Compramos un piso con una hipoteca en Madrid, mi esposa y yo. Hicimos unas reformas que parecían hechas por duendes de la albañilería, y poco a poco transportamos nuestras cosas, como si fueran pájaros cambiando de nido. Un mes después, nos mudamos definitivamente. Quisimos conocer a nuestros vecinos, así que invitamos a los abuelos del piso de enfrente a tomar una merienda con té y unas magdalenas.
Por alguna razón, bebieron el té como si les ardiera la boca y, al enterarse de que la mujer sentada a mi lado era mi esposa y no mi hija, buscaron una excusa surrealista para marcharse casi a la carrera. Era un viernes por la tarde, con las luces de la ciudad titilando como luciérnagas.
La mañana del sábado alguien golpeó la puerta, como si el llamado atravesara el tiempo. Era un guardia civil, con uniforme tan reluciente que parecía salido de una película de Pedro Almodóvar. Nos pidió los documentos: mi DNI y el de mi esposa.
Lo extraño fue cuando el cura del barrio apareció detrás del guardia, preguntando por nuestro libro de familia como si buscara una reliquia perdida. Nos miramos asombrados, buscando entre cajas y bolsas del mudanza durante casi diez minutos hasta que hallamos los papeles, que parecían esconderse como ratones.
El guardia civil miró a mi esposa con una especie de extraña admiración, pidió disculpas por la temprana hora y empezó a marcharse. Antes de irse, murmuró que habían recibido un aviso de que en este piso vivía un hombre con una menor.
De pronto, todo encajó: los vecinos habían abandonado el salón casi como si hubieran visto un fantasma cuando supieron que éramos matrimonio. Yo tengo 24 años y mi esposa, Leonor, tiene 26. Leonor tiene el aspecto de una adolescente su cara y sus gestos suelen confundir a la gente y no es raro que la confundan con chicas del instituto.
En el supermercado, no venden vino ni cerveza sin DNI, y el viernes se hizo dos trenzas, parecía una estudiante soñando con escapar del aula, y además se quitó el maquillaje al mediodía, como si quisiera fundirse con los espejos. Toda esta situación tenía algo de cómico, aunque inquietante… Decidí afeitarme la barba, para no parecer un padre cuarentón conviviendo con su hija.



