Me convertí en la sirvienta de la familia: Cuando Alina anunció que iba a casarse, su hijo y nuera se quedaron en shock y no supieron cómo reaccionar. – ¿Estás segura de que quieres cambiar radicalmente tu vida a esta edad? – preguntó Catalina, mirando a su marido. – Mamá, ¿de verdad hacen falta decisiones tan drásticas? – se ponía nervioso Rubén. – Entiendo que llevas muchos años sola y dedicaste tu vida a criarme, pero ahora casarte parece un disparate. – Sois jóvenes, por eso pensáis así – le contestó tranquila Alina. – Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto tiempo queda. Pero tengo todo el derecho a vivir lo que me queda junto a la persona que amo. – Entonces, no te precipites con la boda – intentaba hacerla entrar en razón Rubén. – Solo conoces a Julio desde hace unos meses y ya quieres cambiarlo todo. – A nuestra edad hay que aprovechar el tiempo y no hay que desaprovechar las oportunidades – razonaba Alina. – Además, ¿qué más necesito saber? Es dos años mayor que yo, vive con su hija y su familia en un piso de tres habitaciones, cobra buena pensión y tiene una casa en el campo. – ¿Y dónde vais a vivir? – no entendía Rubén. – Vivimos juntos y no hay sitio para una persona más aquí. – No os preocupéis, Julio no pretende ocupar nuestro espacio, así que yo me iré a vivir con él – explicaba Alina. – Su piso es grande, ya me llevo bien con su hija y su familia, todos son adultos, así que no habrá problemas de convivencia. Rubén se preocupaba, y Catalina intentaba convencerle de que aceptara la decisión de su madre. – Quizás solo somos unos egoístas – reflexionaba ella. – Claro que es cómodo que tu madre nos ayude y cuide a Clara a menudo, pero tiene todo el derecho de rehacer su vida. Si le ha salido la oportunidad, no deberíamos impedirlo. – Si solo vivieran juntos, pero ¿casarse? – seguía sin entender Rubén. – Ya solo nos faltaba verla de novia con vestido blanco y organizar una boda con juegos. – Son personas a la antigua, quizá les da seguridad y tranquilidad hacerlo así – intentaba justificar Catalina. Finalmente, Alina se casó con Julio, con quien se conoció por casualidad en la calle, y pronto se mudó a su piso. Al principio todo era normal: la familia la aceptó, el esposo no la maltrataba y Alina creyó que por fin tenía derecho a ser feliz. Solo que pronto empezaron a aparecer los primeros roces de la convivencia. – ¿Podrías preparar un asado para cenar? – se interesaba Inés. – Yo lo haría, pero el trabajo me tiene ocupada, y tú tienes más tiempo libre. Alina captó el mensaje y se encargó de cocinar y, de paso, hacer la compra, limpiar la casa, lavar la ropa e incluso ir a la casa del campo. – Desde que estamos casados, la finca es terreno común – decía Julio. – Mi hija y su marido trabajan y solo nosotros podemos encargarnos. Alina no discutía, le gustaba formar parte de una familia amplia y unida. Su primer marido no le había dado esa felicidad: era vago y astuto, y luego la abandonó cuando Rubén tenía diez años. Nadie supo nada de él después. Veinte años más tarde, todo parecía por fin correcto: las tareas no le pesaban, y el cansancio no le irritaba. – Mamá, ¿de verdad puedes trabajar en la finca? – intentaba opinar Rubén. – Después de cada viaje te sube la tensión, ¿te merece la pena? – Claro que sí, me gusta hacerlo y disfrutamos juntos – razonaba Alina. – Este año cultivaremos muchísimo y habrá para todos, os daremos también. Pero Rubén tenía dudas porque, después de varios meses, nadie los invitó nunca a pasar por casa, ni siquiera para conocerlos. Ellos sí invitaron a Julio, pero siempre estaba ocupado o cansado. Dejaron de insistir, aceptando que la nueva familia no tenía mucho interés en mantener la relación. Lo único que querían era saber que su madre era feliz. Al principio así fue, las tareas le provocaban alegría, pero cada vez eran más y eso empezaba a preocuparle. En la finca, Julio solía quejarse de dolor de espalda o de corazón y Alina sola recogía ramas, barría hojas y sacaba basura. – ¿Otra vez sopa? – se quejaba Antonio, el yerno de Julio. – Ayer ya la comimos, pensaba que hoy tocaba otra cosa. – No me ha dado tiempo a cocinar nada más, y tampoco pude ir a comprar – pedía disculpas Alina. – He estado lavando cortinas todo el día y me he tenido que tumbar a descansar. – Lo entiendo, pero no me gusta la sopa – apartaba el plato el yerno. – Mañana Alinita nos hará un banquete – respondía Julio. Y en efecto, al día siguiente Alina pasaba todo el día cocinando, y luego lo recogían todo en un suspiro. Después de cenar, tocaba limpiar la cocina y, así, día tras día. Ahora la hija y el yerno se quejaban por cualquier cosa, y Julio se ponía siempre de su parte y la hacía a ella responsable. – Pero yo también me canso y no entiendo por qué tengo que hacer todo sola – se quejó ella tras uno de aquellos episodios. – Eres mi esposa, debes encargarte del orden en la casa – le recordaba Julio. – Como esposa, tengo derechos además de deberes – decía Alina llorando. Después se calmaba y seguía intentando agradar y mantener la paz en casa. Pero un día no aguantó más. Ese día Inés y su marido iban de visita con amigos y quisieron dejar a su hija con Alina. – Que la niña se quede con el abuelo, o que vaya con vosotros, porque yo hoy tengo que visitar a mi nieta – explicó la mujer. – ¿Por qué todos debemos adaptarnos a ti? – protestó Inés enfadada. – No tenéis por qué, pero tampoco os debo nada – les recordó Alina. – Hoy es el cumpleaños de mi nieta y os lo avisé el martes. Nadie ha hecho caso y ahora quieren tenerme atada aquí. – No es justo, de verdad – se enfadó Julio. – Ahora Inés se queda sin plan y tu nieta es muy pequeña, puedes felicitarla mañana. – No pasa nada si vamos ahora los tres a visitar a mis hijos, o tú te quedas con tu nieta – insistió Alina. – Yo sabía que esta boda no iba a traer nada bueno – apuntó Inés. – Cocina normal, no mantiene la casa limpia y solo piensa en sí misma. – ¿De verdad piensas eso después de todo lo que he hecho aquí estos meses? – preguntó Alina a Julio. – ¿Buscabas una esposa o una criada para todos vuestros caprichos? – Ahora me estás culpando sin razón – se defendía Julio. – No busques problemas donde no los hay. – Solo quiero una respuesta clara – insistía la mujer. – Si hablas así, haz lo que quieras, pero aquí eso no se permite – sentenció Julio. – Pues entonces, me despido – dijo Alina y fue a recoger sus cosas. – ¿Me aceptáis de vuelta, aunque mi aventura fallara? – les dijo arrastrando su maleta y el regalo para su nieta. – Me casé, vuelvo, no preguntéis nada, solo decidme: ¿me aceptáis, sí o no? – Por supuesto – corrieron a abrazarla Rubén y Catalina. – Tu habitación te espera y nos alegra verte de vuelta. – ¿De verdad es por alegría? – quiso Alina asegurarse. – ¿Por qué si no uno se alegra de que vuelva la familia? – respondía Catalina. En ese momento, Alina supo que ahí no sería la sirvienta. Claro que ayudaba en la casa y a cuidar a su nieta, pero su hijo y nuera nunca abusaron de ella, ni se aprovecharon. Con ellos era madre, abuela, suegra, miembro de la familia y no la criada. Alina volvió a su hogar, pidió el divorcio y procuró no recordar nunca más lo vivido.

Life Lessons

Me convertí en criada

Diario de Ángela Pérez

Cuando decidí casarme, mi hijo y mi nuera se quedaron en shock al recibir la noticia, sin saber realmente cómo reaccionar de la forma adecuada.

¿Estás segura de que quieres cambiar radicalmente tu vida a tu edad? me preguntó Lucía, mirando de reojo a su marido.

Mamá, ¿por qué hacer cosas tan precipitadas? replicó nervioso Daniel. Entiendo que llevas muchos años sola y prácticamente dedicaste media vida a criarme, pero ahora casarte Es absurdo.

Sois jóvenes, por eso pensáis así les respondí con tranquilidad. Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto tiempo me queda. Pero tengo todo el derecho de vivir lo que me resta con una persona a la que amo.

Entonces, no te precipites con la boda intentó hacerme entrar en razón Daniel. Ese Julián lo conoces desde hace apenas unos meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo.

A nuestra edad no hay tiempo que perder reflexioné. ¿Y qué más necesito saber? Es dos años mayor que yo, vive con su hija y la familia en un piso grande en Salamanca, cobra una pensión más que decente y tiene una casita en el pueblo.

¿En dónde vais a vivir? Daniel no comprendía. Aquí estamos juntos, pero un adulto más sería impensable en este piso.

No os preocupéis, Julián no tiene interés en mudarse a nuestra casa, así que seré yo quien se traslade con él les expliqué. Su piso es espacioso, con su hija, Susana, hemos conectado bien; todos somos adultos, no hay motivo para discusiones ni conflictos.

Daniel estaba agobiado. Lucía intentaba que él comprendiera y aceptara mi decisión.

¿Y si somos unos egoístas? decía ella. Claro, nos viene bien que tu madre nos ayude, y que se haga cargo de Paula muchas tardes. Pero tiene derecho a montar su vida. Si tiene la oportunidad, no deberíamos impedírselo.

No me importaría que viviera con él, pero ¿casarse? ¿Para qué estridencias de boda, con vestido blanco y toda la parafernalia? refunfuñaba Daniel.

Son de otra generación, probablemente así se sienten más seguros y tranquilos intentaba razonar Lucía.

Al final, me casé con Julián, al que conocí por casualidad en el parque, y me mudé con él a su piso. Al principio todo parecía perfecto; la familia me recibió, el marido era atento, y sentí que la vida, por fin, me concedía la posibilidad de ser feliz y disfrutar cada día. Sin embargo, no tardó en aflorar la realidad de la convivencia.

¿Podrías preparar hoy una caldereta para cenar? me preguntó Susana. Yo iría a la cocina, pero con el trabajo tengo un lío tremendo y no me da tiempo para nada. Tú, en cambio, tienes más disponibilidad.

Capté la indirecta. A partir de entonces asumí la cocina, y con ello vinieron las compras diarias, la limpieza, la colada y, para rematar, la responsabilidad de la casa en el pueblo.

Ahora que estamos casados, la casa del pueblo es cosa de los dos afirmó Julián. Ni Susana ni su marido pueden acercarse, su hija es muy pequeña, así que nos toca a nosotros.

No me disgustaba: me agradaba formar parte de una familia numerosa y cálida, en la que todos remaban juntos. Con mi primer marido no hubo tal suerte; era vago y astuto, y terminó marchándose cuando Daniel cumplió diez años. Han pasado más de veinte años y seguimos sin saber nada de él. Ahora todo parecía tener sentido, los quehaceres no me pesaban, y el cansancio no traía consigo amargura.

Mamá, ¿para qué te metes en líos en la casa del pueblo? insistía Daniel. Después de cada viaje te sube la tensión, ¿realmente te conviene?

Claro que sí, y además me gusta le contestaba. Julián y yo sacaremos buena cosecha, ya veréis, y compartiremos con todos.

Pero Daniel tenía sus reservas. En todos esos meses, ni una sola vez nos invitaron a visitarlos, ni siquiera para presentarnos. Daniel y Lucía invitaron a Julián; él prometió ir, nunca pudo por falta de tiempo, de energía, de ganas. Finalmente, aceptamos que la nueva familia no tenía deseos de estrechar lazos. Solo queríamos saber que yo estaba bien y era feliz.

Al principio así fue, las tareas domésticas me resultaban agradables. Pero la carga fue aumentando y llegó a agobiarme. Cuando íbamos al pueblo, Julián enseguida se quejaba de la espalda o del corazón y terminaba descansando; yo recogía ramas, barría hojas y acarreaba basura a la zanja.

¿Otra vez cocido? fruncía el ceño Antonio, el yerno de Julián. Ayer cenamos lo mismo, pensé que hoy tocaba otra cosa.

No tuve tiempo, y tampoco pude ir a la compra me disculpé. He estado lavando todas las cortinas y al colgarlas me mareé, tuve que tumbarme un momento.

Vale, pero que sepas que no me gusta el cocido apartaba el plato.

Mañana Ángela nos dará un banquete para chuparse los dedos añadía Julián ilusionado.

Y, efectivamente, al día siguiente me tiré horas en la cocina y por la noche desapareció todo en media hora. Luego limpiaba y volvía a empezar. Ya todo era motivo de queja para Susana y Antonio, y Julián solía ponerse de parte de ellos y presentarme como la responsable.

No soy una quinceañera, también me canso y no entiendo por qué debo hacerlo todo sola un día me rebelé.

Eres mi mujer, tu obligación es llevar la casa recordaba Julián.

Como tu esposa, tengo deberes, pero también derechos me salían las lágrimas.

Me tranquilizaba y volvía a esforzarme, tratando de agradar y mantener el buen ambiente. Pero llegó el día del colapso: Susana y Antonio tenían planes de salir con unos amigos y decidieron dejarme a su hija pequeña.

Que la niña se quede con el abuelo o venga con vosotros, porque yo me voy a ver a mi propia nieta dije firme.

¿Y por qué tenemos que adaptarnos a tus necesidades? saltó Susana.

No tenéis por qué, pero tampoco yo os debo nada recordé. Hoy es el cumpleaños de mi nieta, os avisé el martes. No sólo nadie lo tuvo en cuenta, encima pretendéis que me quede.

Esto no puede ser se alteró Julián. Susana se queda sin planes y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana.

No pasa nada salvo que podríamos ir los tres al cumpleaños de mis hijos o tú quedarte con la pequeña, mientras yo vuelvo después respondí, sin ceder.

Ya sabía yo que esta boda sólo traería problemas recriminó Susana. Cocina regular, limpia mal y solo piensa en sí misma.

Después de todo lo que he hecho por vosotros, ¿tú también piensas lo mismo? le pregunté a Julián. Sé sincero, ¿buscabas esposa o una criada para contentar todos los caprichos?

Estás equivocada, me echas la culpa sin motivo parpadeaba Julián.

Sólo quiero una respuesta clara no cedí.

Haz lo que quieras, pero en mi casa no tienen cabida esas actitudes dijo con orgullo.

Entonces dimito dije recogiendo mis cosas.

¿Me aceptáis de vuelta, aunque sea una abuela desastrosa? entré, con mi bolso y el regalo para mi nieta. Me casé, he vuelto, ya no quiero más historias; sólo decidme si me dejáis volver.

Por supuesto me abrazaron Daniel y Lucía. Tu cuarto te espera; estamos muy felices de tenerte de nuevo.

¿Felices de verdad? quise escuchar esas palabras.

¿Por qué no? ¿No es de eso de lo que uno se alegra cuando vuelve alguien a casa? respondió Lucía.

En ese momento supe que no era una sirvienta. Sí, ayudaba en casa, cuidaba a mi nieta, pero ni Daniel ni Lucía abusaban ni me tomaban por criada. Aquí era madre, abuela, suegra y un miembro más de la familia, nunca un servicio doméstico. Regresé definitivamente; pedí el divorcio y decidí no volver a pensar en aquella época que, aunque difícil, me hizo valorar lo que realmente importa.

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