Marido por fin de semana

Life Lessons

El filete estaba colocado justo en el centro del plato. Alejandro lo miraba y sentía el estómago rugir traicioneramente.

Carmen, ¿me puedo hacer un bocadillo? Que tengo hambre.

Ale, la cena es en veinte minutos. Luego el plato fuerte se queda frío.

Solo es algo rápido, un trozo pequeño.

¿No puedes esperar veinte minutos? He cronometrado todo. Las patatas estarán listas a las siete y cuarto, el pollo a las siete y veinte. Si comes ahora, luego ni le vas a dar un bocado a la cena.

Alejandro suspiró en silencio y se sentó a la mesa. Carmen guardaba la compra en la nevera con la precisión de alguien que organiza una biblioteca: los bricks de leche a la derecha de la balda del medio, el queso abajo solo con quesos, los yogures por orden de fecha, los más antiguos delante.

¿Al menos puedo echarme un té?

Échatelo, pero solo una cucharadita de azúcar.

Carmen, que tengo ya una edad

Eres un candidato a diabético, Alejandro. Tu padre era diabético, tu abuelo también. Una cucharadita.

Alejandro fue a coger el hervidor, pero Carmen ya estaba a su lado. Le llenó la taza, midió con cuidado la cucharadita de azúcar y se la puso delante.

Toma. Bebe.

Miró la taza, luego a la espalda de Carmen, de nuevo absorta en la nevera. Probó el té: suave, casi sin azúcar. No dijo nada.

Fuera ya anochecía. Octubre en Madrid se hace oscuro temprano, y en su barrio de pisos apretujados, más aún. Las farolas alumbrando perfectamente rectas, los coches en sus plazas de siempre. Todo igual que cada día.

Él tenía cincuenta y siete, ella cincuenta y cinco y llevaban treinta años juntos. El piso, más limpio que un quirófano, y tan silencioso como una biblioteca.

***

El sábado siempre empezaba igual a las ocho de la mañana. No porque no quisieran dormir más, sino porque a esa hora comenzaba la lista de tareas. Carmen la escribía el viernes noche, letra firmísima y cuadriculada, en una libreta de cuadros.

Ocho cero cero. Desayuno.

Ocho y media. Fregona y limpieza húmeda.

Diez en punto. Supermercado. El de la calle Ibiza primero, luego droguería.

Doce. Almuerzo.

Una de la tarde. Descanso, una hora.

Dos. Visita a la tía Remedios.

Cinco. Vuelta a casa.

Cinco y media. Merienda-cena.

Seis y media. Tele o un libro.

Diez. A la cama.

Alejandro sabia la lista de memoria, no porque la leyera sino porque no cambiaba desde hacía quince años. Solo el nombre del familiar o el supermercado variaba de vez en cuando.

Fregaba el suelo del pasillo, empujando la fregona de pared a pared, pensando en cuando iba a pescar. Hacía años de eso. La última vez, con Colás García, del curro, en el embalse de Bolarque. Sacaron tres percas y una carpa. Se quedaron hasta que casi no se veía, cocinando un caldo de pescado en una olla oxidada. Colás contaba chistes y se reían tanto que hasta las garzas escaparon.

Esa vez llegó de noche. Carmen estaba despierta.

¿Sabes la hora que es?

Lo sé, Carmen. Se nos fue el tiempo.

Se nos fue. Te llamé ocho veces. La cena está en la nevera, pero ya ni te va a parecer igual.

Lo siento.

¿Sabes la preocupación que me das?

Lo siento, Carmen.

Y nunca volvió a ir a pescar. No porque se lo prohibiera, sino porque siempre surgía algo, recados, familia, reparaciones Al final, ni lo proponía. Más fácil así.

Ale, ¿estás escurriendo la fregona bien? No la dejes tan seca, que si no, quedan marcas.

La escurrió como le gustaba a ella, aunque él no notaba la diferencia. El suelo brillaba. Carmen estaba orgullosa de la casa. Un día llegó a decir por teléfono: En mi piso puedes comer directamente del suelo. Alejandro lo oyó y pensó que no querría comer en el suelo ni aunque estuviese impoluto.

Compras hechas, comida según el plan. La tía Remedios les sacó empanadillas de patata, un poco quemadas por debajo, y Carmen, muy delicada pero a voces, soltó: Reme, tu horno debe calentar desigual. Alejandro las encontró justo buenas por ese tostadito.

Volvieron a casa a las cinco veinte. Diez minutos antes incluso.

Carmen puso las bolsas, encendió el hervidor y sacó una tarta de queso del frigorífico, perfectamente cortada en seis raciones idénticas.

Alejandro se sentó, miró la tarta y de golpe le invadió una especie de pánico suave. No era por la tarta. Era por saber exactamente lo que iba a pasar al día siguiente. Y el siguiente. Y el año próximo.

Lo terminó todo, se levantó y se fue a ver la tele.

***

El aspirador se fastidió un miércoles al anochecer. Simplemente dejó de succionar. Alejandro lo desmontó en la mesa de la cocina y vio enseguida que era el filtro, atascado, y el cepillo algo roto. Nada. Llevaba 22 años de ingeniero de mantenimiento en la fábrica de electrónica, de esto sabía.

Carmen apareció en la puerta.

¿Qué haces?

Reparando. Mira, el filtro taponado y el cepillo roto.

Ale, llama a un técnico. Tú no toques.

Carmen, esto es muy simple, de verdad.

Ya reparaste la plancha dos veces muy simple también. Una ni volvió a encender, la otra calentaba por solo un lado.

Eso fue diferente. Aquí lo veo claro.

Ale.

Carmen, soy ingeniero.

Ingeniero en la fábrica, no de electrodomésticos. Como te líes, saldrá más caro.

Algo le hizo clic. Algo muy callado, como una piedra que lleva años en el mismo sitio y de repente empieza a rodar. Miró el aspirador desmontado en la mesa, sus manos, el rostro de Carmen: seguro y tranquilo.

Lo arreglo, Carmen.

Alejandro…

Que sí. Lo arreglo.

Ella le miró, dudó, frunció el ceño y se fue. No volvió.

Tardó una hora. El aspirador funcionó, incluso chupaba mejor. Alejandro recogió todo, guardó herramientas y encendió el aparato solo por escuchar el zumbido regular.

Carmen pasó, lo miró, asintió, pero no abrió la boca.

Él, para sus adentros: al menos, un bien hecho esperaba.

***

Vio el anuncio pegado en la farola del metro: Reparación de electrodomésticos, aparatos y caballetes. Pide cita aquí. Dirección, teléfono. El tocadiscos, un viejo Lenco comprado en el 85, no funcionaba hacía años. Carmen llevaba tiempo diciendo de tirarlo. Alejandro respondía siempre luego y lo dejaba en la estantería.

El tocadiscos era de antes de la boda. Su padre puso la mitad. Alejandro escuchaba viejos vinilos de Sabina y Aute, apoyados sobre la ventana en el piso de estudiantes. Cuando se juntó con Carmen guardó todos los discos en una caja: Cogen polvo fuera, no hace falta exhibirlos. De vez en cuando la abría para asegurarse de que seguían ahí.

El teléfono del anuncio no respondía. Decidió pasarse por la dirección, cerca del Retiro, en un portal antiguo con portón de madera y escayola desconchada.

Subió al tercero, llamó al timbre. Tardaron en abrir. Pasos, un pequeño choque, y al fin una puerta que se abre.

Allí estaba una mujer, de su edad, bata grande de lino, salpicada de pintura azul y amarilla. Pelo recogido a la ligera, varios mechones a lo loco. Una mancha verde en la mejilla.

¿Vienes por el anuncio?

Sí. Para arreglar…

Pasa, hombre, que hay un caballete en medio. No tropieces. Soy Pilar, a secas.

Entró y por un momento se quedó parado.

Hacía años que no veía algo así: lienzos por todas partes, unos en blanco, otros a medias, otros recubiertos de tantas capas que no se distinguía lo original. Pinceles en botes por la ventana, tubos de pintura, periódicos manchados por el suelo. Un gato pelirrojo en el sofá, mirándole con la dignidad de un monarca.

Olor a óleo, a café, a algo indefinible. Olor a vida.

Perdonad este estropicio dijo Pilar, pero he estado pintando y no he tenido tiempo de ordenar.

No pasa nada contestó él, sincero.

¿Y qué quieres arreglar, entonces?

Un tocadiscos, Lenco. Deja de girar. Probé yo, pero creo que es el motor.

¿Lenco? Claro, lo conozco. ¿No es que el mando se ha quedado sin pila? Suele pasar que sulfata el contacto.

Lo miré. No, es más gordo.

Pilar asintió, calculando.

¿Lo traes?

No, primero quería preguntar. El teléfono no respondía.

Es que lo pierdo cincuenta veces por semana, ayer apareció bajo el sofá. Traelo, le echo un ojo. Mira, mientras estás aquí, ¿me ayudas con el caballete? Te hago descuento.

***

El caballete estaba arrimado a la ventana del salón. Viejo, robusto, pero cojo: las patas flojas, el soporte no sujetaba en ángulo y se caía.

Mira aquí Pilar señala la bisagra, el tornillo se perdió, puse un clavo, pero baila.

Alejandro se agacha, lo examina, pide un destornillador. Pilar tarda en encontrarlo, vuelve con tres distintos, sin saber cuál sirve. Él quita el clavo, pide cinta aislante, sale del apuro. Recomienda: Lo suyo es un tornillo M6 con tuerca de ferretería.

¿M6? ¿Eso digo en la tienda?

Pilar coge el pincel, lo moja en negro y apunta en el periódico del suelo: M6, tornillo con tuerca!!!.

Alejandro se ríe, sin esperárselo.

Si quitas el periódico se te olvida.

No, lo pongo en la nevera. Vamos a por un té, gracias a ti puedo acabar el cuadro. Tengo unas empanadillas de ayer, de repollo.

Iba a decir que tenía que irse. Que en casa le esperan, que Carmen…

Encantado dice.

***

Toman té en la cocina, minúscula, con vistas al patio de luces donde crecen geranios en macetas. Las empanadillas amontonadas en un plato, sin servilletas, una volcada.

La empanadilla, algo reblandecida por el día, le supo a gloria. Repollo, huevo, cebolla. Como las que hacía su madre.

Qué buenas admira él.

¿Sí? Mi hija me enseñó antes de marcharse fuera. Está en Barcelona, estudia Historia del Arte. Veintidós años y muy seria, no como yo.

¿Mucho tiempo aquí?

Veinticinco años ya, con mi ex-marido, pero desde el divorcio, hace un año, ya solo el gato y yo. Miau, por cierto, se llama Mateo.

Mateo levanta la cabeza al oír su nombre, se gira y se vuelve a tumbar.

¿Te dolió?

El divorcio, claro. Pero, mira, es como cuando llevas años con zapatos que te hacen daño y, de repente, los quitas y ves que tenías los pies destrozados y llevabas tanto tiempo soportando que ni sentías el dolor. Algo así.

Alejandro mira por la ventana hacia el árbol, casi pelado, pero aún con hojas doradas.

¿Eres ingeniero?

Sí. En la fábrica de electrónica, ya sabes.

¿Te gusta?

Es trabajo. Pero antes me encantaba cacharrear. No tanto en la fábrica como en casa. Y pescar, eso me flipaba.

¿Pescar? Cuenta, anda.

Le sorprende. Siempre que mencionaba la pesca, a Carmen le aburría el tema y cambiaba de conversación. Pilar, sin embargo, le mira con verdadera atención.

De joven iba cada verano, con mi padre. Salíamos de noche, apenas amanecía mientras llegábamos al río. Recuerdo el olor a agua fresca, el silencio, el chapoteo de los barbos…

Pilar apoya la cabeza en la mano y escucha.

Después iba con Colás. Una vez en Bolarque sacamos un barbo tan grande que pensábamos que era una rama enganchada…

Cuando mira el reloj, han pasado dos horas y media. Son casi las nueve.

Dios, tengo que irme.

Claro, gracias a ti por lo del caballete. Y por lo de la pesca.

¿Por la pesca?

Sí, porque me lo has contado. He imaginado el río mientras hablaba.

Va camino del metro pensando: ¿quién le escuchaba así últimamente?

***

Carmen está en la cocina cuando llega. La cena fría, tapada. Su cara, la de antes de una buena charla.

¿Dónde estabas?

Fui a preguntar por el tocadiscos. Es una artista, me pidió ayuda con un caballete y se me fue la hora.

No has avisado.

Carmen, no pensaba que iba a tardar.

Yo te esperaba a las siete. Las filetes están fríos y resecados de recalentarlos.

Él mira la comida, luego a ella.

Perdona por los filetes.

¡No son los filetes! Es que tenemos un acuerdo. Cuando sales, avisas. Eso es respeto.

Lo sé. No caí.

Nunca caes. El martes pasado compraste el queso equivocado. Te puse semicurado y compraste tierno. Tuve que tirarlo.

Él cuelga el abrigo. Por dentro siente una presión lenta, como un muelle.

He merendado allí. Tenía empanadillas.

Empanadillas.

Sí.

Alejandro, sales detrás de un tocadiscos y llegas a casa de noche, habiendo comido con una artista. ¿Te oyes?

Le eché una mano con el caballete y tomé un té. Solo vive con el gato. Quería ayuda.

¿Quién es esa mujer?

Se llama Pilar. Cincuenta y cuatro años, profesora de arte, divorciada el año pasado.

Te sabes su vida.

Charlamos. Ya está.

Carmen retira la cena, la guarda. Todo con movimientos secos y calculados.

Te lo calientas tú si te entra hambre. Yo me voy a la cama.

Se queda solo. Fuera llueve. Y piensa: la lluvia tampoco sigue calendarios.

***

Aquello se repite varias veces. Lleva el tocadiscos, Pilar lo arregla en dos días, un conocido suyo cambió el motor. Luego él aparece otro día solo por si necesitaba el tornillo M6. Lo había comprado, pero mal: M4. Reen contra risa. Él trae el suyo, arregla.

No le cuenta a Carmen cada visita. Más bien dice voy a la artista pero sin detalles. Carmen pregunta poco y se conforma con que esté para cenar.

Un día vuelve a casa muy tarde. Han estado repasando un libro de Cézanne, Pilar le explicaba cómo pintaba la luz, y el tiempo voló. Alejandro piensa que nunca le había interesado realmente cómo mira un pintor la luz, y lo fascinó.

Carmen le espera:

¿Los filetes…?

Carmen, escúchame.

Le mira, pero ya no con enfado sino con preocupación. Preocupación real.

Alejandro, ¿qué pasa?

No pasa nada. Voy allí, hablamos, hago algún apaño. Me gusta estar allí.

¿Sabes lo que dices?

Sí. Solo… hablamos.

Habláis.

Sí.

Alejandro, llevamos treinta años juntos. Treinta años cuidando de ti, del dinero, de tu salud, trabajo como contable, llevo la casa. Y pienso en los dos.

Lo sé, Carmen.

Entonces, ¿por qué prefieres estar con una artista?

No tiene respuesta. O sí, pero no puede decirla sin hacer daño.

***

Se marcha un viernes al anochecer. Saca algunas camisas, su libro favorito, la maquinilla de afeitar. Carmen le mira desde la puerta.

¿A dónde vas?

Necesito un tiempo solo. Pensar.

Alejandro, menuda tontería.

Puede ser. Pero me voy.

Vas con ella.

Voy a pensar.

¡Alejandro!

Cierra la maleta. Ella está ahí, de pie, albornoz limpísimo, cinturón hecho nudo, postura perfecta pero la cara desorientada, como alguien a quien no le funcionan ya las herramientas.

Te llamaré dice él.

Y se va.

***

Pilar no pregunta. Llama, él pide pasar unos días, y ella dice Ven, el sofá es todo tuyo. Ya está.

Duerme en el salón lleno de lienzos. Mateo se acurruca cerca de sus pies. Por las mañanas Pilar hace café en un cazo diminuto, con cardamomo, y desayunan los dos al sol de la ventana, hablando de la lluvia, del gato comiendo plantas, nada importante. Silencio, pero cómodo.

Carmen le llama. Al principio una vez cada hora. Luego menos. Cuando le coge el teléfono pregunta:

¿Te tomaste la pastilla de la tensión? ¿Tienes contigo?

Sí, Carmen.

¿Cogiste abrigo? Van a bajar las temperaturas.

Sí.

El lunes tienes médico a las cuatro, no lo olvides. Lo pedí en enero.

Vale.

Alejandro, ¿no puedes volver ya a casa? ¿Qué te falta aquí?

Él tarda en responder.

Carmen, te llamo después.

Le escribe Tamara, su amiga de toda la vida: Alejandro, en serio, piensa en Carmen. Está fatal. Le llama también su jefe, don Luis: ¿Qué pasa, Alejo? Carmen dice que te has ido. Y hasta el primo Víctor aparece por WhatsApp.

Piensa que Carmen, otra vez, monta el operativo habitual: reparto de tareas, llamadas, asegurarse el control. Solo que esta vez, el problema es él.

¿Cómo estás? le pregunta Pilar una noche.

Raro contesta. Me da hasta miedo.

Lógico.

Esta mañana abrí el armario y cogí la camisa que quise. Ni blanca ni gris ni ná. Azul oscura. Y caí en que hace veinte años que no elijo ropa por mí mismo.

¿Ella elegía?

La ponía lista la noche antes. Decía que yo me ponía cualquier cosa. Yo… no sé.

Pilar escucha.

Sé que me quiere. Lo entiendo. Pero siento que he desaparecido. Que solo soy otro ítem en su lista.

***

Carmen aparece el domingo. Encuentra la dirección investigando los registros de llamadas, típico de ella. Alejandro abre, se quedan callados un instante.

¿Puedo pasar? pregunta.

Él cede el paso.

Carmen observa el piso: botas de Pilar caídas, un foulard chillón, una chaqueta manchada de pintura. De fondo, sobresale el marco de un lienzo.

Entra Pilar.

Buenas tardes, saluda Carmen.

Buenas tardes, responde Pilar, baja.

Carmen se gira a Alejandro:

¿Estás bien?

Sí, tranquila.

¿Tomas las pastillas?

Carmen…

Solo pregunto.

Entonces Alejandro, que estaba cortando ensalada toda desastrada, la deja en la mesa. A Carmen se le encoge el estómago viendo el desorden de los pepinos. Hay que cortarlos rectos.

Carmen, no tendrías que haber venido.

Alejandro, te he dado mi vida entera su voz tiembla. Te he cuidado treinta años. ¿Sabes que todo lo que hice fue por ti?

Lo sé.

¿Entonces por qué?

Pilar, desde la puerta:

Carmen, puedo decir algo? Sin malos rollos. Como quien está fuera.

Diga.

Cuidar es hacer que el otro se sienta bien. Cuando a tu lado no se puede ni respirar, ya no es cuidado. Es asfixia. Carmen, no le dejabas respirar.

Larga pausa.

No conoce nuestra vida, dice Carmen.

No, admite Pilar.

Alejandro coge la mano de Carmen. Ella no la aparta.

Carmen, pido el divorcio. Lo tengo decidido. No es porque no te quiera. Es porque así no puedo seguir.

Ella observa sus manos unidas, las suelta despacio, recoge el bolso con su impecable postura.

No olvides las pastillas. Están arriba, en la caja azul.

Y se va.

***

El divorcio llevó seis meses. El piso se quedó para ella, él no discutió. Se alquiló una habitación cerca del Retiro, en el mismo barrio, en el mismo tipo de casa.

Su nueva vida avanzaba despacio, como restaurar un edificio antiguo: obra a obra.

Durante meses hizo cosas absurdas. Comprar lo que le apetecía en el súper, no lo de lista. Coger pan solo porque tenía buena pinta. A veces cenar de pie, con el tupper abierto. Dormirse a la una porque le gustaba la peli del canal temático. Y sentía un placer que rozaba la travesura infantil.

Con Pilar, la relación fue inesperada, cuidada. Ambos se gustaban, pero ninguno tenía prisa. Sabían que era importante, y por eso, mejor despacio.

En primavera se animaron a ir a pescar.

Alquiló cañas, fueron en el 205 rojo destartalado de Pilar a un embalse cerca de Aranjuez. Era la primera vez de Pilar pescando.

Se sentaron junto al agua fría, césped mojado. Alejandro olvidó el termo en casa. Pilar dijo:

Da igual, mira el reflejo de la niebla.

La niebla flotaba blanca y leve. El sol bajito, la luz rosada. Alejandro capturó una perca pequeña, viva y fuerte. Pilar exclamó entre risas:

¡Suéltalo, pobrecito es un bebé!

La soltó.

Volvieron sin peces, llenos de barro. Alejandro resbaló y arrastró a Pilar, los dos acabaron en el suelo, lloviendo risas y asustando a las gaviotas.

Su chaqueta, manchada sin remedio.

Da igual dijo Pilar. ¿Has visto el día que hemos tenido?

Él la miró: mano embarrada, cara feliz, un pelo suelto. Supo con claridad: esto es vivir. No una lista. Vida desordenada y niebla rosa.

***

Un año y medio después del divorcio, se casaron. Fiesta pequeña: Colás de la fábrica, Irene la amiga de todo, y Mateo, campando a sus anchas.

La convivencia era un caos vivo. Pilar gastaba el sueldo medio en pintura y olvidaba el pan. Alejandro desmontaba radios viejas, llenando todo de tuercas. Pilar perdía las llaves cada dos días; Alejandro dejaba la llave inglesa en el sitio más raro del mundo, una vez en la nevera.

Discutían: por dinero, por pinceles secos, por su manía de dejar herramientas por todas partes. Un día Pilar encontró la llave de tuercas en el cajón de la fruta.

Pero cuando discutían, no llevaban la cuenta. Nadie almacenaba errores. Si uno preparaba el café, era señal de borrón y cuenta nueva. Y el otro se unía. Y la vida seguía.

***

Carmen se enteró de la boda por Tamara, la sabia de la oficina.

Después de la separación, Carmen vivió por inercia. Casa impecable. Comida a la hora. Seguía en la gestoría, cuadrando cuentas.

Por la noche, sobraba silencio, espacio. Ponía dos tazas de té por mera costumbre y, al darse cuenta, retiraba una. Duele. Mucho.

En la oficina, la jefa, una buena mujer, la detuvo.

Carmen, ¿qué te pasa?

Nada.

Llevo dos meses viéndote rara. ¿Es cosa de casa?

Sí.

¿Se fue tu marido?

Carmen no responde, solo mira.

Lo veo. Yo pasé por eso. Hazme caso: no empieces arreglando la casa, empieza por tus adentros. Ve a una psicóloga.

Por primera vez, Carmen no rechistó.

***

Buscó psicóloga por internet. Mujer de unos cuarenta y cinco, despacho pequeño en Lavapiés. Tres sesiones en silencio, monosílabos, sintiéndose expuesta.

En la cuarta, la psicóloga pregunta:

¿Cuándo tuviste miedo de verdad? Pero por ti, no por él.

Piensa y piensa.

Cuando recogió la maleta. Cuando entendí que se iba y yo no podía frenarlo. Que no controlaba nada.

¿Por qué es tan importante el control?

Vuelve a pensar. Nieve fina y continua contra la ventana.

Mi madre decía: Carmen, no sueltes nada porque los hombres se van. Y al final, mi padre también la dejó. Pero ella siguió igual.

El silencio en el despacho es otro: cálido, blando.

O sea, que toda la vida has apretado tanto por miedo a perder.

Sí.

¿Y?

Que si aprietas mucho, también lo pierdes.

Decirlo dolía, pero aliviarlo fue como soltar peso de la espalda.

***

Fue al centro cultural por Tamara: Ve, hay una exposición de acuarela y gente majísima. Era domingo, la casa la ahogaba, necesitaba salir.

Le gustó lo que vio. Las acuarelas tenían una transparencia, una luz Se paró frente a un paisaje de río, cuando se le arrimó un hombre un poco mayor, buena cara, ojos despistados, mirando la misma pintura.

Qué curioso, dice él en voz baja, en la esquina no ha pintado, solo está el blanco del papel. Justo eso lo cambia todo.

Carmen lo mira. Era verdad, no lo había notado.

Me llamo Andrés.

Carmen.

Medio torpe, al salir la cremallera del abrigo se le atascó. Carmen, sin pensar, la arregla.

Gracias, él como si le hubiera salvado la vida. Debería comprar abrigo nuevo.

Sí. A mí tampoco me gusta comprar ropa.

Hablaron un rato más. Él era profe de guitarra en el centro. Estoy aquí los domingos, si te animas.

No prometió, pero al domingo siguiente, vuelve.

***

Con Andrés era todo peculiar. Viudo, la mujer fallecida años antes. Vivía solo, enganchado al té, a la guitarra. Días en que no recordaba ni en qué fecha estaban. Era capaz de pasarse una hora divagando sobre cualquier detalle: cómo crecen las adelfas entre las losas, por ejemplo.

Carmen, al principio, quiso organizarle. Propuso usar agenda, reordenar la despensa, incluso intentó cambiar los botes de sitio. Andrés le cogió la mano con suavidad.

Deja, Carmen, así los encuentro.

Ella miró el armario, luego su mano, y se rindió. No había molestia, solo calma. Perdona

No hace falta. Es mi desorden.

Es tu cocina admitió.

Ese gesto lo recordaría. Más veces se pilló intentando reorganizar todo, pero cada vez menos. Controlarse a sí misma, como decía la psicóloga, resulta a veces mucho más interesante.

Se puso a hacer bizcochos por primera vez. Siempre cocinaba midiendo. Tamara le pasó la receta de un pastel de manzana con canela al gusto. Se quedó pensando sobre al gusto. Echó demasiada canela. Salió agrio, pero el olor la hizo zamparse medio pastel de pie en la cocina.

¿Ahora horneas? sorprendida Tamara.

Aprendo. No siempre sale, pero me río.

Tamara la mira y le dice:

Has cambiado, Carmen.

Puede.

Para mejor.

Al salir de su casa, se encuentra sonriendo sola al otoño madrileño.

***

Se encuentra con Alejandro dos años después, por casualidad, en el Retiro. Él camina junto a Pilar, la del abrigo marrón, y se parten de risa. Ella, sentada en un banco con un libro, esperando a Andrés que fue por cafés.

Le ve primero. Se acerca.

Carmen. Hola.

Hola, Ale.

Pilar se aparta un poco, dejándoles espacio.

Estás bien le dice él, sinceramente. Ella también le nota cambiado: más blando.

Tú también.

Pasean un minuto. Octubre, hojas por el suelo.

¿Cómo te va?

Bien. Pilar y yo nos vamos a hacer una ruta, sin destino ni plan, solo recorrer pueblos del sur a ver qué encontramos.

¿Dónde iréis?

No lo tenemos decidido. Ahí está el encanto.

Ella asiente. Mira a Pilar, examinando un árbol.

¿Y a ti?

Bien. Aprendo a hacer pasteles. Se ríe. A veces quedan fatal. El último reventó y se desmoronó, pero lo comimos igual.

Qué bien.

Estoy con Andrés. Es profe. Muy despistado. Y aprendo a no arreglarlo todo.

Alejandro la mira.

Difícil, ¿eh?

Pero curioso.

Andrés aparece con dos cafés y una bolsa de pastelería.

¡Carmen! grita. Había bollos de ambos, de canela y de semillas, y he cogido los dos, no sabía cuál preferías.

Ella suelta una carcajada, fácil, limpia.

Alejandro la observa.

Te ríes.

Me río afirma, sorprendida.

Llega Pilar.

¡Nos vamos! dice suave. No queremos molestar.

Estáis bienvenidos, responde Carmen. Y es verdad.

Se despiden, sin nudos ni rencores. Él la mira, ella asiente. Pilar saluda con la mano, cálida.

Carmen los observa alejarse, de la mano y riendo.

Andrés le ofrece el bollo.

Elige el que quieras.

Ella escoge el de canela. Mordisco: está tibio y desmigado.

El parque resplandece entre hojas secas. Ríen niños a lo lejos. Las nubes cruzan el cielo despacio, sin prisa.

Carmen piensa: podría no haberlo descubierto nunca: querer y no solo organizar. Y no habría pasado si él no se hubiera ido aquella vez.

Andrés, escarbando en la bolsa, encuentra el suyo con semillas. No le gusta.

¿Lo quieres tú?

Lo coge.

Sí.

Y sonríe.

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