Me convertí en criada
Diario de Ángela Pérez
Cuando decidí casarme, mi hijo y mi nuera se quedaron en shock al recibir la noticia, sin saber realmente cómo reaccionar de la forma adecuada.
¿Estás segura de que quieres cambiar radicalmente tu vida a tu edad? me preguntó Lucía, mirando de reojo a su marido.
Mamá, ¿por qué hacer cosas tan precipitadas? replicó nervioso Daniel. Entiendo que llevas muchos años sola y prácticamente dedicaste media vida a criarme, pero ahora casarte Es absurdo.
Sois jóvenes, por eso pensáis así les respondí con tranquilidad. Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto tiempo me queda. Pero tengo todo el derecho de vivir lo que me resta con una persona a la que amo.
Entonces, no te precipites con la boda intentó hacerme entrar en razón Daniel. Ese Julián lo conoces desde hace apenas unos meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo.
A nuestra edad no hay tiempo que perder reflexioné. ¿Y qué más necesito saber? Es dos años mayor que yo, vive con su hija y la familia en un piso grande en Salamanca, cobra una pensión más que decente y tiene una casita en el pueblo.
¿En dónde vais a vivir? Daniel no comprendía. Aquí estamos juntos, pero un adulto más sería impensable en este piso.
No os preocupéis, Julián no tiene interés en mudarse a nuestra casa, así que seré yo quien se traslade con él les expliqué. Su piso es espacioso, con su hija, Susana, hemos conectado bien; todos somos adultos, no hay motivo para discusiones ni conflictos.
Daniel estaba agobiado. Lucía intentaba que él comprendiera y aceptara mi decisión.
¿Y si somos unos egoístas? decía ella. Claro, nos viene bien que tu madre nos ayude, y que se haga cargo de Paula muchas tardes. Pero tiene derecho a montar su vida. Si tiene la oportunidad, no deberíamos impedírselo.
No me importaría que viviera con él, pero ¿casarse? ¿Para qué estridencias de boda, con vestido blanco y toda la parafernalia? refunfuñaba Daniel.
Son de otra generación, probablemente así se sienten más seguros y tranquilos intentaba razonar Lucía.
Al final, me casé con Julián, al que conocí por casualidad en el parque, y me mudé con él a su piso. Al principio todo parecía perfecto; la familia me recibió, el marido era atento, y sentí que la vida, por fin, me concedía la posibilidad de ser feliz y disfrutar cada día. Sin embargo, no tardó en aflorar la realidad de la convivencia.
¿Podrías preparar hoy una caldereta para cenar? me preguntó Susana. Yo iría a la cocina, pero con el trabajo tengo un lío tremendo y no me da tiempo para nada. Tú, en cambio, tienes más disponibilidad.
Capté la indirecta. A partir de entonces asumí la cocina, y con ello vinieron las compras diarias, la limpieza, la colada y, para rematar, la responsabilidad de la casa en el pueblo.
Ahora que estamos casados, la casa del pueblo es cosa de los dos afirmó Julián. Ni Susana ni su marido pueden acercarse, su hija es muy pequeña, así que nos toca a nosotros.
No me disgustaba: me agradaba formar parte de una familia numerosa y cálida, en la que todos remaban juntos. Con mi primer marido no hubo tal suerte; era vago y astuto, y terminó marchándose cuando Daniel cumplió diez años. Han pasado más de veinte años y seguimos sin saber nada de él. Ahora todo parecía tener sentido, los quehaceres no me pesaban, y el cansancio no traía consigo amargura.
Mamá, ¿para qué te metes en líos en la casa del pueblo? insistía Daniel. Después de cada viaje te sube la tensión, ¿realmente te conviene?
Claro que sí, y además me gusta le contestaba. Julián y yo sacaremos buena cosecha, ya veréis, y compartiremos con todos.
Pero Daniel tenía sus reservas. En todos esos meses, ni una sola vez nos invitaron a visitarlos, ni siquiera para presentarnos. Daniel y Lucía invitaron a Julián; él prometió ir, nunca pudo por falta de tiempo, de energía, de ganas. Finalmente, aceptamos que la nueva familia no tenía deseos de estrechar lazos. Solo queríamos saber que yo estaba bien y era feliz.
Al principio así fue, las tareas domésticas me resultaban agradables. Pero la carga fue aumentando y llegó a agobiarme. Cuando íbamos al pueblo, Julián enseguida se quejaba de la espalda o del corazón y terminaba descansando; yo recogía ramas, barría hojas y acarreaba basura a la zanja.
¿Otra vez cocido? fruncía el ceño Antonio, el yerno de Julián. Ayer cenamos lo mismo, pensé que hoy tocaba otra cosa.
No tuve tiempo, y tampoco pude ir a la compra me disculpé. He estado lavando todas las cortinas y al colgarlas me mareé, tuve que tumbarme un momento.
Vale, pero que sepas que no me gusta el cocido apartaba el plato.
Mañana Ángela nos dará un banquete para chuparse los dedos añadía Julián ilusionado.
Y, efectivamente, al día siguiente me tiré horas en la cocina y por la noche desapareció todo en media hora. Luego limpiaba y volvía a empezar. Ya todo era motivo de queja para Susana y Antonio, y Julián solía ponerse de parte de ellos y presentarme como la responsable.
No soy una quinceañera, también me canso y no entiendo por qué debo hacerlo todo sola un día me rebelé.
Eres mi mujer, tu obligación es llevar la casa recordaba Julián.
Como tu esposa, tengo deberes, pero también derechos me salían las lágrimas.
Me tranquilizaba y volvía a esforzarme, tratando de agradar y mantener el buen ambiente. Pero llegó el día del colapso: Susana y Antonio tenían planes de salir con unos amigos y decidieron dejarme a su hija pequeña.
Que la niña se quede con el abuelo o venga con vosotros, porque yo me voy a ver a mi propia nieta dije firme.
¿Y por qué tenemos que adaptarnos a tus necesidades? saltó Susana.
No tenéis por qué, pero tampoco yo os debo nada recordé. Hoy es el cumpleaños de mi nieta, os avisé el martes. No sólo nadie lo tuvo en cuenta, encima pretendéis que me quede.
Esto no puede ser se alteró Julián. Susana se queda sin planes y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana.
No pasa nada salvo que podríamos ir los tres al cumpleaños de mis hijos o tú quedarte con la pequeña, mientras yo vuelvo después respondí, sin ceder.
Ya sabía yo que esta boda sólo traería problemas recriminó Susana. Cocina regular, limpia mal y solo piensa en sí misma.
Después de todo lo que he hecho por vosotros, ¿tú también piensas lo mismo? le pregunté a Julián. Sé sincero, ¿buscabas esposa o una criada para contentar todos los caprichos?
Estás equivocada, me echas la culpa sin motivo parpadeaba Julián.
Sólo quiero una respuesta clara no cedí.
Haz lo que quieras, pero en mi casa no tienen cabida esas actitudes dijo con orgullo.
Entonces dimito dije recogiendo mis cosas.
¿Me aceptáis de vuelta, aunque sea una abuela desastrosa? entré, con mi bolso y el regalo para mi nieta. Me casé, he vuelto, ya no quiero más historias; sólo decidme si me dejáis volver.
Por supuesto me abrazaron Daniel y Lucía. Tu cuarto te espera; estamos muy felices de tenerte de nuevo.
¿Felices de verdad? quise escuchar esas palabras.
¿Por qué no? ¿No es de eso de lo que uno se alegra cuando vuelve alguien a casa? respondió Lucía.
En ese momento supe que no era una sirvienta. Sí, ayudaba en casa, cuidaba a mi nieta, pero ni Daniel ni Lucía abusaban ni me tomaban por criada. Aquí era madre, abuela, suegra y un miembro más de la familia, nunca un servicio doméstico. Regresé definitivamente; pedí el divorcio y decidí no volver a pensar en aquella época que, aunque difícil, me hizo valorar lo que realmente importa.







