Marcos llegó a casa, echando de menos el bullicio habitual. Se quedó de piedra al ver que ni rastro de su esposa ni del pequeño Daniel, su hijo de un año. Esa ausencia tan repentina encendió todas las alarmas en la cabeza de Marcos. Sin pensárselo mucho, bajó raudo las escaleras y llamó a la puerta de Doña Carmen, la vecina cotilla del tercero, dispuesto a averiguar alguna pista.
Para su sorpresa, fue la mismísima Carmen quien abrió la puerta, con Daniel en brazos y una sonrisa de esas que anuncian que tiene más información de la que should. Resulta que su esposa, Lucía, le había dejado el crío a Carmen, diciendo que debía salir urgentemente.
Marcos, experimentado ya en los menesteres de cambiar pañales y preparar los purés de frutas, se preguntaba qué diantres podría ser tan urgente como para marcharse así, sin avisar. Aun con la preocupación mordiéndole el ánimo, agradeció mentalmente a Lucía que hubiera dejado un tupper con tortilla de patatas en el microondas. Detalle que nunca sobra.
El tiempo empezó a estirarse como un chicle. Media hora. Una hora. Dos. Cinco. El ansia y el reloj iban de la mano, y Marcos decidió llamar por décima vez, pero Lucía ni mu. El móvil seguía tan silencioso como una biblioteca en agosto y Marcos, con el nervio a flor de piel, consiguió al final que Daniel se durmiera después de contarle las historias de cuando el Real Madrid metía goles hasta con la mirada.
Al fin, sonó el teléfono. Marcos casi lo lanzó al techo de la emoción. Respondió enseguida y le cayó encima como una tromba de preguntas: “¿Dónde estás, Lucía? ¿Qué ha pasado? ¿Te ha abducido algún ovni?” Lucía, en un alarde de misterio digno de película, fue esquivando todas las preguntas con más curvas que las de la carretera de la sierra. Para rematar, soltó la bomba: no pensaba volver a casa y que Daniel se quedaría para siempre con Marcos.
A Marcos le temblaba el alma y el bigote. Se aferró al teléfono pensando que sería una broma pesada, pero nada. Tocaba ser el padre perfecto, el chef, el animador infantil y hasta el figura del grupo de WhatsApp de padres, todo en uno. La maternidad y la paternidad en versión castiza, con tortilla, siestas y una copita de Rioja al final del díacuando Daniel le dejara, claro.






