Mira, te cuento Samuel apenas tenía recuerdos vagos de su madre desde que era un bebé, pero ella siempre había estado ahí, pegada a él, su único refugio. No tenía a nadie más, porque su padre, según le contaron, había dejado plantada a su madre antes de que él naciera. Era una de esas tardes largas en Madrid, con el cielo ya entintado, y el pequeño Samuel le prometió a su madre que sería valiente y la esperaría hasta que volviera.
El chiquillo, con esos cinco años recién cumplidos, estaba convencido de que aguantaría el tiempo que hiciera falta. Pero pasaron una hora, luego dos, y la puerta seguía cerrada, vacía de su madre. Samuel, al borde del llanto, fue corriendo a la habitación por si acaso la encontraba allí dentro, pero nada ni rastro de ella ni de los zapatos con los que se había marchado.
Una angustia pesada empezó a escurrirsele por dentro y no pudo evitar ponerse a llorar de nuevo, hasta que el cansancio pudo más y se quedó dormido así, en silencio.
El sol de la mañana se coló por la ventana y le acarició la cara. Samuel se levantó de un salto y reinició su misión de buscar a su madre. Eso sí, ni se le ocurrió ir a la casa de al lado, porque su madre siempre le había advertido que allí vivía un tal tío Lucas, un tipo desagradable y borrachín, que además siempre buscaba pelea y le daba muy mal rollo al niño.
Así que Samuel se lanzó a la calle, con la esperanza ingenua de que, quizás, la encontraría por ahí. Nadie, de los que cruzaban apresurados por la Puerta del Sol, pareció fijarse en aquel niño perdido. Exhausto, terminó sentándose en un banco. A su lado, una anciana se apoyaba en un bastón. Cuando Samuel, justo al sentarse, dejó correr las lágrimas, la señora le miró de reojo y le preguntó qué le pasaba.
“La vida, hijo. Anda, vete para tu casa,” le dijo, convencida de que era una de tantas rabietas de crío, y le regaló una manzana. Pero Samuel no iba a renunciar. Siguió andando y preguntando, aunque ningún adulto parecía tener tiempo para interesarse por él, todos enfrascados en sus propios problemas.
Al final, agotado del todo, se quedó dormido en medio del Parque del Retiro, solo, entre los bancos y los árboles ya casi en sombras. La noche empezaba a enfriar y el estómago le rugía de hambre. Alguien, con buen juicio, avisó a la policía. Así fue como Samuel acabó en una comisaría de Madrid. De allí, lo llevaron a lo que él pensó que era una casa, y se lo dejaron a cargo de una mujer que, decían, era una tía lejana.
“¡Quiero a mi mamá!” – sollozaba Samuel, esperanzado de que quizá aparecería esta vez. Pero en aquella habitación extraña no estaba su madre.
Otra señora entró, le dio ropa limpia y le ayudó a vestirse. Luego, cogiéndolo de la mano, le llevó a otro sitio, donde un puñado de niños miraban igual de perdidos que él. Samuel se dejó caer contra la pared, y ahí se quedó mucho tiempo, medio mareado, dándose cuenta, poco a poco, de que su madre debía de estar muy, muy lejos y que probablemente nunca más volvería a verla.
P.D.: Por si la vida no era ya lo bastante dura, resulta que su madre esa misma noche fue atropellada por un coche y murió al cruzar la Gran Vía…




