Querido diario,
A los dieciocho años di a luz a mi primera hija, a la que llamé **Ainhoa**. La experiencia me enseñó que el parto, por sí mismo, no es una pesadilla. En aquel momento la gestación subrogada ya estaba bastante extendida y empezaba a considerarla como una opción seria.
Mi familia no era acomodada; mis padres apenas podían mantener a mis tres hermanas y a mí. A los dieciséis contraje matrimonio con **David** y, con nuestra pequeña Ainhoa, apenas llegábamos a fin de mes. No teníamos dinero ni vivienda propia, así que nos instalamos en un pequeño piso del barrio y nos las ingeniamos para sobrevivir. Yo quería probar la subrogación, pero David se mostraba reacio y, por mucho que intentara convencerle, no lograba que viera esa vía como la solución a nuestros problemas.
Un tiempo después nació nuestra segunda hija, **Lorea**. La situación se volvió aún más dura y David, cansado de la presión, abandonó el hogar. Me quedé sola con dos niñas pequeñitas. Por suerte mi madre y mis hermanas me echaron una mano: mientras trabajaba, ellas cuidaban de Ainhoa y Lorea. Aun así, el dinero seguía escaso y, tras mucho reflexionar, decidí poner en marcha la idea que llevaba rondando la cabeza años atrás.
Me trasladé a **Madrid** y solicité entrar en una clínica de gestación subrogada. Los intentos de implantación fueron varios y ninguno prosperó; el último terminó en un aborto espontáneo. Regresé a casa desanimada y pensé en renunciar. Sin embargo, seis meses después vi un anuncio en internet de una clínica que ofrecía condiciones muy atractivas. Llamé y, aunque la incertidumbre seguía, pensé: «Si funciona, bien; si no, será lo que el destino quiera».
Esta vez todo salió como esperaba. Durante doce meses vivíamos con las niñas en un bonito apartamento de un edificio nuevo. Los futuros padres del bebé que llevaba para ellos no fueron tacaños: nos consentían con alimentos de calidad, les regalaban juguetes a nuestras hijas, pagaban nuestras entradas al cine y al parque de atracciones. Nueve meses después di a luz a un niño sano y precioso, al que llamamos **Santiago**.
Regresamos a mi ciudad natal, **Sevilla**, y la cantidad obtenida por la subrogación fue suficiente para comprar un piso de dos habitaciones en la misma zona donde crecí. Con ese techo bajo nuestros pies, nos sentimos seguros para seguir adelante.
Dos años más tarde, volví a ser madre subrogada para una familia de **China**; el niño nació sano y también encontró hogar con sus padres.
Hoy vivo con mis hijas en una casa amplia del centro de Sevilla. Ellas tienen todo lo necesario para ser felices. Algunos me critican, pero no veo nada de errado en buscar los medios que nos permitan ofrecer una vida digna a nuestra familia, aunque el camino sea poco convencional.
**Lección personal:** a veces hay que romper con lo tradicional y arriesgarse, porque al final la seguridad y el bienestar de los que amamos son lo que realmente cuenta.







