Don Alejandro, ¿puedo hablar con usted un momento? La cabeza rubia de Lucía apareció en la puerta del despacho. Habitualmente caprichosa y demasiado escandalosa, hoy traía un tono inusualmente comedido y educado.
¿Qué deseas? El hombre apartó la vista de la pantalla del ordenador y miró a su hijastra con cierto recelo.
Tengo que pedirle algo importante, Lucía no esperó a que su padrastro la invitara a pasar. Atravesó la puerta con descaro, la cerró tras de sí y se sentó frente al hombre, que no comprendía nada.
No voy a subirte el sueldo, respondió seco don Alejandro, como si ya supiera a qué venía Lucía. Ni lo intentes. No cumples con tu trabajo, siempre llegas tarde y retrasas todo, haciéndome quedar mal ante los demás. No era la primera vez que el hombre le reprochaba a la hija de su difunta esposa su falta de responsabilidad. Le irritaba su tendencia a buscar conflicto con los compañeros y a tejer intrigas contra quienes no toleraba.
Hacía meses que el director de la empresa pensaba en despedir a la díscola Lucía, pero la cobardía de herir a la hija de la mujer a la que amó se lo impedía. Se había casado con Carmen quince años atrás y aquella unión fue feliz hasta que, tres años antes, el cáncer le ganó la batalla a Carmen. Desde entonces, don Alejandro había sentido cierta pena por la hija de su esposa, tan impulsiva y físicamente parecida a ella.
Lo del salario ya lo tengo aceptado, bufó Lucía, contrariada. Si vengo es por otra cosa.
¿Y de qué se trata, entonces? El hombre arqueó una ceja, adelantando el torso con interés.
Don Alejandro la joven se encogió en la silla, vacilando, usted sabe lo mal que lo he pasado desde que mamá murió. Ella era la única persona que me quería de verdad y me apoyaba en todo en este mundo…
Y por eso la martirizabas tanto, ¿verdad? frunció el ceño Alejandro. Recordaba bien la relación entre Carmen y Lucía. Su esposa amó profundamente a su hija, aunque la chica siempre fuera indisciplinada, provocando en la madre ansiedad y preocupación constantes. ¿A dónde quieres llegar?
Don Alejandro Lucía jugueteaba inquieta con sus dedos, incapaz de formular su petición, ¿no podría ayudarme económicamente? Quisiera iniciar un negocio propio, pero tengo que estudiar y me falta dinero.
No, cortó el hombre de inmediato. Con tu actitud no sacarías adelante ni un pequeño puesto de churros. Te lo he dicho mil veces: Lucía, tienes que madurar. Sigues siendo esa adolescente difícil que nunca quiso escuchar.
Le juro que si me apoya con el inicio del negocio, cambiaré. Estoy cansada de esta vida sin rumbo, quiero trabajar, hacer carrera, casarme tener hijos como cualquiera
Ya, Alejandro resopló y la miró de una manera extraña, algo alterado. ¿Es que tienes ya a alguien? ¿Un pretendiente?
Ojalá. Lucía hizo un gesto rápido con la mano. Si así fuera, no estaría aquí pidiéndole ayuda. Todo es más fácil si tienes pareja, ¿no?
En eso llevas razón pero los hay de todo tipo, dijo el hombre, tamborileando los dedos sobre la mesa. Parecía que deseaba decir algo, pero no se atrevía. Escucha, tengo una propuesta gracias a la que podrías vivir bien.
¿Una propuesta? Lucía abrió los ojos sorprendida, sin entender qué insinuaba el padrastro.
Estoy dispuesto a darte el dinero, pero con una condición, sonrió misteriosamente Alejandro, recostándose en la silla.
¿Qué condición? preguntó ella, tensa, sintiendo un escalofrío; ni en su peor pesadilla imaginaba las intenciones de su padrastro.
Cásate conmigo, y tendrás todo cuanto sueñes, soltó él con frialdad, entrelazando los dedos y mirándola como si fuera un trato de negocios.
¿Casarme con usted? Primero Lucía se quedó petrificada, luego soltó una carcajada pensando que era broma. ¡Vaya ocurrencia, don Alejandro! ¿Así se burla usted de su hijastra?
¿Quién dice que bromeo? Alejandro la miró con seriedad y esa firmeza heló a Lucía. La diferencia de edad no importa; los dos somos adultos y podríamos hacernos felices.
¿Felices? ¡Si podría ser mi padre! ¿Para qué le sirvo yo? Lucía se sintió indignada. Alejandro tenía cuarenta y cinco, parecía más joven y estaba en forma, pero ella no podía tomar su propuesta en serio, ni imaginar por qué él quería casarse con ella teniendo a tantas mujeres respetables interesadas en él.
Seguramente sabes que busco expandir la empresa y cerrar un convenio con una importante compañía leyó la pregunta muda en el rostro de Lucía y decidió aclarárselo todo. Según exigen, para el contrato debo estar casado. Son costumbres de los socios extranjeros, piensan que un hombre casado transmite mayor confianza y estabilidad.
Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué no otra?
Primero, porque nos conocemos hace años y sabes bien cuánto quise a tu madre. Segundo, sé que no irás pregonando por ahí que lo nuestro es sólo un paripé. Y tercero, sé que necesitas el dinero. Si aceptas, el negocio será tuyo, Alejandro dejó claro que la propuesta era completamente seria, como si hablaran entre empresarios.
¿Un matrimonio sólo de apariencia? ¿Sin ninguna relación real? Lucía transformó su queja en una especie de resignación.
Exactamente, sólo formal. ¿Aceptas o no? preguntó Alejandro con severidad.
Déjeme pensarlo.
Piénsalo, asintió él y le indicó la puerta.
Al cerrar la puerta, Alejandro dudó por un instante si no había cometido una locura. Conocía demasiado bien el carácter voluble de Lucía; fácil era que aceptase pero también que se echara atrás a última hora. Pero ya no había vuelta atrás.
Lucía nunca vio a Alejandro como un hombre, ni como su padre. Jamás la adoptó legalmente; sus encuentros eran escasos y distantes. Sin embargo, tras esa conversación algo cambió en su interior: Alejandro era atractivo, elegante, seductor y sobre todo, adinerado.
Finalmente, Lucía aceptó su propuesta. Acordaron ir solamente ante el juzgado y luego hacer vida por separado.
La boda fue sencilla y, fiel a su palabra, Alejandro le regaló a su flamante esposa un piso amplio en pleno barrio de Salamanca, una generosa suma de euros para el negocio, la matrícula en uno de los mejores másteres de Madrid, y se ocupó de proporcionarle estabilidad.
Lucía también cumplió su parte: acompañaba a su marido en reuniones y eventos haciéndose pasar por la mujer perfecta y enamorada.
Con el paso de los meses, Lucía abandonó su estilo de vida despreocupado. Se volvió más serena y empezó a admirar cualidades de Alejandro que hasta entonces no había notado: su inteligencia, su generosidad, su humor sagaz. Le resultaba fascinante y, de viaje en viaje, la idea de separarse de él le parecía cada vez más dolorosa. Comprendía, por fin, por qué su madre lo amó tanto.
Durante un año, ni una vez se arrepintió de su elección.
Doce meses después, cuando Alejandro ya había firmado el contrato que requería una familia perfecta, ambos acordaron tramitar el divorcio. Pero los sentimientos habían cambiado: Alejandro ya no veía en Lucía a la chica problemática y Lucía ya no repudiaba la compañía de aquel hombre.
Gracias, ahora ya puedes volar por tu cuenta, dijo Alejandro.
¿Estás seguro de querer divorciarte? preguntó Lucía justo a las puertas del registro.
¿Tú no? Alejandro la miró directamente, leyendo la tristeza verdadera en sus ojos.
No quiero, confesó Lucía en voz baja.
Ni yo, replicó él, y la abrazó con sinceridad. Pero si te quedas a mi lado, tendrá que ser de verdad.
Sí quiero.
No entraron en el registro aquel día. Cambiaron su destino delante de la puerta.




