. Retira el pie si no quieres que llame a la Policía, que tengo que madrugar.

Leticia la miró y por un segundo a Rosa le pareció ver en sus ojos un destello de admiración. O de puro miedo.

¡Pues vete a tu dichoso balneario! escupió por fin. ¡Pero no esperes ni bienvenida a la vuelta, ni que te cuidemos cuando no puedas contigo!

No lo espero, hija. Ya tengo quién me defienda. Que tengas buen vuelo.

Cerró a cal y canto. El pulso a mil, las piernas temblorosas, pero el corazón ligero. Había defendido su derecho a vivir como quería.

Al día siguiente, Rosa saludó al portal con todas las mejores galas, la maleta rodando tras ella. Daniel, el yerno, la observaba desde el coche, fingiendo no verla. Nada nuevo: hacer caso a Leticia era su rutina.

Pronto el tren volaba hacia el sur. Campos secos, álamos y encinas pasaban por la ventana. Rosa sorbía café de su termo mientras el traqueteo del tren la iba curando. Compartía vagón con Carmen, una señora dicharachera que también se dirigía al balneario.

Yo a los nietos, los sábados y con cita previa, que no somos de hierro le contaba Carmen, untando sobrasada en pan. Ya nos aprendieron, y hasta nos respetan.

Rosa sonrió.

He hecho lo mismo, aunque de forma drástica.

Las semanas en Benidorm fueron pura gloria: baños termales, masajes, paseos al mar, noches de teatro en buena compañía. Se le quitó el color gris de la cara, rejuveneció el ánimo y hasta fantaseó con que la vida podía ser aún generosa.

Apenas miró el móvil. Los mensajes de Leticia iban de la ira al lamento: Nos arruinaste las vacaciones, hemos tenido que hipotecarnos más, Julián con fiebre, yo al borde de la locura, ¿Cuándo vuelves?. Rosa contestaba, escueta, cortés: Ánimo, Vuelvo el 24.

Volver le daba miedo: ¿Le habrían tomado la casa? ¿Habría guerra campal?

Pero el piso olía igual, las plantas cuidadas, y encontró una nota de Maruja: Leticia ha venido a exigir las llaves, decía que había rotura en el baño. No le di nada. Mucho ánimo, Rosa.

Esa noche Leticia se presentó, sin asaltos ni aspavientos, sólo derrotada.

¿Ya en casa? fue todo lo que dijo.

Sí, ¿quieres un té?

Leticia se sentó en la misma silla de la pelea.

Ha salido caro al final el viaje. Tuvimos que buscar otro hotel con niños, recortar gastos. Daniel está que trina.

Lo que importa es que han visto el mar, mujer.

Silencio. Leticia jugueteaba con su taza.

¿De verdad hablaste con el notario y el tema de la donación?

Así es. Los papeles están listos. Todo depende de cómo sigamos.

Leticia levantó la vista y Rosa vio su cansancio y su culpa.

Mamá, yo me vine abajo. Sé que no fue justo amenazarte. Pero siempre has estado ahí, nunca dices no, y de pronto te rebelaste. Me desubicó.

Rosa tocó el hombro de su hija. Ya no estaba dolida, sólo triste.

No es rebeldía, Leticia. Es respeto propio. Amo a mis nietos, pero ayudo cuando puedo, no por obligación. Si queréis que estén conmigo, avisad antes, y si me encuentro bien, encantada. Si no, apañáos.

Vale, mamá. Me queda claro.

No te daré más llaves. Venid cuando queráis, pero toca el timbre, así dormiré tranquila.

Leticia asintió limpiándose las lágrimas.

Sólo dime que no has cambiado el testamento.

No he hecho cambios. La casa será tuya cuando toque. Pero no conviene adelantar esos tiempos; en el balneario me dijeron que tengo corazón de veinteañera.

Tomaron el té calladas. Ni guerra ni reconciliación, sólo pacto de no agresión. Leticia se marchó, prometiendo llevar a los niños unos días después, sólo para merendar.

Rosa cerró tras ella. El mando del hogar volvía a sus manos. Por fin, capitana de su propia vida. Desde la ventana, la ciudad prendía sus farolas y Rosa sonrió. Había atravesado la tormenta y seguía en pie.

Al siguiente fin de semana tuvo a Julián y Rubén en casa, bronceados y charlatanes.

¡Abuela, vimos medusas! gritaba Rubén. ¡Y papá se quemó!

Comieron tortitas, contaron historias. Leticia no criticó nada. Se despidieron rápido.

Cuando por fin se quedó sola, Rosa se acomodó en su butaca con su libro. Había quien diría que era soledad, pero ella lo sentía como libertad bien ganada. Aprendió que para ser querida no hace falta amoldarse a todos, y para ser respetada, hay que defenderse. Aunque sea armada únicamente con la dignidad y el conocimiento de la ley.

Esa misma semana se apuntó a natación y a un club de mayores activos. La vida a los sesenta y cinco, en España, sólo empieza si una misma toma el timón.

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